Introduccion: Las Hachas de Pueblo Recio

El pueblo enano ha decidido reclamar su legado, Shanatar, el mayor de sus imperios, compuesto de ocho reinos cayo hace 3000 años, y sus secretos y riquezas aun aguardan en sus salones. Esta es una historia de conquista, una epopeya de gloria y tragedia que culminara con un renacimiento o con la caída de la oscuridad perpetua sobre este antaño resplandeciente imperio.

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artemis2
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Introduccion: Las Hachas de Pueblo Recio

Mensaje por artemis2 » Mar Sep 05, 2006 8:35 pm

8º día de la 2ª decana de Khytorn, Sala de los Caídos, Fortaleza Puerta del Enano, Tethyr.

Os encontrabais en una sala de piedra maciza desprovista de la más mínima decoración, al estilo clásico enano. Aunque a lo largo de la parte superior de las paredes podían verse una serie de emblemas y escudos, aunque la marcada eficiencia y orden enano hacia que parecieran más algún tipo de exposición que no un elemento de decoración. Por lo demás tan solo una recia mesa de piedra y varios asientos sólidos de madera, sin contar por supuesto la resistente puerta metálica por la que habíais llegado, daban algo de color a la estancia. Aunque claro, viendo la concurrencia allí reunida toda decoración parecía superflua.

- Este escudo me suena a una pequeña compañía mercenaria que cayo frente a un grupo de duergars no hace mucho.- Dijo una menuda mujer de tez oscura y cabello blanco como la nieve virgen.

- ¿Y que crees que son el resto de escudos de la sala?- Dijo un enano que parecía solo ligeramente menos resistente que la mesa.- ¿Compañía para que no se aburra?

Lamentablemente, o por suerte creíais algunos, nadie pudo lanzar una réplica al enano puesto que entonces entro otro enano en al sala. El arthane Dagnit era uno de los miembros más veteranos de la Cruzada, llevaba luchando en Shanatar desde antes de su inicio custodiando precisamente esta fortaleza con su pequeño clan. El enano empero no dudo en unirse a Oramm Stormbread y su sueño de reclamación de Shanatar, y más tarde, tras la muerte de este, a Aramdorn. Dagnit era un robusto enano con una coraza repleta de condecoraciones y símbolos de honor, aunque lo que más destacaba en su rostro de espesa barba rojiza era una mejilla desfigurada por una antigua quemadura que el lucia como si no fuese más que otro símbolo de su valor. Dagnit duro enano que gozaba de pocas simpatías pero mucho respeto. Era un enano terco, incluso más de lo que suele ser un enano, exigente e inflexible, pero que nunca pedía nada que no hubiese dado con creces anteriormente, un enano honorable e inteligente, que entendía que los tonos de gris existían, pero creía que tan solo para aquellos que los aceptaban. Ninguno le habíais conocido aun, pero si que habíais convivido bajo su mando puesto que Dagnit estaba al cargo de la Fortaleza de la Puerta del Enano, un enclave del antiguo Shanatar que comunicaba el Alto y el Bajo Shanatar. Aunque en estos momentos comunicaba el campamento de superficie de la Cruzada Dorada con los reinos de abajo.

- Salud y gloria para aquellos con fuerza para empuñar el hacha.- Dijo Dagnit en Dethek antiguo dejando bien claras cuales eran sus preferencias en temas de religión.- No pienso haceros perder el tiempo y no voy a permitir que lo hagáis conmigo, así que dejare claras las cosas. Una de nuestras patrullas en la zona de Garndor desapareció hace dos semanas, y con ella dos grupos enviados en su busca. El Gran Hacha desea un informe sobre el origen de esas desapariciones y el si supondrá un problema en un futuro cercano. Si es un problema local debéis dejarlo en paz, sellaremos esos túneles y que Duerra lama sus malditos huesos, pero si es algo más debéis volver con información sobre la naturaleza y la gravedad del problema.

- Por supuesto- añadió el arthane totalmente serio- no os privéis de eliminar la amenaza si esta en vuestras manos. Acudid a mano de batalla Shendar él os dará un mapa de la zona y os conseguirá provisiones y el equipo que necesitéis para llegar allí.

- ¿Alguna duda?- Preguntó en un tono duro que dejaba claro que si las había os convenía que fuesen pocas y concisas.

MJ: Os recomendaría usar el tema de Descripción de Personajes antes que describiros cada uno en vuestro turno. Además os insto a que antes de responder reviséis la nueva política de turnos.
Las opiniones de este usuario, por increible que parezca, son opiniones, y como tales deben ser consideradas.

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Kharma
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Mensaje por Kharma » Mié Sep 06, 2006 10:25 pm

PYRADAR

Ajusto fuertemente las correas de su armadura con un leve crujido. Dedico unos minutos a comprobar que todas las piezas estaban bien ajustadas, sin ninguna pieza suelta que pudiera causar problemas. Notar de nuevo el metal sobre su cuerpo lo reconfortaba, las sensaciones no había disminuido tras tanto tiempo inactivo. Vestido con su armadura se sentía de nuevo seguro, preparado para cualquier desafió. Se golpeo con fuerza para darse nuevo ánimos y escucho con satisfacción el sonido del buen metal enano.

Se giro y cogió de la mesa su martillo de guerra. Admiro una vez el delicado pero recio trabajo del metal, sus intrincadas runas y el poder que desprendía. Si con su armadura se sentía seguro, con su martillo entre las manos sentía confianza. No había nada que podría detenerlo con aquella herramienta de muerte y dolor. Dedico unas parcas palabras a Canggledin para que su martillo probara pronto la sangre de sus enemigos y pidiendo su bendición para la batalla. Cuando termino se dedico unos instantes a balancear su martillo, girando para que se escuchara como azotaba el aire con fuerza. Con un gesto seco paro el martillo en el aire permitiéndose unos momentos para disfrutar las sensaciones que le causaba manejar de nuevo su arma.

Pensó que ya había dedicado el tiempo suficiente para familiarizarse de nuevo con una parte de su ser y se dedico a revisar de nuevo su equipo. La perseverancia y la disciplina eran cualidades muy importantes, no había cabida para los descuidos o los errores. Por eso revisaba de nuevo todo su equipo, asegurándose de que no faltara nada y que todo estuviera en buen estado. Un equipo descuidado reflejaba la actitud despreocupada de su dueño. Mientras hacia las ultimas comprobaciones y colocaba el equipo en su lugar correspondiente hubo una apremiante llamada a su puerta.

Contrariado porque le molestaran tan pronto Pyradar se dirigió con paso firme hacia la puerta y la abrió con cara de pocos amigos. Al otro lado había un joven enano, sus ropas lo identificaban como uno de los mensajeros que se dedicaba a llevar informes y noticias de un lado a otro. Con un gesto de impaciencia invito al joven a hablar rápidamente o a largarse.

- ¿Es usted Pyradar Crownshield? -le dijo algo nervioso el mensajero, ante la respuesta afirmativa siguió hablando – me envían para notificarle su nuevo destino.

Ante estas palabras Pyradar puso cara contrariada, hasta ese momento no le había comunicado ningún cambio en su misión. Había esperado encontrase de nuevo en primera linea de batalla junto a su compañía y sus amigos. Ante su silencio el mensajero siguió hablando algo menos seguro.

- Se le requiere en la Fortaleza Puerta del Enano a petición del arthane Dagnit – dijo con voz fuerte – deberá presentarse mañana en la Sala de los caídos para recibir sus instrucciones.

- Esta bien – dijo Pyradar con voz resignada- si son las ordenes allí estaré, puedes volver y comunicárselo. Y sin nada mas que decir cerro la puerta de golpe con la nariz del mensajero casi pegada a la puerta.

Lanzo un suspiro una vez que estuvo de nuevo en su cuarto. Las ordenes eran ordenes y desde luego no iba a desobedecer pero le irritaba de sobremanera tener que dejar su puesto por una misión incierta. Esperaba que mereciera la pena perderse una buena bronca con sus compañeros. No perdió el tiempo, había un largo camino hasta la fortaleza, recogió todas sus cosas y se puso en marcha.

Mientras esquivaba los numerosos enanos concentrados allí vio una cara familiar. No quería desperdiciar ese momento para comunicarle las malas noticias, seguro que no se lo tomaría muy bien. Allí estaba Korlum “Cabezapiedra” el enano mas robusto y mas duro que se podía encontrar en la Cruzada, sujeta su bestial mangual sobre su espalda despreocupado mirando como los enanos pasaban frente suya. Cuando diviso a Pyradar acercándose a él lanzo un grito que hizo retumbar la caverna.

- ¡¡ HEY PYR! - fue apartando a varios enanos por el camino hasta llegar a su lado. Con una fuerte palmada y una sonora carcajada le dio la bienvenida.

- Creía que nunca terminarías anciano, ya es hora de ponerse en marcha y aplastar unos cuantos cráneos.

- Si me vuelves a llamar anciano comerás sopa el resto de tu vida – su compañero respondió a la amenaza con una sonora carcajada – pero tengo malas noticias. Acaban de decirme que me requieren en otro lugar, nuevas ordenes.

- Si es una broma creo que esta mañana tu ganas – al ver la cara de su amigo perdió su sonrisa- ¡no lo puedes decir en serio! Todos esperábamos los consejos y puyas del viejo, sin ti era como si nos faltara una pierna. No puedes irte, ¡diles que se vayan al noveno infierno y quédate con nosotros!.

- Son ordenes directas y no voy deshonrarme no acatándolas. Si requieren mi ayuda es que se trata de algo importante. - los dos se pararon y Korlum le miro a los ojos.

- Se que eres tan cabezota como yo así que seguiré intentándolo – le estrecho fuertemente la mano a modo de despedida- pero si te dejas matar antes de que vuelvas y tomes una copa con los muchachos, juro que iré a Morndinsamman a buscarte y darte una paliza.

- Lo mismo haré si esos escuálidos pieles negras acaban contigo – siguieron con el apretón un poco mas y se separaron tomando caminos distintos.


Al día siguiente...

Pyradar había llegado a la fortaleza. Dedico unos instantes a descansar y contemplar la maravilla que tenia ante sus ojos, apenas había descansado durante su viaje y no le venia mal una breve parada. Mientras admiraba la piedra venían a su memoria las enseñanzas de su padre cuando era joven, explicaciones detalladas sobre la construcción de las maravillas que podían crear los enanos. Se permitió una leve sonrisa ante aquellos momentos y siguió andando hasta adentrarse en la fortaleza.

Parecía que no iba a quedarse mucho tiempo por allí ya que no le cedieron una habitación para descansar. En vez de eso le cedieron un recóndito lugar donde descansar de su viaje y prepararse para la audiencia con el arthane Dagnit. Dejo sus cosas a un lado y se dedico a asearse un poco para quitarse el polvo acumulado, aun faltaba unas pocas horas así que decidió echar una leve cabezada para estar fresco de nuevo. Estaba acostumbrado a aprovechar cualquier instante para descansar ya que en la batalla no siempre se elegía los momentos de paz. No tardo en caer en un profundo sueño, las imágenes se repetían en su mente pero ya no le afectaban lo mas mínimo.

Cuando uno de los sirvientes fue a despertarle apenas llego a tocarle. Pyradar abrió rápidamente los ojos y desenfundo su daga buscando su cuello. Solo los reflejos del sirviente y el control del otro salvaron su vida. Hubo un momento de silencio y al fin Pyradar volvió a guardar su daga con el disgusto reflejado en su cara.

- Señor -empezó el sirviente como si no hubiera pasado nada- ya es la hora, le esperan en el Salón de los caídos.

- Esta bien, ahora voy- con un gesto le despidió y empezó a prepararse para la audiencia.

De nuevo preparado se dirigió con paso seguro hacia el Salón, cuando llego a la recia puerta de metal se quito el casco con cuidado y lo sujeto bajo su brazo. Dio unas fuertes golpes a la puerta con educación, espero unos instantes y entro al no escuchar respuesta. Cerro con cuidado la puerta a sus espaldas y observo con cuidado la sala. Se sorprendió ver en ella a un grupo variopinto esperando, no se veía por ninguna parte a Dagnit. No le sorprendía el grupo en si, ya estaba a acostumbrado a la presencia de numerosos mercenarios llegados de todo Faerûn. Le intrigaba que relación podían tener aquellas personas con su nueva misión, tenían un aura especial pero su apariencia no gustaba nada al enano.

Sin decir una palabra o saludo se dirigió al centro de la sala, allí con el casco bajo su brazo se cuadro y espero la entrada del dirigente de la fortaleza con una postura recta y sin moverse un ápice. Solamente cuando alguien nuevo entraba se giraba para ver su entrada y luego volvía a su posición. Se alegro ligeramente cuando vio a entrar a otro enano, lo saludo cortesmente con la cabeza pero no dijo nada, ya había tiempo para presentarse mas adelante.

Cuando entro el arthane Dagnit le siguió con la mirada. Había oído muchas historias sobre aquel imponente enano y alguna vez lo había visto. Pero era la primera vez que era requerido ante su presencia, no había duda de que era un enano honorable. Escucho en silencio y sin moverse mirando siempre al frente grabando las ordenes e su mente. Justamente una misión de exploración no le agradaba en absoluto pero al pensar en todos los que habían desaparecido sin noticias le hervía la sangre. Cualquiera le hiciera daño a uno de los suyos sufriría su ira y le daría muerte con su martillo.

Pyradar no tenia dudas y no quería perder el tiempo, tampoco quería hacer perder el tiempo al arthane. Así que sin decir nada hizo un saludo a modo de despedida y comenzó a andar hacia la puerta...
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Iridal
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Mensaje por Iridal » Jue Sep 07, 2006 7:49 pm

8º día de la 2ª decana de Khytorn, Sala de los Caídos, Fortaleza Puerta del Enano, Tethyr.
VOLHM ILMARETH

Si el campamento no acababa de parecerse a una pequeña región de Halruaa insertada en pleno Tethyr, poco le faltaba. Mientras caminaba, Volhm no podía menos que pensar que una pequeña porción de su país se había movido geográficamente, de manera misteriosa. La expedición era numerosa, y tan pronto como se habían asentado en el campamento mercenario, sus miembros se habían apresurado, con la meticulosidad y amor al orden que caracteriza a los halruanos, a delimitar su territorio y levantar todas las infraestructuras que requería aquel sentamiento temporal. Conjuros de alarma definían las fronteras de aquel pequeño anexo de Halruaa, y jordaini, milicianos y magos se repartían las tareas de vigilancia: nadie ajeno a la expedición podía penetrar en él. Una serie de construcciones producto de la magia se levantaba ordenadamente a lo largo del campamento; más allá, en la zona de los extranjeros, los mercenarios quizá se conformaban con tiendas y cabañas de madera levantadas precariamente, pero aquí las construcciones eran vistosas, robustas y casi arrogantes. Un pequeño beneficio del arte halruano, se dijo Volhm, con una sonrisa en los labios. También era fácil dilucidar qué albergues pertenecían a magos, cuáles a milicianos y mercenarios halruanos, y cuales a miembros de las dos Iglesias o cuáles eran meros almacenes.

A pesar de lo temprano de la hora, el campamento ya estaba activo, aunque todavía se veían a pocos magos; sin duda la mayoría todavía estaba estudiando. Volhm caminaba rápido, dirigiendo una inclinación cortés de cabeza a aquellos con los que se cruzaba; pero no se detuvo a dirigir la palabra a nadie: hacerlo hubiera significado embarcarse en prolijas salutaciones y cortesías para las que no tenía tiempo ahora. Se dirigió directamente al almacén donde se guardaba el equipo mágico.

Hazzle estaba allí, esperándola.

Ella había sabido que él estaría allí. Lo sabía. No era aquél el conocimiento callado, reflexivo, con el que a veces Mystra sonríe a los versados en las artes de adivinación. Volhm sabía aquello de la misma manera en que sabía lo que él estaba pensando. Compañeros de muchas, muchas aventuras. Casi diez años ya recorriendo el mismo camino...

El clérigo de la Dama elevó ligeramente sus labios y le hizo un gesto con la mano, indicando que no se retrasara por él.

-Que Mystra os sonría –murmuró ella a los dos expedicionarios que habían sido designados aquel día para custodiar el almacén, en un saludo corto que en Halruaa hubiera sido poco más que una terrible descortesía. Pero, pese a las apariencias, aquello no era Halruaa. Los guardias no esperaban que un compañero demorase sus tareas para embarcarse en conversaciones de cortesía. La maga entró a solas en el almacén acompañada del lacónico “Dama Ilmareth” emitido por uno de los vigilantes a modo de reconocimiento y saludo.

El mago residente -un experto en objetos mágicos reclutado por el mismo Spellmacher, según se decía-, dejó la lectura del tratado que tenía entre manos, y la ayudó a recopilar rápidamente la larga lista de componentes que ella le suministró. Volhm supervisó la selección con un interés relativo; sabía por anticipado que los componentes serían de extraordinaria calidad, y que no podría poner pegas a la labor del encargado del almacén, aunque hábitos profundamente arraigados la movían a asegurarse de que no hubiera errores que luego pudiera lamentar: sólo la Dama sabía cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera volver a aprovisionarse de nuevo. Pero sonrió cuando, tras la petición de ciertos componentes específicos para conjuros halruanos, el hombre la miró largamente enarcando las cejas, como si estuviera midiendo su valía para mantener el secreto de aquellos hechizos lejos de las manos codiciosas de los magos extranjeros.

Una vez empaquetadas y guardadas las bolsas de componentes –realmente esperaba no estar fuera tanto tiempo que necesitara agotarlas todas-, salió hacia donde sin duda Hazzle la estaba esperando. Sí. Volhm emprendió el camino en silencio y Hazzle adecuó sus pasos al ritmo de ella.

-¿Qué te dijo el Anciano ayer? –inquirió al fin Hazzle.

-Spellmacher quiere un observador –respondió simplemente Volhm.

-Pero él sospecha que esas desapariciones de enanos... –insinuó el sacerdote, en voz baja.

Volhm se encogió de hombros.

-No lo sé. Pero en todo caso la sospecha no es certidumbre, y me imagino que eso es suficiente para querer enviar a uno de los nuestros allí –respondió la maga suavemente. Volvió la cabeza hacia el centro del campamento, donde Ioummer Spellmacher había conjurado su residencia. Volhm se admiró una vez más de aquel derroche de magia -Spellmacher despilfarraba con indiferencia un costoso conjuro que ni siquiera estaba al alcance de ella-, pero se asombró aun más al percatarse de que el Anciano estaba a las puertas de la residencia, rodeado por un grupito de magos, clérigos de la Dama y de inquisidores del Señor.

Volhm observó la escena apenas un segundo, luego se apresuró a reemprender el camino hacia las fronteras del campamento. A pesar de lo que le había dicho a Hazzle, estaba segura de que si la enviaban a una misión de reconocimiento era porque había razones para pensar que había algo extraño en la desaparición de esos grupos enanos. Independientemente de que Ioummer Spellmacher tuviera más o menos tratos y amistades con los dorados, estaba claro que al Consejo lo que le interesaba era confirmar o descartar la presencia de phaerimm en la zona, o no habrían autorizado una expedición como aquélla.

Sacudió la cabeza, todavía incapaz de creer que estuviera allí, que hubiera sido seleccionada para realizar aquel viaje. Phaerimm. Sólo pensar en ellos erizaba el vello de sus brazos y la llenaba de intranquilidad. Pensar en phaerimm era pensar en la Caída... Volhm se llevó una mano al símbolo de la Dama en un gesto instintivo, y formuló en silencio una súplica de protección. Madre de Mystra, ¿qué la capacitaba a ella para aquella misión? Kadisha debía haberse vuelto loca cuando la recomendó ante Ioummer Spellmacher. Los phaerimm estaban un poco demasiado alejados de sus competencias habituales.

Los labios de la maga se fruncieron en silencio, porque pese a todo sabía por qué Kadisha la había recomendado. Aquello era también un juego político de los que tanto gustaba su antigua maestra, eso era evidente, y la posición de ella, en la frontera de tres mundos, la situaba en una posición inmejorable para ser seleccionada. Hija de un antiguo linaje de adivinadores –quizá no especialmente relevante, pero sin duda sí respetado-, y entrenada para el usual baile diplomático y político que implicaba una carrera mágica en Halarahh, miembro de la Iglesia de Mystra, y con una limitada pero reconocida experiencia operando fuera de las fronteras de Halruaa, era una elección lógica.

Para la óptica de Kadisha, su posición era inmejorable, al estar vinculada con la jerarquía de la principal Iglesia del país y con el mundo arcano representado por los magos de Halarahh, entre los que era bien conocida, y todo ello respaldado por sus propios méritos como aventurera y custodia del saber arcano del país; teniendo en cuenta todo ello, su conexión con la Iglesia de Azuth a través de su madre era casi irrelevante. Sin duda Kadisha había pensado que aquella expedición sería el impulso final que le abriría paso por el bosque de ambiciones políticas que medraba en la capital. Terminada aquella expedición, Volhm podría asentarse en Halarahh amparada por una sólida reputación, contraer el matrimonio que le había sido asignado, atraer aprendices, y empezar a fijar sus aspiraciones en hacerse un hueco entre los Ancianos, en un futuro lejano.

Kadisha, se dijo Volhm, podía ser casi tan recta y fiel a la verdad como un jordain, pero siempre había sido ambiciosa; y un maestro siempre se beneficiaba de los logros de un antiguo aprendiz: no en vano el maestro podía jactarse de haber asentado los cimientos de la competencia mostrada por su discípulo.

Sacudió la cabeza. Kadisha no había entendido que su joven aprendiz diese la espalda a las puertas que ella podía abrirle en Halarahh para perseguir una quimera. Pues eso pensaba su maestra que era el don, ese pequeño instante de presciencia, que había recibido en el Pantano. ¿Cómo explicar aquel instante casi místico a una persona de mentalidad tan pragmática como era la de Kadisha? La realidad era que había fracasado totalmente a la hora de hacerle entender que el camino que había emprendido después de aquello era mucho más que un sueño, un capricho, o simples ansias de aventuras y emociones fuertes. Aquél era el camino al que le había conducido la Dama, su destino, de eso no le cabía la menor duda.

Atravesaron las fronteras del campamento halruano, y se abrieron paso por el resto del asentamiento. Instintivamente, Volhm irguió la cabeza con orgullo. Algunas enseñanzas de Kadisha nunca las había asimilado, pero sí la necesidad de destacar, de hacer imponer su presencia y su criterio. Sabía que Hazzle y ella estaban atrayendo las miradas de aquellos extranjeros, y, ¡por Mystra!, aquello no la disgustaba precisamente.

A las afueras del campamento y lejos de miradas indiscretas, Hazzle se volvió hacia ella.

-Que Mystra te guarde, compañera. Cuídate –el clérigo sonrió-, pues conviene ayudar a la Dama en estos menesteres.

Volhm rió suavemente y estrechó prietamente la mano de su amigo largo rato, antes de soltarle, asegurar su exiguo equipaje sobre la espalda, y emprender el camino hacia la Fortaleza Puerta del Enano.

Fortaleza Puerta del Enano... Volhm podía imaginarse su aspecto, a juego con la idiosincrasia de la raza que lo erigió. Y sus especulaciones no se vieron desmentidas cuando llegó al bastión en cuestión. Acostumbrada al derroche de ostentación propio de su país, aquella fortaleza tenía el mismo encanto que el maldito pantano de Kilmaruu, y puede que incluso considerablemente menos que éste. Gris, se dijo Volhm, sarcástica, mientras se dejaba conducir a la sala donde el arthane Dagnit iba a concederles audiencia... o lo que los enanos considerasen como tal. Volhm se preparó mentalmente para soportar la falta de cortesía típica del pueblo recio, e imaginó con cierta malicia lo que pensarían los enanos si la situación fuese a la inversa, y fueran ellos los que tuvieran que someterse a la interminable etiqueta que implicaría una visita al campamento halruano.

A pesar de toda su mentalización, no pudo evitar fruncir el ceño cuando vio que el arthane no se encontraba en la sala a la que la condujeron. ¡Qué descortesía! Inclinó ceremoniosamente la cabeza ante el variopinto grupo reunido allí, enanos, una variedad de humanos de diversas etnias... e incluso una joven con ciertos rasgos semidrows. Volhm congeló sus facciones en un gesto instintivo de rechazo, pues la visión de rasgos semidrows no podía sino asociarla con los dambrathis, pero casi al instante se relajó; no había relación alguna, se dijo.

La joven hizo un comentario ingenuo, que recibió pronta réplica por parte de un enano cuya lengua parecía ser más afilada que las legendarias hachas forjadas por su pueblo. Volhm sacudió la cabeza, reprobadora, pero en ese mismo momento, por suerte o por desgracia, entró el arthane Dagnit. Sin más preámbulos, el enano procedió a informarles de la razón por la que se les había reclamado, y que básicamente se correspondía con lo que Ioummer Spellmacher le había explicado al designarla para aquella misión. Spellmacher no había mencionado la posibilidad de que hubiera phaerimm por la zona en toda la conversación, aunque el asunto había descansado, pesado e impronunciable, entre ambos. El enano, ni que decir tiene, tampoco mencionó aquella posibilidad. Volhm se encogió de hombros; en el fondo poco importaba que los enanos sospechasen o no aquello.

-¿Alguna duda? -preguntó el arthane en un tono que no animaba precisamente a alimentar dudas. Volhm reprimió las ganas de alzar los ojos hasta el pétreo cielorraso.

Por lo visto, al menos un enano no tenía dudas, pues se dirigió hacia la salida con la misma determinación ciega que podría mostrar un behir rabioso. Aquel acceso de resolución divirtió a Volhm. Tan cierto como Mystra vive que con semejantes compañeros la misión de inspección va a ser divertida.

-Ejem, señor enano... admiro tu determinación, pero, ¿no deberíamos presentarnos primero? Por aquello de que vamos a ser compañeros, ya sabes –dijo en alta voz.
Última edición por Iridal el Vie Sep 08, 2006 11:27 pm, editado 4 veces en total.
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Larloch
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Mensaje por Larloch » Vie Sep 08, 2006 4:18 pm

Alanthir Nthalar
8º día de la 2ª decana de Khytorn, Sala de los Caídos, Fortaleza Puerta del Enano, Tethyr del 1er Año del Renacimiento de Netheril.

Era como si la ira de Amaunator se abatiera sobre mi cabeza… así había empezado la primera línea de la carta que había enviado a su hermana Taranlaris. En circunstancias normales hubiese sido difícil encontrar alguien que se la hiciera llegar, pero Taranlaris tenía bastantes contactos fuera de la ciudad de Umbra, más de los que parecían y sabía como hacerle llegar cualquier carta. A ello, incluía unas pequeñas notas que había escrito a su maestra Amalethra. Era una especie de anécdotas de una taberna en la que se habían parado. Era más una diversión que una tratado serio, pero a él le había parecido curioso, especialmente la parte en la que describía a los umbrinos. Él comiendo niños para potenciar conjuros, era una imagen que le divertía de imaginarse. Incluso se veía con unos pequeños cuernos y cola de demonio.

La sensación que tuvo cuando estuvo tanto tiempo bajo el sol fue fascinante, ya había pasado antes por eso, las campañas en la superficie habían sido cortas e intensas, pero este viaje en cierta forma era diferente. Podía examinar e ir poco a poco sacando información. Información, de momento había escrito algunas notas que podían ser de utilidad para el Gran Príncipe sobre lo que había visto de Tethyr, pero sabía que aquello no era su autentico objetivo.

Llevaba dos diarios de viaje, en uno apuntaba todo lo que podía interesar más a los Príncipes, en el otro, era donde hacía los apuntes para la maestra Amalethra y para su hermana. Las primeras notas se las había mandado hacía poco, pero ayer había escuchado una canción a un grupo de enanos, muy borrachos, que había apuntado, le parecía divertida y sobretodo pegadiza, incluso la había tarareado un rato (En el mar de la noche dejé caer mi red/y atrapé un puñado de sueños brillantes,/¿cuál tendréis dama orgullosa y risueña?/¿Este radiante, o puede que aquél?). Debía de ser una canción poco conocida, pues los enanos, por lo que había leído, eran poco dados a cantar.

El viaje, a pesar de esta pequeña anécdota había sido rápido, el Gran Príncipe había exigido información sobre lo que sucedía bajo el reino de Shanatar y si era verdad la presencia de phaerimm. Se había presentado voluntario para ir sin dudarlo, necesitaba alejarse de las absurdas maquinaciones de su padre con el fin de casarlo cuanto antes posible.

Miró su anillo, era un recordatorio de su futuro casamiento. Shardrala, la había conocido hacía, ¿dos semanas?, y había recibido el regalo tradicional. Le incomodaba enormemente tener que cargar con un matrimonio destinado a su hermano, pero era su obligación. Su madre había dejado caer que el Gran Príncipe esperaba la boda, él lo dudaba, pero un rumor así lo más seguro es que su propia madre se hubiese encargado de irlo propagando por la Ciudad… si todo salía bien, al volver tendría que casarse. No tenía nada en contra de Shardrala, que poseía una belleza fría, distante y en cierta forma triste, pero no pretendía seguirle más el juego a su padre y ser su peón, ahora sería él el que moviera las piezas.

Pero este era un tema del que prefería pensar poco, aunque, a veces pensará que el anillo tenía un conjuro para recordarle su presencia en su dedo y por extensión, su futuro compromiso.

Su encuentro con Klauthbert fue curioso. Su campamento albergaba más suntuosidad que toda su casa en los días de fiesta. Cualquiera que hubiese comparado al Gran Príncipe con el calishita pensaría que éste era más rico que el Gran Príncipe. El calishita era un espectáculo de opulencia y colores en contraste con la severa corrección del Gran Príncipe. En un principio, se enfureció, ellos habían pasado siglos luchando contra el Plano de las Sombras, nunca habían desperdiciado el tiempo en el hedonismo y en el deleite. Ellos habían sangrado en cada gota por volver a su antigua tierra y para encontrarse un desierto, un desierto que incluso se les negaba de intentar hacer habitable… se acordó de la muerte de su hermano luchando por salvar a los elfos ¿para qué? Para que el resto de reinos vivieran en la opulencia…

Aún se acordaba del fragmento que había incluido en a carta que le había enviado a su hermana, empezaba con una cita del Fin de Karse:”Negro es el futuro/ de los que viven consumidos por la arrogancia/y la vanidad les guía. /Temedlos!/ellos llevarán el dolor a Netheril!” Las líneas que siguieron describieron al calishita como una persona completamente prescindible y que parecía más preocupado de engordar que de practicar el Arte.

Sin embargo, poco después añadió una pequeña corrección conforme fue viendo que el calishita se mostraba mucho más despierto y vivaz de lo que parecía mostrar a primera vista. Era inteligente y sobretodo muy hábil. Poco después lo describiría en el informe al Gran Príncipe como un agente seguro y que puede ser extremadamente útil, sin embargo, es mucho más ambicioso de lo que podíamos pensar a simple vista, posiblemente exija mucho más que simples conjuros.

El calishita le proporcionó una coartada, sería un aventurero del Norte, de la odiosa Marca de la Plata, no dudaba que el calishita se había reído un rato de él. Además, le había conseguido meter en un grupo, iba a ser divertido de ver. Lo primero que le vino a la cabeza fue como comportarse como un aventurero del Norte. Lo más fácil sería permanecer lo más callado posible, aún conocía poco lo que había fuera de Umbra para saberse mover con soltura y aún menos para hacerse pasar por otra persona. Ya improvisaría.

Pero, no solo su estancia en el campamento de Klauthbert fue provecho por lo que consiguió de él, sino porque durante un tiempo se dedicó a observar al resto de mercenarios que habían acudido a servir bajo la Cruzada. El concreto el campamento de Halruaa era el más atención le había despertado, como para no hacerlo pensó, era casi como una zona diferente por él mismo. La presencia de numerosas construcciones, la pulcra organización, era algo que destacaba enormemente. Lo observó de lejos, no era tonto y no pensaba usar magia sobre ese campamento, el solo hecho de trazar cualquier conjuro lo más seguro es que activará mil y una alarmas y aún más, que provocará miles de preguntas por parte de los magos de Halruaa.

Klautbert los había descrito como esclavas baratas, engalanadas hasta arriba y llenas de trucos mágicos, pero después a la primera ocasión fallaban. No le prestó mucha atención, algunas cosas de su pueblo seguían estando presentes en esos magos la incógnita era saber como reaccionarían si se enteraban de su presencia en el campamento.

El resto del campamento era una amalgama de tiendas mal distribuidas, algunas de ellas entorno a una tienda más grande, que parecía ser el jefe de la compañía, y algunas solas, como la del caso de Klauthbert. En contraste recordó su estancia, breve estancia, en el ejército de la su Ciudad. El orden, la rigurosidad, la distribución en base a dos grandes calles, la muralla que los recubría, la cúpula mágica de oscuridad que permitía que dentro del campamento los umbras gozarán de sus facultades plenas. Aquél campamento era bastante desastroso comparado con el que habría erigido un umbrino. Ciertamente si no hubiese sido por su Ciudad, los phaerimm hubiesen conquistado el mundo a su retorno si tenían que enfrentarse a un ejército igual de organizado que éste…

Antes de prepararse para hacer frente a su misión dedicó un tiempo a preparar sus conjuros, normalmente en las misiones que había llevado a cabo, al ser diferentes magos se combinaban entre ellos. Dentro de la Ciudad podían odiarse, matarse entre ellos si querían, pero cuando se servía a la Ciudad, nada podía interponerse. Era la fuerza que tenía su Ciudad frente al resto de reinos humanos, meros buitres peleándose por las sobras que pertenecían a su gente….

Empezó poco a poco, sabía que conjuros como el de Inmovilizar ser de Prug eran necesario, pero tenía que compensar la ausencia de más magos, y si había alguno más, dudaba que fueran realmente eficaces, o que simplemente estuviera decidido a compartir con él el conocimiento mágico de la Ciudad, una cosa era colaborar con magos que servían al Gran Príncipe, otra, con otros magos. Quizá tendría que combinar con alguna de las variantes de Tolodine, pues empleado con cierta habilidad podía ser indudablemente útil en espacios cerrados y por ultimo añadiría alguna de los conjuros desarrollados pro Keonid y por el General Mattick.

Se sentía preparado para afrontar su misión, antes de salir, entonó una breve oración solicitando el favor de la Diosa Oscura, se adentraba en su reino y debía de rendirle homenaje.

En la entrada en la Fortaleza Puerta del Enano, había sido suficiente con mostrar el papel que le había dado Klauthbert, el calishita se dijo para si mismo, realmente es bueno, pero debía de ser vigilado, su ambición, podía ser contraproducente para los intereses del Gran Príncipe y eso era algo que no consentiría. Sin embargo siguió su camino con tranquilidad, el campamento enano era un contraste con lo que había visto más arriba, orden, precisión, eficacia, austeridad, sintió cierto respeto por el pueblo enano. Podían ser útiles para la Ciudad.

Examinó al resto de la gente que parecía que serían sus compañeros, por un lado había un par de enanos, uno parecía casi tallado en la roca y que mostraba algunas cicatriz bastante ostentosas, otro enano más comedido y varios humanos y la mujer que había hecho el comentario que parecía ¿una semidrow? Curioso grupo, poco después entró otra mujer que les saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, respondió con un gesto parecido al gesto de la mujer.

La sala en la que les hacían esperar sólo tenía interés por los escudos, por lo que había comentado una mujer debían de ser de compañías mercenarias muertas. La guerra debía de estar costándoles a los enanos más de lo que habían esperado. Los rumores sobre la dureza de los duergar y sus aliados contempladores, a los cuales ya conocía, debía de ser cierta. Era el tipo de guerra deseada por la Ciudad, larga, cara y que desgastaba a los posibles rivales, lastima que estuviera demasiado lejos, tendría que estar librándose en las puertas de la ciudad elfa pensó con cierta ira.

Poco después entró el arthane, las formas, duras rápidas, severas, parecía casi sacado de uno de los cuadros que exhibía su madre sobre el primer contacto entre los netherinos y los enanos de Delzoun, según ella había sido un antepasado suyo el que logró encontrarlos y por eso el cuadro representaba ese momento con todo su glorioso esplendor. Era un cuadro que nunca le había gustado, pero no dejaba de apreciar que el arthane parecía sacado de él. Meditó las palabras que había dicho el arthane, era interesante que hubiesen desapariciones de este tipo, podían ser los phaerimm usando conjuros de dominación, no eran infrecuentes y era un de las tácticas favoritas de los monstruos con el fin de conseguirse un ejército propio. Y que mejor ejército que uno de enanos y aventureros? La misión era simple, directa y a primera vista lo adecuado, pero le intrigaba, nadie había pensado en usar conjuros de Adivinación sobre esa zona? O simplemente para seguir a las patrullas que habían sido enviadas?

El arthane salió con paso firme una vez dichas las órdenes, cortesía enana, poco más tenían que añadir y esa cortesía, por lo que veía, parecía ser igual a todos los enanos, pues el que parecía una pequeña mole acorazada salió raudo para cumplir su misión. La que había entrado más tarde le detuvo, no pudo más que sonreír ante la escena.

- Milady, tenéis toda la razón, deberíamos de al menos saber el nombre de los que estamos aquí presentes, se suele decir que luchar con desconocidos atrae la sonrisa de Tyche- hizo una leve pausa para pasarse la mano por la barba.- Algo que no me importaría evitar.- sonrió levemente.- Mi nombre es Alanthir, un placer conoceros.- dijo mientras miraba a todo el mundo y hacía una leve reverencia mientras cruzaba su brazo derecho, sujetando su capa, por delante suyo. Era la reverencia tradicional de la aristocracia en Umbra y un gesto de cortesía pues con él se solía mostrar el emblema del linaje del que procedía uno, en su caso mostraba círculo envuelto por una filigrana con lo que parecían letras. En el centro del círculo de color púrpura había una enorme silueta negra de un pergamino enrollado.

- Aunque, una vez hechas las presentaciones de rigor, deberíamos de ponernos en marcha.- dijo mirando al enano.- Si los rumores que he oído sobre la Cruzada son la mitad de ciertos, dudo que esto sea una misión rutinaria.- dicho esto, se cruzó de brazo y esperó a que el resto se presentará o preguntará, pero en cuanto acabarán, no dudaría en ponerse en marcha.
Recopilación en proceso: Mi versión de la ciudad drow de Eryndlyn.

Ultima recopilación de información: La ciudad calishita de Almraiven

"El poder tiene su propia belleza. Quizá la más bella combinación de potencia y gracia entre las criaturas mortales de Toril sea la de un dragon." Sammaster, Tomo del Dragón

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Raelana
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Mensaje por Raelana » Vie Sep 08, 2006 10:40 pm

HARDASH
8º día de la 2ª decana de Khytorn, Sala de los Caídos, Fortaleza Puerta del Enano, Tethyr.


Una habitación enana, no intentaba disimular lo que era. Hardash no estaba impresionado, ni molesto. Hubo un tiempo en que los enanos le resultaban seres extraños, extravagantes, hombrecillos de pequeña estatura que hacían las mejores armas del mercado. Entrar en contacto con ellos había sido al principio una casualidad que intentó aprovechar. Conseguir buenos contactos, quizás un nuevo contrato. Su padre se alegraría de conseguir nuevos proveedores y, quizás, significara el resurgir de su familia. Un resurgir que llevaban esperando demasiado tiempo.

Las cosas nunca salían tal y como las planeaba, había conseguido acercarse a Augustus Fern, entrar en su compañía de mercenarios, aunque Fern apenas recordaba a su padre, su nombre le abrió algunas puertas. Siempre es bueno conocer gente, tener contactos, incluso entre los enanos.

Luchaban por ellos, por los enanos. No era su guerra. Tampoco era la primera vez que luchaba en una guerra que no era la suya. Hardash recordaba con cierta nostalgia sus días en el ejército de Tethyr, cuando se preguntaba qué hacía él allí. El era de Calimsham. No tenía motivos para luchar. No le había gustado luchar sin motivos.

¿Y ahora? Ahora estaba allí, dispuesto a seguir luchando con los enanos. No le gustaba pensar en por qué lo hacía, seguía diciéndose a sí mismo que era por intereses ¿qué le importaban a él aquellos enanos? No había hecho amigos entre ellos, o quizás sí. Quizás eran las ideas de Fern, que habían conseguido agarrarse a su alma. En realidad, Hardash sentían que los enanos y él tenían mucho en común, ellos tenían una meta parecida a la suya. Resurgir. Recuperar lo que habían perdido. Eso Hardash podía entenderlo, y también la frustración de ver que los esfuerzos no siempre sirven para nada. Los entendía, por eso luchaba con ellos, por eso seguía.

Se tironeó del bigote mientras miraba a su alrededor. Eran un grupo extraño, no les conocía de otras veces. Llevaba ya una buena temporada dando vueltas en la suboscuridad pero siempre descubría cosas nuevas, aunque no todas le gustaran, pero eso había sido en todos los lugares donde había estado.

Hardash suspiró. Lo peor era no ver el sol. En Calimshan el sol es fuerte, ardiente, poderoso. Los colores son intensos, el aire es cálido y relajante. En la suboscuridad siempre estaba en tensión. A su lado, Laab estaba muy quieto, era mala señal en el escorpión gigante, podía quedarse completamente inmóvil, sus dos metros de largo en completa tensión, la señal de que estaba inquieto. Demasiada gente extraña, pensó Hardash, yo me tironeo el bigote y tú te inmovilizas, pero no serán extraños mucho tiempo. Al menos ahora había antorchas que le permitían observar mejor a la gente, ver los matices. En el blanco y negro también hay matices, se dijo, intentando convencerse a sí mismo, pero no era lo mismo. Nunca sería lo mismo.

El arthane entró en la sala y Hardash dejó de pensar y prestó atención, aunque sus ojos volvieron a posarse distraidamente en las dos mujeres del grupo, las dos eran hermosas, aunque parecían muy distintas.

Dagnit explicó las cosas rápidamente, los enanos no perdían el tiempo en ceremonias y a Hardash eso le resultaba todavía bastante extraño. Todo ese ritual de saludos, de palabras amables dedicadas a los interlocutores se perdía entre los enanos. Sus compañeros parecían estar de acuerdo con esta forma de actuar, pues también tenían prisa por partir. Bien. No sería él quien los retrasara. Laab y él estaban preparados.

-Mi nombre es Hardash Neshkem, y mi compañero se llama Laab -dijo, saludándoles con respeto y señalando al escorpión de metro y medio de alto que estaba a su lado, Laab siempre intentaba permanecer en las sombras y evitar los reflejos de las antorchas-. Estamos preparados para partir.
Última edición por Raelana el Vie Sep 08, 2006 10:56 pm, editado 1 vez en total.
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Deberíamos dar gracias por los pequeños favores de la vida, como dijo el gnomo cuando se voló una mano cuando podría haberse volado la cabeza.


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roler
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Mensaje por roler » Vie Sep 08, 2006 10:56 pm

DUERIS GEMACETRO

Octavo día de la segunda decana de Kythorn, Sala de los Caídos, Fortaleza de la Puerta del Enano


La vela se apagó y el cubículo de piedra quedó completamente a oscuras. Dueris se frotó un poco los ojos, cansados de trabajar ante su libro de cuentas.
Le gustaba la Fortaleza Puerta del Enano... al menos era más tranquila que los túneles dónde se libraban las escaramuzas y batallas de la Cruzada. Aquí podía contabilizar los gastos sin demasiados problemas. Una arquitectura sólida, sencilla, que encajaba a la perfección y que tenía una gran virtud... aislaba los sonidos provenientes del pasillo o de otras habitaciones.
Llevaba tres días allí; su cargo político y religioso le había proporcionado una habitación individual, pese a la hostilidad natural del arthane Dagnit. Conocía a los enanos veteranos como Dagnit, que consideraban todo lo que no estaba relacionado con el arte de blandir hachas y partir cráneos poco más que parásitos, pero precisamente por eso no le costó demasiado bregar con él. Aún recordaba las caras de los ancianos sacerdotes de Clangeddin cuando expuso sus opiniones sobre la Cruzada ante el consejo y la Reina:

- La guerra es cara, mi señora... tan cara que quizás no valga la pena.

Muchas veces en los meses siguientes se había recordado que debería haberse mordido la lengua, ya que había sido poco más que le fin de su carrera política. Temerosos de que la iglesia del Rey Mercader no apoyase económicamente más al Gran Hacha, se "deshicieron" de él.
Dueris, sin embargo, se había tomado su tarea como asesor económico y comercial muy en serio, enviado meticulosos reportes mensuales al Consejo de Ancianos de las Profundidades de Terracor. Diez días atrás había ido a presentar sus informes a Aefindar Ultokhurnden, directamente ante su primo, el Real Príncipe Mercader Ghaern Pulgardeoro, hijo de Cael, sangre de Lambryn. Por fin había podido ver su ciudad natal, aunque no la echaba de menos. Casi se diría que tras unos meses al lado de ruidosos defensores enanos, los echaba más de menos a ellos, aunque públicamente nunca lo admitiría.
Dueris ahogó una pequeña carcajada mientras ordenaba por enésima vez sus cosas para el viaje que comenzaría mañana. Parece ser que ya que las cuentas no cuadraban nunca, la inmensa cantidad de oro y recursos de la Gran Brecha que se escapaban de los libros de cuentas para ir a parar a los estómagos de los ruidosos luchadores, mercenarios o a otros que no eran hijos de Moradin,
Precisamente eran esos los que más preocupaban al Gran Consejo. A los Ancianos más conservadores no les gustaba nada que las monedas acabasen en las faltriqueras de los humanos, por decir una raza, y temía que alguien se pudiese aprovechar de los recursos que el fabuloso Shanatar aún guardaba en sus entrañas. Como le repetían una y otra vez: Toda moneda que sale de Terracor es un poco de prosperidad del Pueblo Recio que se pierde para siempre...
Dueris no compartía mucho su opinión al respecto de los que sus superiores consideraban "foráneos", pero entendía su misión. Por eso cuando le dijeron que mandase informes al respecto no le quedaban demasiadas opciones.
Se consideraba a si mismo un miembro de su raza "viajado", mucho menos conservador que el resto... sus viajes por Estagund, el Vast, Mulhorand, le habían abierto los ojos.

Por eso cuando entró en la sala de los Caídos, su corazón se aceleró al ver a quienes serían sus acompañantes en el viaje. Halruuanos (intentó recordar cuales eran sus particulares costumbres para con los saludos y formalidades), gente del Norte, más sureños, una elfa, de Dambrath probablemente... y un enano, del clan Crownshield, como leyó en las runas de sus armas. Recordó aquel padre al que hace un año había encarcelado por no poder pagar sus deudas, alegando que eran para su hijo que iba a alistarse a las ordenes del Gran Hacha. Cuando el joven lo saludó, Dueris le sonrió diplomáticamente. Por el momento se mantuvo discreto, en un aparte, arropado en su capa negra y frotando con impaciencia su moneda del Padre Corto.
Lamentaba que Dagnit no hubiese hecho caso de sus recomendaciones, y no hubiese colocado un mapa de la región, un cuenco con frutas como viandas de recibimiento a los extranjeros, y tampoco dejase de lado sus arraigadas costumbres de hablar en Dethek cuando no debía. Al menos los escudos y las sillas, en su perfección enanil, habían sido cuidadosamente colocadas...aunque estaba seguro que a la mayoría de los visitantes les resultarían frías e incómodas.

Impaciente ante la descortersía de los militares, iba a presentarse cuando el veterano de la cara quemada entró en la sala. Dueris saludó con una inclinación de cabeza en un gesto que el arthane ignoró y luego escuchó las explicaciones del militar.Hombre parco en palabras, desde luego. No se sorprendió de las desapariciones. Conocía de oídas los túneles subterráneos y sabía que si bien algunos desertaban, la mayoría eran presa de monstruos de las profundidades. Pero cabía la posibilidad, como le había insinuado sibilinamente su primo, que hubiese aparecido alguna reliquia o artefacto que mereciese la pena matar por él y traicionar al resto. Tal vez... cualquier cosa de esas podía ser posible, lo había averiguado escuchando a los soldados durante su estancia al lado del Gran Hacha, mientras su trasero se llenaba de ampollas contabilizando los gastos para las familias de los fallecidos.

- ¿Alguna duda? - dijo el arthane.
Desde luego, su tono era poco "diplomático". Dueris suspiró con resignación, pero procuró que su rictus siguiese imperturbable. Intentaría arreglar él solo todos los errores de sus superiores. Como siempre.

Cuando el hijo de Crownshield se dispuso a abandonar la sala de manera tan rauda, Dueris se dispuso a detenerlo amablemente, pero se le adelantó una mujer y un delgado hombre que tenía la felina habilidad de los arcanistas a la hora de mover sus manos. Acercándose a los tres, Dueris ganó posiciones hasta ponerse delante de la puerta metálica.

Llevándose un brazo al pecho, imitando al hombre llamado Alanthir lo mejor que pudo, memorizando la nueva costumbre aprendida:

- Aiho, Alanthir. Sed bienvenido a esta nuestra humilde morada - dijo pronunciando con deliberada lentitud las palabras, esbozando una suave sonrisa- bienhallada, buena mujer - mientras le tendía una mano según la costumbre humana -, Hardash y...Laab... y larga vida al clan Crownshield, hermano. Me llamo Dueris Gemacetro, y no quiero aburriros con los largos nombres de nuestros antepasados - dijo el enano esperando que la pequeña broma aliviara la tensión respirada en la sala-. Sois todos bien recibidos en esta fortaleza, y ruego disculpéis la tensa actitud del arthane, pero son tiempos difíciles que transforman en ardua la tarea de prestar la atención que se merece a la diplomacia. Parece ser que la voluntad del Padre ha hecho que seamos compañeros de viaje por lugares peligrosos, y no hay nada mejor que confiar en quien te acicala la barba, como decimos los miembros de mi pueblo. Si precisáis algo, no dudéis en comunicármelo e intercederé ante el arthane. Cuando estéis listos iremos a ver al Mano de Batalla Shendar para que nos oriente en nuestro viaje a Garndor.

Ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba diciendo... porque Garndor era uno de los lugares más oscuros del subsuelo... y no se veía yendo hasta allí sin un regimiento de defensores... pero había llegado el tiempo de la acción, y de aprender muchas cosas de aquellos desconocidos. Una actitud abierta es el principio de un gran trato decían los escritos sagrados de Vergadain. Dueris creía con fervor que eso era cierto.

Luego, espera a que el resto tomen el guante y digan sus linajes, para después abrirles cortesmente la puerta e invitarlos a salir.

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Zaitsev
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Mensaje por Zaitsev » Sab Sep 09, 2006 11:48 pm

Xandros

Octavo día de la segunda decana de Kythorn, Sala de los Caídos, Fortaleza de la Puerta del Enano

Apenas había dormido una hora y le dolía la cabeza de una manera feroz: aquella noche habían bebido como si lo fuesen a prohibir. Ordenó sin pensar todo lo que iba a llevar de manera metódica y lo introdujo en petates que cargó a lomos del caballo en el que haría el viaje hasta la ciudad enana. Lo hizo de manera lenta, como si pretendiese saborear sus últimos momentos en la que entonces era su ciudad, Darromar. Remiro entre las estanterías de la casa en busca y captura de algún libro, que nunca venía de más cuando la soledad atacaba, y si algo sabía Xandros es que la soledad sabía como atacar y en que momento. Además, todo elemento susceptible de ser utilizado de alguna manera también lo sopesó para incluirlo en su mochila. Sabía que el objeto más nimio en ciertas circunstancias podía resultar vital.

De hecho, se hubiese llevado toda la casa si hubiese podido, creía que todo lo que allí había podría serle de utilidad y se sintió estúpido ante esos pensamientos. Antiguamente no llevaba encima nada, todo lo que no fuese “nada” ya era una molestia. Sentía que se había apegado demasiado a lo estático, a la comodidad de solamente alzar el brazo para obtener el objeto deseado.

Una vez que tuvo todo dispuesto para su partida, cogió papel y tinta, y comenzó a escribir. Quería explicarla porque se iba, cuales eran los motivos que le habían obligado a tomar esa drástica decisión. Quería sincerarse con ella, al menos esta vez, a fin de cuentas se lo merecía. Y escribía, y escribía escupiendo en el papel todo lo que sentía, pero aquello no bastaba, o al menos no era lo que quería. Una y otra vez volvía a convertir lo escrito en papel roto. Al final, un leve “lo siento” fue hecho cenizas junto a todo lo anterior.

Lamentó entonces no ser un afamado poeta que pudiese poner en bellos versos todo lo que estaba escupiendo su pecho, quiso jugar con las palabras y ser capaz de arrancarle sonrisas aún desde la distancia, y suspiros de placer aún sin rozarla. Pero no era un gran poeta. Nunca lo había sido, y no iban a llegarle ahora las palabras perfectas para explicar lo que ni el mismo era capaz de formularse en su mente. ¿Por qué se iba?, eso debía preguntarse ella, y eso mismo era lo que Xandros se repetía de manera reiterada sin encontrar una respuesta clara y convincente. Todo sonaba a medias verdades, a motivos no demasiado claros. A mentiras piadosas para poder ocultar una verdad que le aterraba: se sentía muerto.

Subió las escaleras hasta su habitación. Ella aún dormía. La besó en los párpados y susurró:

-Volveré. Te lo prometo.

Dio dos pasos atrás contemplándola idiotizado, sintiendo como su garganta estallaba en mil cristales. Consiguió romper el encantamiento que parecía tenerle amarrado a aquel suelo y se echó a una calle aún inundada por la luz de la luna.

Cuando por fin llegó a la posada situada a las afueras de la ciudad el día ya comenzaba a despertarse entre una densa niebla. Allí esperaba el enano Maelagar, que le recriminó su tardanza y que no llevase su armadura puesta. Maelagar creía que un guerrero debía llevar su armadura incluso cuando estuviese en el lecho con un hermosa enana, y si ella no consentía, ya se buscaría a otra. Lo cual Xandros consideraba harto complicado, no ya por encontrar una enana que consintiese, sino por hallar una que fuera hermosa. Maelagar tenía esposa, y Xandros siempre le decía en jocoso tono que cuando visitase su hogar la preguntaría que se sentía al yacer con un hombre enfundado en una armadura. En verdad nunca le había visto sin ella, era un apéndice más de su propio cuerpo, y temía que en verdad nunca se la quitase. Aunque eso podría explicar que no tuviese descendencia pese a su considerable edad.

Lo conoció durante la guerra civil de Tezhyr en la que lucharon juntos, y de la que salieron vencedores tras tres largos años. Xandros estuvo bajo su mando antes de ser ascendido por recomendación directa del enano. En ese tiempo entablaron algo que buenamente podría ser definido como amistad, sobre todo por falta de una palabra que describiese de manera más exacta ese tipo de relación. No se parecían absolutamente en nada, pero se respetaban y entre ellos nunca faltaba el buen humor. Aunque si algo podría destacarse era su compenetración en el campo de batalla. Más de un fiel luchador en pro de los intereses de los anteriores gobernantes del país podrían atestiguarlo.

Él fue quien le insistió en ir a su ciudad. Necesitaban gente como él, y a él era evidente que le hacia falta algo de acción. El enano alegó también que se le veía mustio y derrotado, y que la vida de un ciudadano no había sido nunca para ellos. Ambos lo sabían, era cierto, pero Xandros quería creer que podría establecerse y vivir alejado de las armas. Había deseado durante mucho tiempo que la guerra terminase para volver con ella. Ahora ya no había guerra, y la había encontrado, e incluso la había amado en muchas noches sin luna, y sin embargo, no era suficiente. El tiempo había ido pasando por su cuerpo, corroyéndole las entrañas y persiguiéndole como un buitre, llenándole de impaciencia y de ansias frustradas.

La guerra se había convertido en una cotidiana para él, y verse alejado del peligro y las muertes le suponía una desazón terrible. Sentía que podría dejar prácticamente cualquier vicio humano, excepto el de la espada. Se había forzado durante mucho tiempo a vivir recluido, en aquella ciudad que en realidad nunca había sido suya. Pero no, ya no podía seguir allí, hubiese terminado odiándola a ella por haberle hecho quedarse arruinando su vida y convirtiéndola solo en una amalgama de acontecimientos que se sucedían si mayor trascendencia.

Todos estos pensamientos se acumulaban en su mente de manera caótica y veloz, Xandros quería partir de inmediato hacia la ciudad enana, pero Maelagar no estaba por la labor de continuar sin antes haber introducido en su cuerpo unas cuantas jarras de cerveza. Xandros terminó por aceptar, a condición de que fuese lejos de Darromar. Y así hicieron hasta terminar completamente ebrios, hasta el extremo de tener que postergar su viaje para poder recuperarse, sobre todo el humano, cuyo hígado estaba soportando un abuso fuera de lo habitual.

Aquella noche mal durmió inundado en paranoias y pesadillas en las que ella perdía la vida en su ausencia. Acabo triste y arrepentido de haberse marchado, pero consciente de que tenía que hacerlo. Era su obligación. Tal vez descubriese que había perdido el tacto a la espada, o que ya no se sentía cómodo enlatado en su armadura y entonces pudiese regresar y entregarse a esa vida que había llevado con ella. Tal vez.


Al despertar, se puso su armadura. Volviendo a verse dentro de los mismos espacios que le habían albergado en otros tiempos menos felices que estos. Siempre se había sentido orgulloso de su armadura de mithril, y una vez dentro de ella, sintió como si nunca la hubiese abandonado, e incluso que las proposiciones de Maelagar en lo referente a las armaduras y las camas tal vez no fuesen tan descabelladas como él había creído.

110 millas separaba Darromar de su destino, aunque no tardaron demasiado tiempo en recorrerlo y transcurrió entre senderos más seguros de lo que lo habían sido antaño, como Xandros bien podía asegurar. No en balde había recorrido los senderos de Tezhyr durante largo tiempo. Maelagar lo llevó hasta la fortaleza Puerta del Enano. Se despidieron sin demasiadas cosas que decirse. Nunca fue la palabra la mayor virtud del enano.

-Suerte. -Le dijo el enano

-La suerte es para los perdedores. -No dudó en contestar de manera casi mecánica Xandros.

-En tal caso cuando te encuentres frente a tu enemigo...deséale suerte.

-Suerte.- Dijo el humano de manera jocosa y maliciosa

-Serás malnacido...-Barrunto entre dientes Maelagar.


Le condujeron hasta la sala de los caídos, dónde tendría vista con Dagnit. Allí ya había esperando otras personas. El guerrero sabía que aquello era importante para los enanos, pero no sabía hasta que punto, y se sentía intrigado por lo que anunciaría el enano. Lo cierto es que después de oírle se sintió un poco decepcionado, esperaba algo...distinto. Aunque estaba seguro de que aquello no sería una misión rutinaria. Si fuese así los enanos no se hubiesen tomado tantas molestias.

Los que iban a ser sus compañeros comenzaron a presentarse, imaginó que cada uno con los respectivos protocolos de su pueblo. Empero, Xandros se limito a decir su nombre, tampoco tenía una tradición que representar, propiamente dicho, solamente ganas de comenzar con la misión que les encomendaban los enanos.

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blacksword
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Mensaje por blacksword » Lun Sep 11, 2006 6:52 pm

ADRIAN DELANTHUL

Adrian despertó bruscamente. Jadeó agitadamente durante unos instantes mientras se secaba el sudor de la frente. Por un momento no recordó el sueño que habia tenido, pero la mano izquierda crispada agarrando en su hombro derecho se lo recordó. De nuevo el orco. De nuevo la muerte de su padre. Hace meses que no soñaba con aquello, casi lo hechaba en falta. La pesadilla siempre volvia cuando llevaba algun tiempo sin hacer nada. Dos semanas de permiso. Demasiado. Esperaba que pronto apareciera algo que hacer.

Se sentó en su catre mientras se frotaba los ojos. Notaba la boca pastosa y un ligero dolor de cabeza. Menos que en otras ocasiones. Parece que comenzaba a acostumbrarse a la fuerte cerveza enana. Miró por el ventanuco de la tienda de campaña. Aun se veia el cielo oscuro, pero el negro comenzaba a teñirse de purpura con los primeros rayos del amanecer. Bien, la "fiesta" de anoche no habia logrado trastocar sus costumbres. Habia sido otra velada compartida con sus amigos enanos, recordando a camaradas caidos y vaciando jarra tras jarra de fuerte cerveza negra. Invocó un cantrip de luz y al instante se arrepintió al llenarse sus ojos de manchas. Entre maldiciones musitadas entre dientes comenzó a vestirse. Calzones, pantalones y botas. Con eso bastaria por ahora. En estas latitudes el clima era cálido, además el fresco de la noche lo ayudaría a despejarse. Hizo la cama meticulosamente y repasó sus posesiones para comprobar que estaban en perfecto orden, algo normamente innecesario, puesto que tambien solia hacerlo antes de acostare, pero se obligaba a mantener siempre la misma metódica rutina, como ejercicio de autodisciplina. Cogio la jarra de agua, salió de la tienda y caminó hacia las letrinas de la compañia para vaciar la vejiga. Por el camino saludó con un gruñido a uno de los mercenarios que montaban guardia en el borde del campamento, Runthar, un sembiano de fuertes brazos y pocas luces que le devolvió el saludo con un gesto. Tras aliviarse, se encaminó a uno de los barriles de agua de la compañia, bebió abundantemente y llenó la jarra. Volvió a su tienda. Hechó un poco de agua en una palangana, se lavó la cara y se remojó la nuca.

-"Joder" - pensó - "Tengo la cabeza como si estuviera metida en un cubo. Esta maldita cerveza enana deja una resaca horrorosa. Vamos nenaza, despierta de una vez"

Rebuscó entre su meticulosamente ordenado equipaje y sacó su peto acolchado y su espada de entrenamiento, una pesada hoja de hierro sin filo considerablemente mas pesada que la magnifica hoja mágica que solia llevar al combate. Se encaminó a la explanada de entrenamiento. El horizonte ya habia adquirido un tono carmesí. Pronto se veria el sol.

Al llegar a la explanada la hechó un vistazo. Una linea de cal blanca delimitaba la zona de entrenamiento. En uno de los lados, se alzaban unos monigotes de madera cubirtos con paja y armados con rudimentarias armas y escudos. Aun no habia llegado nadie. Como siempre. Esta era la zona donde los mercenarios adiestraban a los nuevos reclutas, generalmente adolescentes de origen campesino a los que el destino obligaba enrolarse en alguna compañia mercenaria para poder ganarse la vida despues de descubrir que la vida aventurera no estaba tan llena de tesoros como la describian las canciones de los bardos. A Adrian le gustaba llegar temprano para hacer en solitario sus ejercicios. Comenzó corriendo alrededor de la explanada para desentumecer los músculos. Despues de una corta carrera y algunos ejercicios de clentamiento, cogió la pesada espada sin filo y comenzó su rutina habitual de entrenamiento. Hoy haria media hora extra, el ejercicio físico le ayudaria a olvidar la pesadilla.

Tras mas de una hora de practicar con la espada, Adrian decidió que era bastante por hoy. Ya notaba la cabeza mas despejada y el sol estaba ya totalmente fuera, aunque aun besaba la linea del horizonte. Algunos de los reclutas estaban comenzando su instrucción al ritmo marcado por los gritos y las maldiciones de los veteranos. Saludó a algunos de los instructores y volvió a su tienda, donde se lavó abundantemente para quitarse el sudor.

Después, se puso la camisa, encendió una vela, cogió su libro de conjuros y se sentó en su camastro para estudiar sus hechizos. Al principio le costó, como siempre. Los caracteres del libro parecian bailar por la página y las frases arcanas se le aturullaban al murmurarlas una y otra vez para memorizarlas, pero haciendo un esfuerzo de voluntad finalmente consiguió concentrarse. Casi todos los magos estudiaban sus conjuros justo despues de levantarse, estando descansados, pero Adrian no. Adrian se obligaba a estudiar despues del entrenamiento con la espada y antes de desayunar. Otro mas de sus variados ejercicios de autodisciplina. Por último, sacó un pequeño equipo de tatuajes y un pequeño cetro mágico y comenzó a renovar sus hechizos de todos los dias.

Al terminar guardó su libro en su funda de cuero impermeable. Después se afeitó, terminó de vestirse, cogió sus armas y salió a buscar algo de desayunar no sin antes dejar su equipaje listo para salir en cualquier momento, como era su costumbre.

El mensajero llegó cuando estaba compartiendo unos trozos de pan recien hecho y queso regados con una jarra de cerveza aguada con su compañero de desayuno habitual, un veterano apodado simplemente "El Viejo". Tuerto del ojo derecho, y cojo de la pierna izquierda, el Viejo ya no combatía con los otros mercenarios, pero seguía acompañandolos, ofreciendo sus servicios como cocinero y sacamuelas.

- Bienhallados. Busco a Adrian Delanthul - dijo el joven enano, un adolescente de apenas 30 años enfundado en una elaborada cota de escamas.
- Soy yo chico, que quieres.
- El arthane Dagnit ordena que os presenteis en la Sala de los Caidos de imediato.
- Bien, enseguida voy.
- El arthane ordenó que fuera de inmediato.

Adrian resopló fastidiado. "El arthane ordenó de inmediato" Probablemente el enano le había ordenado al joven enano que los transmitiera de inmediato su petición, no que él se presentara de inmediato. Si hubiera sido una orden lo mas probable es que le hubiera llegado a traves del mando de los mercenarios, no a través de un mensajero enano. El arthane solia fijarse en esos detalles: el respeto de la cadena de mando fomentaba la disciplina. Claro que, podria ser algo urgente... Bah, que importaba. No servia de nada hacer conjeturas, no lo sabria hasta que llegara. Apuró de un trago la cerveza aguada, se despidio del Viejo y se encaminó hacia el lugar de la cita siguiendo al paje.

Recordaba al arthane Dagnit del interrogatorio. Un enano llamado Graver, con el que Adrian entabló amistad hace un par de años desapareció el año anterior. Unos meses más tarde apareció muerto en una sala junto con otros cuantos enanos y el cadaver de un phaerimm. Adrian estaba en la patrulla que encontró los cuerpos e identificó el cadáver de su amigo. El cuerpo del phaerimm era algo inesperado y preocupante. El arthane interrogó en persona a todos y cada uno de los miembros de la patrulla. Lo recordaba como un enano hosco y de modales bruscos, como muchos de los enanos que habia conocido, pero este era algo mas que un buen guerrero. Hizo gala de un gran ingenio en el modo en que dirigió el interrogatorio, repitiendo las preguntas de muy diversas formas para buscar posibles contradicciones en las declaraciones y obtener cualquier detalle importante de los miembros de la patrulla. Si el asunto estaba relacionado con esto sinduda seria algo interesante.

Al pasar junto al campamento halruano se detuvo unos instantes a contemplarlo. El campamento destilaba poderoso Arte por los cuatro costados. ¿Que maravillas se ocultarian tras las paredes de las tiendas? La magia de los halruanos, procedente de la antigua Netheril fascinaba a Adrian. El imperio netherita supuso el culmen de la magia humana, y no atisbaba a imaginar las maravillas que los netheritas habían llegado a conseguir. Con un leve suspiro continuó procurando no perder a su guia.

Tras un largo paseo, el enano lo dejó ante la puerta de una sala de piedra cuadrada y sin apenas decoración. Seis personas lo esperaban dentro. Dos enanos, varios humanos, una semielfa de aspecto extraño, quiza con sangre drow y... ¡un escorpion gigante! Instintivamente hechó mano a la empuñadura de la espada. Sin embargo, el monstruo permanecia inmóvil y la gente de la sala no parecia prestarle atención. Miro a los reunidos. Si, mas de uno tenia aspecto de mago. Probablemente fuera un familiar o algo parecido. Entró en la sala y esperó depié junto al resto. Poco después entro el arthane.

-¿Alguna duda? - Mascullo el arthane.

Uno de los enanos se dirigió a la puerta, pero se detuvo ante la petición de una mujer vestida de rojo. Los presentes en la sala comenzaron a presentarse. Con una leve inclinación de cabeza, hizo lo propio.

- Mi nombre es Adrian, encantado de conoceros - dijo sin mas florituras. Seguidamente se volvió de nuevo hacia el oficial enano.

- Con todos mis respetos arthane. Yo si tengo una pregunta. ¿De cuantos desaparecidos estamos hablando? ¿Tres patrullas normales?

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Kharma
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Mensaje por Kharma » Mar Sep 12, 2006 6:49 pm

PYRADAR

Se detuvo en seco al oír la voz, no quería seguir molestando al Arthane pero parecía que los humanos tenían prisa por cumplir con la cortesía y la etiqueta. Pero tampoco quería parecer descortés, no por el momento y ante la insistencia de su compañero enano termino por ceder.

Se dio la vuelta y se dirigió a Dueris aunque hablo lo suficientemente alto para que fuera oído por el resto.

- Soy Pyradar del Clan Crownshield – lanzo una significativa mirada al resto ya que había dicho su clan frente a extraños pero no quería esconderlo frente a un compañero – cruzado de Canggledin al servicio del Gran Hacha.

Espero hasta que todos estuvieran dispuestos para proseguir con la siguiente etapa de su viaje.
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Mensaje por Iridal » Mar Sep 12, 2006 6:58 pm

VOLHM ILMARETH

Volhm se quedó mirando al hombre delgado –un mago, a juzgar por su aspecto-, quizá una fracción de segundo más de lo que la cortesía permitía. Con apenas unas pocas frases y gestos, aquel desconocido, Alanthir decía llamarse, había logrado desconcertarla totalmente. No fue su cuidada reverencia la que la sorprendió, aunque no había presenciado tanta ceremonia entre los magos bárbaros con los que se había relacionado hasta ahora. Más bien era su tranquila alusión a Tyche la que la había asombrado de tal forma que casi había olvidado sus modales, algo tan impensable como que fallase en la enunciación de un hechizo bien conocido.

Aquel hombre pálido y como consumido... si le hubieran dicho que había permanecido encerrado en una urna de cristal durante los últimos siglos, casi lo habría creído y todo... había en él una extraña pátina arcaica. Pero Volhm aceptaba que su experiencia con los bárbaros era limitada y había muchas costumbres extranjeras que desconocía, de modo que inclinó levemente la cabeza ante el hombre en el saludo con que un mago halruano reconoce a un colega de menor rango.

En ese momento, el otro enano le tendió la mano según las costumbres bárbaras de los extranjeros, presentándose muy educadamente para ser miembro de una raza tan abrupta. Volhm titubeó un segundo, tomada por sorpresa por segunda vez en apenas medio minuto; quizá si aquel gesto hubiera procedido de un humano no la hubiera sorprendido tanto, pero no esperaba aquella inapropiada cortesía por parte de un enano.

No estaba acostumbrada a que la tocasen. Los saludos halruanos implicaban una considerable dosis de palabrería y estaban acompañados de un importante amaneramiento, pero las manos siempre se mantenían a la vista, y apartadas del interlocutor, dejando bien a las claras que no trazarían ningún conjuro contraviniendo las reglas de la urbanidad y la hospitalidad. Y en cuanto a aquellos que no habían recibido el don de Mystra... si no osaban levantar la vista para mirar a la cara a un mago, cuánto menos intentarían establecer un contacto físico.

Por un segundo, Volhm casi temió que aquel enano estuviera burlándose de ella.

Pero aquello era absurdo, por supuesto. Los enanos no solían regodearse en burlas sutiles. Sin duda Dueris tenía la mejor voluntad del mundo al intentar presentarse ante ella con un gesto propio de los humanos con los que él se había relacionado hasta entonces. Volhm estiró la mano, rozó apenas la mano pequeña pero fuerte del enano, y se apresuró a interrumpir el contacto tan pronto como juzgó que había cumplido con la cortesía. No deseaba desairar a su nuevo compañero negándole su saludo.

-Soy Volhm de Halarahh –dijo esto mirando al mago delgado con una sonrisa; dos nombres tomados prestados del antiguo Netheril, bonita coincidencia, aunque le asombraba que los bárbaros tuvieran tal grado de refinamiento a la hora de escoger nombres para sus hijos-. Del linaje Ilmareth. –No se extendió tampoco ella en más explicaciones. Ni eran necesarias ni apropiadas, aunque su concisión no se debía a que temiera aburrir a sus interlocutores, como había indicado Dueris que podría pasar con la genealogía enana. A Volhm no se le ocurriría considerar aburrida la descripción de un linaje; reconocía la importancia de los antepasados en la vida de un hombre. No obstante, ni era recomendable exponer las sutilezas de las costumbres halruanas ante aquellos extranjeros, ni ellos las apreciarían en el peregrino caso que se le ocurriera revelarlas.

Mientras su mirada recorría los rostros del resto de sus compañeros, buscando algún signo de la gracia de Mystra en ellos, expresó unas cuantas frases de cortesía dedicadas a todo el grupo, y volvió a inclinar la cabeza en el saludo a un mago de menor rango ante el único otro que se reveló ante ella como portador del toque de Mystra.

-Vayamos pues a que el mano de batalla Shendar nos dé ese mapa –propuso.
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artemis2
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Mensaje por artemis2 » Mar Sep 12, 2006 11:38 pm

El arthane se detuvo envarado en cuando la halruaana hablo. Suponíais que lo de la presentación no le sentó muy bien, aunque los que estabais cerca de él pudisteis ver como enrojecía al escuchar “señor enano”. Finalmente Dagnit pareció calmarse y se centro en la pregunta de Adrián.

- Desaparecieron dos patrullas regulares de perímetro.- Dijo el enano que rápidamente se dispuso a añadir algo a ver la pregunta en la punta de la lengua de algunos.- Compuesta como siempre, de seis huryns, dos haurhammers, un hacha y un mano de batalla. El siguiente grupo era un grupo reforzado de rescate. Mi opinión habría sido sellar esos condenados túneles, pero al parecer los de arriba quieren que vosotros os ocupéis.- Dijo el arthane con un acusado énfasis en vosotros.

- Y si no necesitáis nada más os dejo con las presentaciones de sociedad, espero que partáis con la mayor celeridad que os sea posible.- Dijo el arthane abandonando la sala como un vendaval, desde luego Dagnit nunca había tenido fama de amable pero al parecer los quehaceres de la guerra habían conseguido aguarle más aun el carácter.

Terminadas las presentaciones, y visto que la dama calishita no parecía interesada en presentarse por el momento, salisteis de la sala y os dirigisteis a las zonas inferiores donde se encontraban los almacenes de logística. Curiosamente los guardias no os pidieron ningún permiso como era norma habitual, señal de que les habían informado sobre vosotros. Mala señal os dijisteis algunos de vosotros, las misiones especiales del arthane no eran precisamente famosas por su alto índice de supervivencia, aunque al menos Dagnit no era un comandante que permitiese que se enviase a nadie a una muerte segura. Shendar era un viejo enano que a pesar de su edad había decidido participar en la Cruzada, y aunque sus brazos no podían sostener un hacha como antes seguía manteniendo la memoria que le había hecho famoso como encargado de logística, Shendar era capaz de decir donde estaba hasta el último pedernal de su almacén. El mano de batalla os atendió rápida y eficazmente, enarcando una ceja ante la presentación de Volhm. Os apresurasteis a ir a una sala común para estudiar el plano donde visteis que debíais dirigiros hacia una zona fronteriza del antiguo reino de Sondarr. Por las señales que veíais aun habían bastantes zonas plagadas de las peligrosas trampas que los enanos fueron dejando tras de si en su retirada, además el área era fronteriza con varias tribus de kuo-toas y de quaggoths, lo cual no era ninguna buena noticia. Pero teníais frente a vosotros siete días de duro viaje por una zona tranquila y controlada, pero no totalmente restaurada hasta llegar al último puesto de guardia, donde descansaríais por última vez antes de adentraros en tierra de nadie. Así pues acordasteis los últimos detalles, bebisteis un par de rondas y discutisteis los últimos detalles antes de partir. Bajasteis más, y más, la oscuridad se iba haciendo opresiva a pesar de las antorchas colocadas regularmente a ambos lados de la pared y bien mantenidas. Y finalmente llegasteis a las puertas inferiores desde las cuales salisteis a la suboscuridad.

Tardasteis ocho días finalmente, el camino no fue demasiado duro pero una buena parte de vuestro grupo no estaba acostumbrada a ese ambiente y os retraso un poco, aunque realmente todos se portaron bien en ese descenso a las tinieblas. Finalmente llegasteis al puesto de guardia, una especie de gruesa torre medio encastada, o quizás tallada, en la pared de la caverna. Pero algo andaba mal, el silencio no era extraño, ni siquiera tan cerca de un puesto de guardia, pero aquel silencio era sepulcral, extraño. Y el puesto de guardia parecía apagado, muerto, como si nadie lo hubiese pisado en bastante tiempo. Llamasteis a la puerta a la puerta siguiendo los toques tradicionales de la guardia enana, dos largos, un corto un largo, pero no hubo respuesta. Lo repetisteis una vez y otra, y ya ibais a abandonar cuando…

- ¿Quién anda ahí? – Dijo una voz claramente enana desde dentro, parecía asustada, muy asustada.

- ¡Somos un grupo de exploracion! Abre la puerta en nombre de Dagnit el arthane de Aray Burakinae.- Dijo Pyradar con tono autoritario.

Finalmente os abrió, tras unos minutos, un asustado enano con un sucio uniforme militar. Dentro reinaba el más absoluto silencio.

- ¡Benditos seáis por la Gran Forja!- Dijo el enano que parecía desesperado, pero recuperó la compostura para saludar a Pyradar y os pidió que entraseis rápido.

El enano se llama Ambert Durthoin, un simple Huryn y el único superviviente de los 27 miembros que componían la dotación del puesto avanzado. Al parecer el comandante del puesto, un mano de batalla llamado Harunth había salido con parte de su dotación y el clérigo para encontrar a una de las patrullas perdidas. Tras eso partió la mitad de los restantes para tratar de informar con los superiores, y los demás fueron desapareciendo o desertando. Ambert llevaba allí casi una semana solo.

MJ: Los enanos os han dado: 30 antorchas, seis cetros solares, una lámpara y siete botes de aceite, dos cuerdas de 30 pies cada una y una de 60 pies, y 15 raciones por cabeza. Además un pequeño escudo que se acopla en el hombro, simplemente es una señal de vuestra pertenencia a la cruzada. Además de esto el mapa y siete pociones de respirar bajo el agua y tres pociones de curar heridas ligeras.
Las opiniones de este usuario, por increible que parezca, son opiniones, y como tales deben ser consideradas.

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Mensaje por Raelana » Mié Sep 13, 2006 4:06 pm

HARDASH


A Hardash le gustaban las ceremonias, formaban parte de su cultura y la prisa con la que habían salido le parecían propias de la barbarie enana. Había convivido otras veces con extranjeros, sabía que eran así y que no debía gastar esfuerzos por civilizarles así que los siguió sin hacer ningún comentario. Al menos había otra calishita en el grupo, aunque le parecía que no era de su rango pero no había podido hablar lo suficiente con ella para averiguarlo. Tampoco había hablado demasiado con los demás, aunque había compartido con ellos ya una semana de viaje.

No terminaba de sentirse cómodo allí abajo. Los lugares angostos, la falta del cielo sobre su cabeza, de vastas extensiones de desierto. Sus ojos estaban acostumbrados a buscar la distancia, el fondo de las cosas y allí no había distancias, las paredes le cercaban, el horizonte estaba cerrado por paredes de roca.

-Nunca terminaré de acostumbrarme a esto -pensaba, pero por algún motivo también le parecía un mundo fascinante que nunca terminaba de descubir. Laab no estaba del todo de acuerdo, el escorpión era un animal de arena y aquellas paredes donde no podía sumergirse le ponían nervioso y, quizás, también todos aquellos desconcidos que los acompañaban.

El viaje en sí estaba resultando tranquilo, demasiado tranquilo. Las cosas iban bien y eso a Hardash no le gustaba. Las cosas nunca salen bien, y si lo hacen es porque pronto vendrá un mal muchisimo mayor. Un camino con dificultades desde el principio es mucho más seguro, y además vas preparado, por eso, cuando se encontraron con el extraño silencio del puesto de guardia, Hardash se sintió mejor, las cosas empezaban a ir mal, como debía ser.

Escuchó atentamente la historia de Ambert Durthoin, mientras se retorcía el bigote acabado en punta, se había mantenido atrás, dejando que los enanos del grupo hablaran con el Huryn, sonriendo o encarcando las cejas cada vez que algo en la historia le resultaba típico de la cultura enana o lo sorprendía.

-Pues de esto no nos informaron, sólo de las dos patrullas desaparecidas -comentó, cuando el enano terminó su relato, en realidad estaba pensando en que deberían comer algo, pero no quería parecer insolente ante aquel enano asustado-. ¿Cuánto hace que partió el comandante?

¿Deberían seguir los pasos del comandante desaparecido? No auguraba nada bueno.

-¿Sabes en qué dirección se fueron? ¿Tenían alguna pista sobre la patrulla perdida? -quizás no fuera bueno agobiar al asutado enano con tantas preguntas, la primera idea es siempre la mejor-. ¿Qué tal si comemos algo?

Miró a sus compañeros, preguntándose si era él el único que tenía hambre.
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Kharma
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Mensaje por Kharma » Mié Sep 13, 2006 8:29 pm

PYRADAR

Estaba siempre preparado para la descortesía y la falta de modales de los piernas largas, siempre alimentando su ego mediante formulas y palabras vacías creyéndose superior al resto. Como había previsto el Arthane se disgusto ante las burdas maneras de los humanos, lo peor es que Pyradar había participado sin desearlo y pensaba que aquello era una falta ante su superior. Al menos se sintió aliviado por la distracción que causo la pregunta del hombre llamado Adrian. Era una pregunta que se le paso por la mente pero hubiera preferido hacérsela al mano de batalla, de todas formas era mejor conocerlo del propio Arthane.

A Pyradar le hervió la sangre al pensar en tantos enanos desaparecidos, sus instintos le decían que aquella misión iba a ser dura de verdad. Enfrentarse con lo que ha podido contra tres patrullas de enanos, era casi un suicidio, y mas si tenia que depender de extraños humanos. Dudaba que donde un enano fracasaba aquellos de vida mas corta pudieran ni siquiera llegar con vida. Sin mas que decir fueron a ver al mano de batalla encargado de sus provisiones.

Se sintió orgulloso de la precisión enana, aun así no dudo en revisar de nuevo el equipo. Mas una costumbre que por desconfianza, su equipo les salvaría alguna vez la vida y siempre debería estar a punto. No dudo un instante de dejar la intendencia del grupo al venerable Dueris, ningún humano podría superar su memoria o su disciplina.

Todos estaban reunidos frente al mapa, era la hora de decidir el camino que iba a tomar aquella expedición.

- Antes de partir me gustaría dejar algunas cosas claras- su voz era sosegada pero potente.

- No dudo en ningún momento de la capacidad de los presentes, sin duda nuestros superiores nos han escogido por alguno motivo, cada uno tendrá el suyo. También han pensado que nosotros tendremos éxito donde tres patrullas enanas desaparecieron.

- Pero no solo un grupo sobrevive gracias a las cualidades individuales de sus componentes.- su voz vibraba de energía – es la disciplina y el trabajo en equipo donde radica la mayor fuerza.

- Ahora somos unos desconocidos pero si no queremos fracasar debemos aprender a cooperar y a conocernos los unos a los otros, debemos saber movernos en grupo tanto en la lucha como en la vida ahí fuera.

Desde luego no pienso morir por la incompetencia o las heroicidades de alguien. Prefería guardarse estas palabras en su interior.

- Yo lo único que conozco es la gloria de la batalla y el combate cuerpo a cuerpo barriendo a mis enemigos. Nunca dudo y siempre soy decidido en el combate, así que dejadme suficiente espacio en vanguardia. Aunque mi especialidad son los magos – dijo esta ultima palabra con un tono que sugería crueldad y dolor.

- Exacto, los prejuicios de mi raza por las artes arcanas es mayor en mi caso – no miraba a nadie en particular pero notaba sus miradas – Mientras no haya magia fluyendo a mi alrededor o interrumpiendo en mi combate estaré tranquilo y no habrá ningún problema.

- También se desenvolverme bastante bien por los túneles. He pasado dos años escupiendo sangre en ellos y casi toda mi vida he luchado en este entorno. Y a menos que alguien piense que conozca mejor este terreno sugiero que yo abra la marcha en primera linea.

- No penséis que intento ser un líder, ninguno lo somos, y me faltan muchas cualidades para serlo. Solo expreso lo que creo que es mejor para todos.

El viaje por los túneles fue algo mas lento de lo esperado, no todos podían seguir su ritmo. Pyradar nunca decía nada sobre este tema, tampoco parecía molesto o impaciente. Se tomaba las cosas con calma, sabia muy bien que no todos estaban habituados a un entorno tan extraño y le parecía algo común. Si el estuviera en un desierto seguramente que lo pasaría igual de mal.

- Solo a un humano se le ocurriría tener un bicho venenoso como compañero – dijo un día mientras descansaban. Echaba frecuentes miradas al escorpión para mantenerlo siempre alejado de el, no se sentía a gusto con su presencia a pesar de la docilidad que aparentaba.

Cuando por fin llegaron al ultimo puesto la situación pareció empeorar. Aquel silencio le dio mala espina al enano y si dudarlo saco su martillo y ajusto su escudo preparado para cualquier eventualidad. Como se había imaginado algo había ocurrido, solo un asustado enano quedaba para responder.

Mientras El resto intentaba tranquilizar al enano Pyradar echo una significativa mirado a su alrededor.

- Esto no me gusta – dijo con voz baja – tres patrullas desaparecidas y ahora un puesto casi desértico. Esto puede ser mas grave de lo que suponíamos, habrá que tener cuidado.

- Eso, nos vendría bien saber hacia donde partieron y que ha pasado desde el ultimo informe, no esperábamos esta situación.

- ¿Comer ahora? - miro extrañado al humano del bigote- vaya momentos escoges para tener hambre. Sera mejor primero echar un vistazo al puesto por si se escondes enemigos y después descansar. No me quiero arriesgar a que nos pilen de sorpresa.
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Mensaje por Raelana » Jue Sep 14, 2006 4:19 pm

HARDASH


¿Descansar antes de comer? ¡Qué raros eran los enanos! A Hardash le resultaba imposible dormir con el estómago vacío. El humano entrecerró sus negros ojos hasta convertirlos en una rendija y miró a Pyradar ¿No fue él quien llamó en una ocasión "bicho" a Laab? Desde luego si algo sabían hacer bien los enanos era quejarse.

Sin embargo, tenía que reconocer que la idea de echar un vistazo no era del todo mala. Quizás la gente que había "desaparecido" lo había hecho a causa de algún enemigo escondido en el puesto de guardia. Hardash se levantó y se cuadró delante de Pyradar como le habían enseñado en el ejército de Tethyr.

-Sí, señor. A sus órdenes, señor -le contestó, remarcando la palabra señor a aquel enano que había dicho que no quería ser lider-. Echaré un vistazo por los alrededores y volveré a informarle, señor.

-De todas formas -añadió antes de irse, guiñando un ojo-, si las chicas van preparando algo de comer para cuando regrese no estaría mal.

-------------------------------------------------------------
Off Rol: Laab y yo vamos a echar un vistazo por el puesto de guardia, pero si vemos algo raro nos volvemos a avisar, que por una vez llevo un pj sin tendencias suicidas.
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Zaitsev
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Mensaje por Zaitsev » Jue Sep 14, 2006 6:54 pm

Xandros

El Arthane contestó a regañadientes a las preguntas que le habían hecho, claro, los enanos parecían hacer siempre todo a regañadientes, ni si quiera para beber abandonaban su aridez, sin embargo, eran competentes en lo que a armas se refería, y no malgastaban su vida estúpidamente, y menos tantos enanos juntos. Puede surgir algún enano suicida, pero no tropeles de ellos. Lo que estaba oyendo no le agradaba, desde luego lo que se encerraba allí abajo no iba a ser algo de buen plato. No obstante, estaba preparado, o al menos creía estarlo, y la verdad, no le importaba que el arthane partiese como perseguido por un diablo, ni tampoco que quisiese hacerles ver que era una misión suicida.

Xandros miró un instante al suelo y resopló mientras dirigía su vista hacía el techo. Organizando aceleradamente su mente, y sin querer dejar sitio para los recuerdos. Bien, la adrenalina volvía a recorrer su cuerpo. Volvía a sentir el ligero miedo que le entraba antes de cada combate, las pequeñas dudas ante lo que otros consideran una muerte segura. Volvía a circularle la sangre caliente, el placer de la adicción al temor. Sonrió para sí, aunque fuese una sonrisa visible a los demás, mientras concluyó diciendo:

-Ya habéis oído: no hay tiempo que perder.


Ningún guardia recelo de los aventureros, era evidente que ya habían oído hablar de ellos y, desde luego, tales caras ante su paso parecían estar destinadas a asustar al más valeroso caballero. Por suerte ninguno de ellos era caballero, y si eran valerosos estaban por ver, pero estaba claro que ninguno de ellos iba a amilanarse por cuatro enanos muertos, aunque una vez visto el camino a seguir, había que tener respeto al trayecto, al menos.

Ante el mapa que marcaba el camino a seguir, Pyradar se envalentonó y comenzó a hablar. Parecía que hablase más para si que para los dema´s, realmente, aunque el parapeto del enano le resultó curioso al humano, y si se utiliza la palabra “curioso” es por no tildarlo directamente de ofensivo. Sabía del orgullo enano, y lo había vivido en más de una ocasión, pero no tenía intención de consentirlo. Tras oír y acumular en su cerebro cada replica destinada al parlante ser, dibujo milimétricamente en sus labios la más sardónica de sus sonrisas, mientras miraba directamente a sus ojos.

-Espero que en verdad seas tan bueno en batalla como pretenden atesorar tus palabras, no obstante, me defrauda que detestes las artes arcanas, no sólo por su notable utilidad, que también, sino porque entre nosotros hay más de un practicante al que seguramente tengas que agradecer en un futuro que te haya salvado el cuello.

Desvio brevemente su vista a los demás componentes del grupo. Despreciar la magia era algo terriblemente absurdo. Había que tenerla en su justa consideración. No le gustaba tampoco la idolatría que le profesaban los magos, ni la dependencia que a ellos les unía, pero no podía negar que un mago en un campo de batalla era muy útil. Aunque había quien los prefería entre bastidores, con sus trucos y juegos tan sutiles en sus...digamos, negociaciones.

-En cuanto mis habilidades, un ignorante diría que mi virtud es el manejo de la espada, aunque espero que con el tiempo sepas ver cual es la verdad.

Xandros dijo esto sabedor de que el enano sabría en un futuro de su talento, aunque no estaba tan seguro de que el enano entendiese la frase en su totalidad. Dejó un pequeño silencio en el que volvió su vista al mapa, dejando así de mirar al enano, para concluir diciendo, de manera aparentemente más relajada.

-Ah, y si no eres un líder, no intentes actuar como tal, y para un futuro, recuerda: que tu no sepas hacer algo, no significa que el resto no sean capaces de hacerlo


Xandros había oído mil leyendas sobre Shanatar, y no hubiese podido negar que le excitaba la idea de adentrarse en posibles túneles que condujesen hacia esa tierra, aunque sabía que no sería un camino plagado de rosas y gente voluntariosa dispuestos a ayudarles. Los enanos tenían una fama que sostener. Con lo que no había contado Xandros era con la opresión que terminaría por producirle la constante oscuridad a la que se iba a ver sometido. Una oscuridad cada vez más cerrada, que se cernía a su alrededor en todo momento. Sabía que podían acabar todas las antorchas que les habían dado los enanos, pero de buena gana hubiese gastado más de lo convenido para no sentirse tan sumido en una oscuridad realmente macabra.


El tiempo allí dentro parecía transcurrir a otra velocidad. Los días se deslizaban de manera pesada e insidiosa, siempre rodeado de esa misma oscuridad, de un silencio constante roto únicamente por el llamear de las antorchas y los pasos apagados del propio grupo.

Por fin llegaron al puesto de guardia. Allí les recibió un soldado muerto de miedo. Parecía que por fin habían llegado al lugar en el que se sucedían los problemas. “Ya iba siendo hora” pensó el de Tethyr, que se quedaría de piedra al oír al calishita preguntar por comida. Estuvo de acuerdo con Pyradar, aunque le extrañó que opinase que antes de esta situación inesperada no había que tener cuidado.

-Sí, señor. A sus órdenes, señor -le contestó Hardash al enano-. Echaré un vistazo por los alrededores y volveré a informarle, señor. De todas formas -añadió guiñando un ojo-, si las chicas van preparando algo de comer para cuando regrese no estaría mal.

-No te precipites, Hardash. Es mejor que antes peinemos la zona todos juntos. No es buena idea separarnos tan pronto y sin saber que nos espera.


-Ahora podrás observar las habilidades de todos nosotros. –Dijo sin mirar a Pyradar, pero destinándole sus palabras.

Ahora empieza lo interesante. Ahora vuelve la sangre caliente. Ahora volvería el filo de su espada a ver la luz del...bueno, la luz de las antorchas. Ahora regresaba el deseo de sobrevivir. “Si algo soy, soy un sobreviviente”, se dijo. Ahora retornaba el recuerdo de ella a su cabeza. Ahora.

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roler
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Mensaje por roler » Vie Sep 15, 2006 2:13 am

DUERIS

Cuando el arthane habló de las dos patrullas desaparecidas, una mueca de disgusto se dibujó en la cara de Dueris. Le preocupaba mucho más que hubiese sido aniquilada la patrulla de rescate que la primera.
A un grupo de enanos combatientes se les podía pillar por sorpresa, por supuesto, pero a uno de rescate era difícil. Pensativo, abrió la puerrta de la Sala de los Caidos y acompañó al resto del grupo hacia el almacén del Mano de Batalla, calculando cuánto supondría eso en costes para las arcas de la iglesia de Vergadain. Pronto se percató que estaba siendo un pésimo anfitrión, y procuró recuperar el tiempo colocándose al lado de Pyradar del clan Crownshield, y por delante de Volhm, la mujer halruaana... pero llegó tarde.
Ante la enarcada ceja de Shendar, Dueris sólo pudo encoger los hombros. Sabía que el veterano había sido informado exhaustivamente sobre las identidades del "grupo", así que no le dio demasiada importancia. Mientras el resto seleccionaba los materiales, sacó papel y tinta y anotó meticulosamente las runas correspondientes a cada elemento cogido. Hizo una copia y se la dio al Mano de Batalla para que se quedase con una copia. Así debía ser... que las monedas sonasen en el saco, o dicho de otro modo, las cosas claras y ordenadas.
Con autoridad comunicó al grupo:

- Con la autoridad y confianza que el Gran Hacha ha depositado en mi persona, me encargaré de llevar la intendencia y logística de la expedición. Si precisan... - dijo, dudando entre usar el tuteo o no - precisáis... algún material extra aparte del distribuido inicialmente, gustoso atenderé vuestras peticiones. También es de obligado cumplimiento el llevar un recuento de todo elemento forjado por, para o en pertenencia de los hijos del Forjador de Almas, así os ruego me comuniquéis dichos hallazgos, ya que no podemos dejar que nuestra historia caiga en manos no apropiadas. Gracias de antemano.

Después intercambió unas palabras amistosas con el anciano Shendar, preguntándole por su familia y por las últimas nuevas del frente, más por cortesía que por interés.

Ante el despliegue del mapa, Dueris intentaba recordar las frases que había leído en los libros de historia antigua y en las polvorientas tablillas de antaño sobre los túneles que pronto le esperarían. Durante su estancia con el destacamento principal del Gran Hacha, había visto poco más que su habitación, y ahora sería diferente. Instintivamente hizo girar la moneda del Padre Corto que colgaba de su cuello, mientras sentía una mezcla de excitación y nerviosismo recorriendo sus venas. Muchas palabras que habían despertado sus sueños juveniles habían sonado en la Sala de los Mapas : Netheril, Quaggoths, Phaerimm, Kuo-Toa, Shanatar... Cuantas veces había soñado con ver los túneles con sus vetas de pirita, o las rugosidades volcánicas formando caprichosos dibujos que llevaban a ese Reino que era poco más que un cuento... Dueris bebió un poco de cerveza con agua (el alcohol en exceso no era buen compañero ni para la lengua de un diplomático ni para las manos de un contable) y gozó con la bocanada de aire cálido que emanó de la suboscuridad cuando abandonaron Aray Burakinae.

* * * * * * * * *

Casi una dekhana en compañía del grupo había sido divertida. Todo eran fascinantes costumbres y acentos nuevos. Dueris se sentía ansioso por entablar conversaciones con todos y cada uno de los extranjeros. Se sentía cómodo en compañía de Pyradar, pero lo veía demasiado enfrascado en sus tareas en vanguardia. Por eso se dedicó a charlar brevemente sobre los temas que su intuición le decía que cada uno podía encontrar más cómodo. Por supuesto ni un solo día descuidó sus obligaciones para con Vergadain, y en cuanto tenía un rato libre, incrustaba una moneda en la roca y pedía por la buena suerte de la expedición. ¡Hasta incluso se interesó por la dieta de Laam!...
Pero cuando pasaba un tiempo, su mano se iba sola hacia la empuñadura de su espada... muchos dibujos que la llama de las antorchas hacían sobre los muros de piedra se asemejaban a criaturas que más de una vez le hicieron apartar los ojos. No era un enano cobarde, por algo le llamaban el Zorro Oscuro, pero sabía que corrían peligro...y estaba de acuerdo en que sólo había una manera de trabajar, como bien había dicho Pyradar Crownshield, unidos, confiando en el equipo.

Cuando llegaron al puesto avanzado, Dueris no se sorprendió al escuchar el relato del joven Ambert. El clan Durthoin era una familia menor pero bastante conocida por su fiabilidad y lealtad. Mientras Pyradar y el resto hablaban con él, echó un vistazo al joven, esperando encontrar alguna herida que precisase tratamiento.
Después, pensando que el huryn estaría muerto de hambre, y dado que la salazón y las galletas que habían traido estaban frescas, sacó unas raciones y se las ofreció a Ambert (y a Hardash, que lanzó una mirada ávida sobre ellas).
Cuán extraño le parecía que el Mano de Batalla Harunth dejase atrás un único soldado y que ninguno regresase a informar. Las cuentas no le cuadraban... pero de nuevo el nerviosismo hizo presa de él, haciéndole ver fantasmas donde seguro que no los había.

- Tranquilos, tranquilos... el huryn necesita reponerse un poco antes de hacer frente a vuestro interrogatorio. Comamos algo, y repongámosnos del viaje. Seguro que aquí podemos asearnos con más tranquilidad que en los túneles. Has hecho un buen trabajo, Ambert del clan Durthoin, pero la tarea no ha terminado. Has de hacer del barro granito y permanecer fuerte y vigilante. Además de contestar las preguntas del grupo, me gustaría acceder a la Sala de Comandancia y al despacho de Harunth. Cualquier luz que ilumine nuestro camino será bienvenida, y si podemos saber a que nos enfrentamos, mejor que mejor

Procurando calmar los ánimos de los presentes ante la excitación del encuentro, intentó tranquilizar a Pyradar poniéndole una mano enfundada en su guantelete de mithril en el hombro, haciendo extensivo el gesto a los demás:

- [en Dethek] Relájate, hermano, estamos en tierra amiga aún [Común] Con pausas talló Moradin la piedra de la que salieron todas las criaturas. Dudo mucho, amigos, que el mal haya penetrado este bastión... pero creo que es buena idea que le demos un vistazo rápido. No me gusta mucho dividirnos, como bien dice Xandros, pero creo que en este caso es necesario. Me desenvuelvo mejor entre libros que en las tareas de exploración así que os aguardaré en la Sala de Comandancia. Me sería grata la compañía de quien quiera venir.

Dicho esto espera, sobre todo las indicaciones del soldado (y si no se buscaría solo el camino) y se dirige a algún sitio con "papeles".

MJ: [Editado] La distribución de Dueris es la siguiente:

Nos quedan unas 14 antorchas según mis cálculos, el resto se han consumido en el viaje. El resto las he distribuido según las necesidades.
Lo mismo con las raciones, administrando a 1 por día.

    · Volhm - 7 raciones, 1 poción de respirar agua

    · Alanthir - 2 antorchas, 1 cetro solar, 7 raciones, 1 poción de respirar agua

    · Dueris - 2 antorchas, 1 cetro solar, 7 raciones, 1 cuerda de 30 pies

    · Pyradar - 3 antorchas, 1 cetro solar, 7 raciones, 1 cuerda de 60 pies, 1 poción de curar heridas ligeras, 1 poción de respirar agua, mapa

    · Xandros - 1 lámpara de aceite, 7 frascos de aceite, 1 poción de curar heridas ligeras, 7 raciones, 1 poción de respirar agua.

    · Adrian - 3 antorchas, 1 cetro solar, 7 raciones, 1 poción de curar heridas ligeras, 1 poción de respirar agua

    · Hardash - 2 antorchas, 1 cetro solar, 7 raciones, 1 poción de respirar agua, 1 cuerda de 30 pies,

    · Arshin - 2 antorchas, 1 cetro solar, 7 raciones, 1 poción de respirar agua
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Iridal
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Mensaje por Iridal » Vie Sep 15, 2006 6:34 pm

VOLHM

El mano de batalla enarcó una ceja ante ella, lo cual divirtió a Volhm en gran medida. Pero, tras escuchar lo que el enano tenía que decirles, dejó que sus compañeros hablaran acerca del camino a tomar mientras examinaba atentamente el mapa, tratando de guardarlo en su memoria, una vieja costumbre que Tzuriel le había inculcado hacía ya tantos años. Al menos, hasta que los comentarios de Pyradar y Xandros reclamaron su atención.

Aunque el manifiesto desprecio del enano por el Arte arrancó una sonrisita burlona de sus labios, le sorprendió más la defensa acalorada del tethyriano de las virtudes de la magia. No esperaba tal cosa de un bárbaro que no había sentido el toque de Mystra.

-Tranquilo –le dijo a Xandros-. Los magos no estamos ofendidos. –Lo que era cierto al menos en su caso; no todos los bárbaros podían comprender el privilegio que suponía haber recibido el don.

Y a Pyradar, con calma, con seriedad:

-No temas. No soy una principiante; en modo alguno conjuraría magia que estorbara al grupo. Es más, estoy acostumbrada a usar mi Arte en beneficio de mis acompañantes, y creo que algunos de mis conjuros podrían serte de utilidad; pero si no deseas que mi magia ensalce tus propias habilidades, respetaré tus preferencias y me centraré en aquellos que sí aprecien ese tipo de ayuda. Como bien dices, hemos de aprender a cooperar, y a buen seguro encontraremos alguna forma en que los puntos fuertes de cada cual puedan servir a nuestros propósitos. Aunque, por supuesto, espero la misma cortesía del resto de vosotros; no me gustaría que nadie interfiriese en la práctica de mi arte.

Asintió con la cabeza ante el resto del discurso de Pyradar.

-No tengo inconveniente en que ocupes la vanguardia; en todo caso, no es una posición que yo esté acostumbrada a tomar. Es más, pienso que si alguien más desea avanzar al frente, será mejor que lo tratéis directamente entre vosotros –sonrió al enano al escuchar que no quería erigirse como líder del grupo-. Sí. Es muy pronto para hablar de liderazgos; esa responsabilidad no debe imponerse ni otorgarse: hay que ganársela.

Aceptó la bebida que le era ofrecida, y se volvió hacia Dueris, que se había ofrecido a ocuparse de la intendencia.

-Me parece perfecto -aceptó Volhm, aunque echó un vistazo a los pertrechos que les acababan de entregar-. Veo que nos han dado iluminación de sobra. Aunque, si os parece bien, deberíamos ahorrar antorchas y aceite en la medida de lo posible, y reservar los cetros solares para emergencias. Yo os puedo proporcionar luz.

Con un solo pensamiento, la maga activó la esfera de cristal que llevaba colgando de la cintura, sujeta por una redecilla. Una suave luz emanó del cristalino orbe, compitiendo con las antorchas, pero, respondiendo a sus órdenes mentales, el radio de luz creció y se intensificó hasta alcanzar el nivel de iluminación de un día soleado de la superficie. A una nueva orden silenciosa, la esfera volvió a apagarse, su magia latente en espera de ser reclamada de nuevo.

-Tengo más de estos orbes en mi equipaje. Si alguien lo desea, puedo entregarle uno; algunos de vosotros probablemente seáis capaces de tomarlos bajo vuestro control. También podría crear más, aunque para ello necesitaría adquirir más esferas que pudieran contener el conjuro –indicó la maga.

Sonrió cuando la única otra mujer del grupo, Arshin, aceptó la propuesta con entusiasmo. Volhm sacó uno de los orbes que tenía cuidadosamente envueltos y guardados entre su equipaje, para evitar su ruptura, y le enseñó a tomar control de la esfera. Hizo una mueca cuando sintió que el encantamiento escapaba a su dominio; que ella hubiera renunciado voluntariamente a él no implicaba que aquello no fuera casi como arrancarse una parte de sí...

Finalmente, los postreros detalles quedaron rápidamente ultimados y se pusieron en camino, iniciando el descenso hacia la suboscuridad.

El viaje resultó ser algo más lento de lo esperado, y estuvo aderezado con los roces mínimos que cabía esperar en la convivencia entre personas que, al fin y al cabo, eran perfectos desconocidos. Volhm se mostró silenciosa los primeros días, aunque habló largo rato con Dueris, que parecía tener una curiosidad insaciable por todos ellos. Extraño enano; Volhm no había conocido nunca a ninguno tan abierto. Dicharachero, sí, pero perspicaz; pues si bien le dio conversación mientras marchaban durante el día por aquellos túneles opresivos, pareció intuir que por las noches, tras acampar, ella prefería que respetasen su intimidad y las escasas horas que podía dedicar al estudio.

Las mañanas, tras levantarse, suponían el peor momento para ella. Y ninguna tan tensa como la primera mañana. Volhm desanimó con una mirada elocuente tanto a Adrian como a Alanthir a acercársele mientras preparaba sus conjuros. Los quería bien lejos de sus grimorios; había viajado fuera de Halruaa lo suficiente para saber cuán codiciosos eran los magos bárbaros cuando se trataba de conseguir algo de magia halruana. Aunque quién podía culparles, teniendo en cuenta que el arte de su país tenía un peso y una majestad que los extranjeros nunca podrían igualar.

El resto del viaje tuvo poco digno de mención; incluso, los últimos días, la marcha llegó a hacérsele aburrida. Cada túnel y cada caverna eran diferentes a los anteriores, pero todos ellos eran deprimentemente parecidos. Volhm empezó a entender los suspiros del calishita por los desiertos de su tierra natal; a ella también le hubiera gustado volver a sentir, aunque fuera por un solo momento, la caricia del implacable sol halruano y recrearse con el esplendor cromático que caracterizaba a la flora y fauna de su patria. La suboscuridad ofrecía, para su visión realzada por la magia, un mundo de claroscuros aderezado por las pinceladas cromáticas proporcionadas por la iluminación que portaban. Y es que más allá de este radio de luz su mirada penetraba con facilidad en las tinieblas, adquiriendo un alcance visual que estaba más allá de la capacidad de cualquier humano... aunque, eso sí, con una monótona ausencia de color.

Finalmente llegaron al puesto de guardia. Que parecía... desierto. Volhm esperó junto a Alanthir, mientras Pyradar llamaba a las puertas usando los toques tradicionales de su pueblo. Ya empezaba a pensar que el lugar estaba realmente abandonado, cuando un enano respondió.

-Esto no me gusta –indicó Pyradar en voz baja después de que el enano les contase su historia–, tres patrullas desaparecidas y ahora un puesto casi desértico. Esto puede ser más grave de lo que suponíamos, habrá que tener cuidado.

-Sí... –Aunque yo ya suponía que era grave, pensó.

Reflexionaba sobre ello cuando una frase se abrió paso en su conciencia: -Si las chicas van preparando algo de comer para cuando regrese no estaría mal.

Volhm giró sobre sus talones para fulminar al calishita con la mirada. Sus viajes fuera de Halruaa le habían dado cierta perspectiva sobre el modo de ser de los bárbaros, y desgraciadamente conocía mejor a los calishitas de lo que le gustaría conocerlos, pero había cosas que no podía dejar pasar por alto.

-Compañero, ¿tienes manos? ¿Sí, verdad? Pues entonces sin duda podrás prepararte tú solito tu comida. No cometas el error de confundirme con una criada –respondió con frialdad. Pero, con un aleteo de su mano, dio el asunto por zanjado. Confiaba en que Hardash tuviera el buen juicio de no volver a repetir el error, y confundir a una maga halruana con una sumisa chiquita calishita.

Se volvió hacia Dueris.

-Me temo que a mí también se me dan mejor los libros que las tareas de exploración, de modo que te acompañaría con gusto –sonrió al enano, una sonrisa amistosa-. Aunque tal vez convendría echar una mirada... inusual... al lugar. –Todos parecían estar de acuerdo en que había algo extraño en el comportamiento de los enanos destinados a aquel puesto de vigilancia. Que el mano de batalla partiera con un destacamento y no regresara era preocupante, pero no insólito dadas las desapariciones anteriores. Que el resto de las expediciones de búsqueda que habían enviado tras el rastro de los perdidos hubiera desaparecido también era aún más preocupante. Pero, ¿todos los demás enanos habían ido desapareciendo o desertando? Volhm meneó la cabeza.

Sus compañeros registrarían todo el fortín de forma convencional. Bien, pues ella inspeccionaría por otros medios. Se preguntaba si detrás de todas aquellas desapariciones no habría algún tipo de magia implicado; todo aquello se le antojaba muy extraño. Si de verdad había phaerimm por medio, como sospechaba Spellmacher, sí, éstos actuarían desde las sombras, engañando, sometiendo... Pero, se regañó Volhm, nada sabía acerca de aquello. La explicación a aquellas desapariciones podía ser muy diferente. Era peligroso empezar con ideas preconcebidas; podían conducirla a conclusiones erróneas.

-Yo también echaré una mirada por todo el puesto –le explicó a Dueris, y por extensión al resto. Aunque le parecía una posibilidad remota, si allí se había realizado algún tipo de magia, quizá ella fuera capaz de detectar su rastro residual, y más teniendo en cuenta que allí no habría magia previa que pudiera confundirla; los enanos no se caracterizaban precisamente por apreciar las sutilezas del Arte y las comodidades que podía brindar en la vida cotidiana-. Pero, ¿me permitís sugerir que no nos disgreguemos demasiado? No me parece adecuado que cada uno vaya por un lado; ¿y si alguien necesita la ayuda de los otros?

MJ: shi me dijo por msn que quiere uno de los orbes, así que le paso uno...

Artemis, ¿cómo hacemos para indicarte algún cambio en los conjuros preparados del día? ¿Se pone en el mismo post, te lo indicamos por mp, o lo hacemos en comentarios?
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blacksword
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Mensaje por blacksword » Vie Sep 15, 2006 7:25 pm

ADRIAN

La respuesta del arthane sobre el numero de desaparecidos era preocupante. No era habitual que 3 patrullas de duros enanos, una de ellas reforzada, desaparecieran sin dejar rastro. Eso explicaba que el arthane hubiera requerido la ayuda de extrangeros en lugar de arreglarlo con sus propias tropas... Pero basta de reflexiones. Era el momento de ponerse en marcha.

Tras recoger el equipo que les habia sido asignado se pusieron en marcha. Durante los 7 dias de marcha Adrian aprovechó para observar a sus compañeros ¡Menudo equipo había formado el arthane! No dudaba de la capacidad de cada uno de ellos, el arthane sabía valorar a las personas, pero semejante mezcla de caracteres y culturas podía resultar problematica, tal y como pusieron de manifiesto las distintas actitudes hacia la presentación de la halruana. Decididamente, el primer combate de esta aventura seria conseguir que el grupo trabajara como un equipo.

Al llegar a la sala de guardia y escuchar el relato del enano Adrian notó algo extraño ¿Deserciones? ¿Desapariciones? Eso era extremadamente raro entre los disciplinados guerreros enanos. Mientras pensaba en esto varios de los demás se enzarzaron en un duelo verbal sobre que hacer a continuación. Los roces culturales comenzaban a aparecer. Era el momento de tratar de poner algo de cordura en el grupo.

- Por favor, no nos precipitemos y reflexionemos un poco antes de pensar en dividirnos.

En primer lugar me gustaria decir que coincido con la valoración de Pryadar. Si queremos llevar a buen termino esta mision y sobrevivir debemos trabajar en equipo. Va a ser dificil, venimos de culturas distintas y tenemos costumbres diferentes, así que creo que todos deberemos hacer un esfuerzo.

Sobre mis habilidades personales dire que mi especialidad es la tactica militar y su combinación con el Arte, y cultivo tanto la magia como el acero.

Con respecto al consumo de antorchas y similares creo que habiendo como hay al menos 3 practicantes del Arte entre nosotros no creo que suponga un inconveniente insalvable, los conjuros de luz son comunes y sencillos, pero aun asi que propongo reservarlas. Sin embargo, ahora estamos en un entorno diferente al de la superficie. La mayoria de los habitantes de estas zonas no utilizan luz para orientarse, con lo que pasearse con una antorcha por las cuevas puede atraer mas problemas de los deseados. Los enanos presentes no creo que tengan muchos problemas con la oscuridad, y la dama silenciosa tampoco. Yo dispongo de un hechizo para solventar el problema, ¿que hay del resto? ¿Disponemos de recursos para prescindir de luz?

Por ultimo, sobre que hacer a continuación. Me permito recordaros que el guardia aqui presente ha hablado de deserciones y desapariciones entre los enanos de la guarnición. Eso es realmente infrecuente en un ejercito enano bien entrenado. El pasado año hubo otras desapariciones de enanos, la mayoria de los cuales los encontramos junto al cadaver de phaerimm del que supongo todos habreis oido hablar. Si, he dicho encontramos, yo estaba conn la patrulla que los encontró. Las conclusiones a las que el arthane llego era que esos enanos, entre los que estaba un amigo mio, eran esclavos mentales de los illithid. Es posible que los desaparecidos y los desertores hayan caido bajo la influencia de algo o alguien, porque si no no creo que se hubieran ido solos. Los phaerimm, segun tengo entendido, tambien acostumbran a utilizar tacticas similares, de manera que tambien son sospechosos. No tenemos indicios de que se haya dado este caso, pero creo que no estaria de mas ser prudentes y contar con esa posibilidad. ¿no os parece? Tal vez sea mas sensato hacer un alto aqui para prepararnos y hacer inventario de los recursos de los que disponemos antes de salir fuera de la zona asegurada por los Cruzados


Dicho esto, Adrian mira a los demás esperando su respuesta.

Editado: Vaya, veo que Iridal ha respondido mientras yo escribia mi post. Supongo que mas adelante los post sean mas cortos y pase menos a menudo. Como entre su respuesta y la mia no hay grandes cambios aparte de lo de los orbes de luz (por cierto, quiero uno si puede ser) mejor la dejo tal cual en vez de reescribirla casi entera.
Última edición por blacksword el Sab Sep 16, 2006 12:08 pm, editado 1 vez en total.

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Larloch
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Mensaje por Larloch » Vie Sep 15, 2006 10:44 pm

Alanthir Nthalar
8º día de la 2ª decana de Khytorn, Sala de los Caídos, Fortaleza Puerta del Enano, Tethyr del 1er Año del Renacimiento de Netheril.

Escuchó con detenimiento las palabras del Arthane, parecía que los enanos había encontrado un hueso duro de roer en esos pasadizos, eliminar a un grupo de rescate enano, por lo que había visto en el campamento no era poca cosa. Hacía falta astucia y poder… quizá los phaerimm estuvieran actuando, sin embargo, el porqué de actuar en esta zona no le veía de momento el beneficio, si pretendían conseguir un ejército de esclavos al estilo que habían hecho antes, dudaba que a este ritmo hicieran mucho.

Pero no podía descartar cualquier otro elemento, si hubiese sido el ejército de Umbra el implicado, un caso así solo podría ser una acción de los phaerimm, ningún otro ser podía oponerse al poder de Netheril…

Mientras Dueris iba anotando con gesto meticuloso el equipo que se les entregaba, el iba recogiendo su parte, el cetro de luz, lo miró de forma recelosa, notaba la magia que emanaba y le hacía sentir incómodo, le dañaba los ojos, sin embargo, lo tenía que llevar, así que lo cogió y lo metió rápidamente en su mochila, eso si, no sin antes notar cierto malestar mientras lo cogía.
La comida la cogió, pese a que no la necesitaba, sabía que en temas de comida nunca estaba de más que sobrará raciones para más días. En Umbra esos problemas no existían, cualquier grupo que se aventuraba fuera de la ciudad solían llevar un anillo de sustento, como el que llevaba él, era un elemento que hacía que cualquier grupo fuera más versátil y menos dependiente de elementos como el sueño o la comida, algo que en ciertos lugares, eran escasos o inexistentes.

Examinó con el resto del grupo el mapa, lo cierto es que la zona era compleja, por un lado estaba la posibilidad de morir a manos de trampas de los propios enanos, algo que no tenía intención de hacer, y por el otro la presencia de kuo-toas y quaggoths, tendría que preguntarle a Pryandar sobre ellos. No los conocía ni había luchado contra ellos como para saber que elementos eran más útiles. Un enemigo conocido, es un enemigo débil recitó de memoria el manual del General Mattick que les habían hecho leer tanto su padre como sus maestros. Sonrió para si mismo, al menos, le servía.

Escuchó con gesto tranquilo las palabras del enano, lo cierto es que al contrario que a algunos de sus compañeros, el discurso sobre los magos le importaba poco, el enano tenía y apuntaba unas ideas vitales y que para él eran la base de la supervivencia. No en vano, la Ciudad había sobrevivido gracias a ellas durante siglos en el Plano de las Sombras. La guía del Gran Príncipe se había mostrado acertada y si había funcionado en una ciudad, aquí funcionaría, pues el Gran Príncipe era infalible.

- Maese Pyradar.- cogió brevemente el vaso de la cerveza, demasiado aguada para su gusto y con poca textura.- tenéis razón, incluso en el tema de los magos, ¡ni yo me fío de ellos!- sonrió de su propio chiste, pues mientras decías esas palabras, la imagen que el venía a la cabeza, era la de su padre.

- Sin embargo, creo que como apunta milady Volhm.- inclinó levemente la cabeza, tal como ella había hecho con él en el momento en que se presentó.- las combinaciones de espada y magia, si son trenzadas con habilidad, dan los mejores resultados, os lo digo por experiencia.

- Por otro lado, me imagino que vos habéis luchado contra los seres que ha dicho el arthane, ¿qué nos podéis contar de ellos?, debo de reconocer que los enemigos contra los que me he enfrentado son más mundanos, y agradecería saber que tácticas habéis visto que usan. Cómo se suele decir entre mi gente, Un enemigo conocido, es un enemigo débil.

Mientras Pyradar explicaba con la precisión enana, escuchó atentamente y fue tomando notas mentales de todos y cada uno de los comentarios que hizo, no sabía cuando le podía ser útil en esta expedición, ni lo que podía ser útil para la Ciudad.

Unos momentos después Volhm hizo la demostración de su conjuro, conforme fue creciendo la intensidad de la luz, le empezaron a doler los ojos, esa luz mágica tenía algo que le hacía sentir intranquilo, no le gustaba, con un gesto se tapó los ojos y giró la cara hacía un lugar más oscuro.

Poco después emprendieron el camino con paso firme y casi se diría que confiados en el éxito de su empresa, él era más reticente, si los Príncipes le habían enviado aquí era porque la amenaza de phaerimm era algo más que una sombra y si eso era cierto… Notó como el equipaje en su mochila se removía, y se recordó que cuando hicieran la primera parada tenía que hablar con Dueris.

Cuando pararon, dedicó unos segundos a descansar, no estaba acostumbrado a ese terreno, pero la oscuridad, le tranquilizaba e incluso le parecía acogedora, no negaba que el cielo abierto no fuera fascinante, pero las sombras y la oscuridad que les rodeaba era algo que parecía casi vivo, incluso llegó a pensar que la Infraoscuridad era una especie de prolongación del Plano de Sombra… Una vez descansado, se acercó a Dueris.

- Maese Dueris, no hace falta que tengáis en cuenta mis raciones, gracias a ciertos conjuros, no las necesito.- Antes que el enano le dijera algo, le dijo.- Viendo vuestra capacidad para la organización sé que en estos momentos estáis pensando en dos o tres utilidades para estas raciones, pero os puedo asegurar, por experiencia propia, que en la guerra, los números siempre fallan.- le tendió el paquete que habían elaborado los enanos.- Mejor lo repartimos entre el resto para tener un paquete de reserva, para imprevistos.

La primera noche también fue curiosa, las guardias eran nuevas para él, en la Ciudad, los arcanistas no tenían que llevar a cabo guardias, pero a cambio llevaban a cabo otros elementos como escudriñamientos o la preparación de las defensas del campamento, aquí, era diferente, por eso se tomó con calma su primera guardia, al fin y al cabo, no teniendo que dormir, le sobraba tiempo.

Después de ella, se dedicó a escribir lo que había estado viendo hasta el momento, nada importante, pero lo que escribía a su hermana, le servía para aclarar ideas y cosas que decirle a los Príncipes. Tras escribir las cuatro palabras que había pensando escribirle a su hermana, se paró un momento con la pluma en la mano, si su hermana recibía sus cartas, sería un desplante hacía su futura mujer que ella no las recibiera, un lastre a su nombre. Tendría que escribirle a ella algo, sin embargo, por primera vez, su mente se quedó en blanco, no sabía como empezar, ni que título darle. Con el resto de la gente, era algo normal, fácil, pero con ella no sabía que decir, sin embargo se forzó a escribir. Las primeras palabras en thorass se empezaron a formar con más lentitud de la necesaria, cualquier persona que conociera sus cartas, a la legua vería que esta era una carta escrita porqué el protocolo lo exigía.

Una vez escritas las cartas, con gesto ausente sacó su libro de conjuros, sin ningún tipo de secretismo, sabía que la mejor forma de esconder el poder de uno era actuar de cualquier forma menos con secretismos. Además cualquier que leyera su libro lo vería lleno de anotaciones en loross y dracónico. Sabía que algunos de los Arcanistas de la Ciudad usaban el nezherino en vez del loross, pero su padre había hecho del loross su lengua para todo y lo dominaba a la perfección, incluso siéndole más fácil que el nezherino.

6º día de la 3ª decana de Khytorn, Sala de los Caídos, Fortaleza Puerta del Enano, Tethyr del 1er Año del Renacimiento de Netheril.

Llegaron al torreón tras un largo viaje, había sido curioso y entretenido, sobretodo iba viendo el carácter de sus compañeros. Miró a Volhm y sonrió, la imagen que tenía de ella era la que mostraba cada mañana, intentando esconder su libro de conjuros y sus anotaciones. ¡Pobre chiquilla! Pensó, quieres ser Netheril y nunca lo podrás ser pues tú sangre esta mezclada con los bárbaros indignos de ese nombre. Sin embargo, le divertía, posiblemente por el mero hecho de seguir con su cobertura se dedicará a hacer ver que ansiaba sus conjuros. Cualquier otro mago, incluso ella en su soberbia, mataría por hojear su libro, un libro de un auténtico arcanista netherino.

El contraste era Duréis, constantemente preocupado, ansioso casi por complacerles, no podía más que despertarle un sentimiento de simpatía hacía él. Aún recordaba cuando en una de las paradas empezó a hablar con él sobre el Norte, por suerte, y con una sonrisa rápida, cambió de tema, cualquiera que se hubiera movido por esas zonas podía ver al instante que no era de esa zona. Eso si, cada día que pasaba creía más ferventemiente que Dueris era un enano fuera de lo normal en su raza.

El calishita, era alguien curioso, no solo por su mascota, sino por su forma de actuar, su comentario sobre comer había sido cuanto menos curioso, pero lo mejor había sido al pedir a las mujeres que cocinarán. Se río ante la respuesta de la maga:

- Maese Hardash, vigilad vuestras palabras, que por menos se cuenta en las tabernas que hombres han sido convertidos en sapos!.- Desde luego, su comentario le había parecido extraño, en su ciudad, el papel y el poder iba regido por la magia, pero no dejaba de ser divertido oírle decir eso a la Volhm.

Dejó que Pyradar y Dueris llevarán el peso de las preguntas con el enano, estaba seguro que si ellos dos eran los primeros en hablar, el enano se sentiría más confiado y podría ser más claro y conciso en sus respuestas. Una vez todos hubieron hablado, miró un momento a Ambert y le dijo:

- Maese Ambert, dejadme que me presente, Alanthir Nthalar, sé que no es el mejor momento, pero mientras coméis, ¿podrías ir pensando si durante los últimos días habéis notado que alguno de vuestros compañeros actuaba de forma extraña?.- Hizo una pausa.- Sé que a primera vista creeréis que si no os distéis cuenta mientras estaba entre vosotros no lo notaréis ahora, pero creedme, viendo las cosas con conocimiento de causa, se aprecian muchos más detalles.

Una vez dicho esto, se despidió cordialmente y se encaminó junto a Dueris a la Sala de Comandancia, él también era una persona de libros, pero sobretodo, le interesaba saber como funcionaba un puesto avanzando de los enanos en tiempo de guerra, nunca se sabía para que valían esos conocimientos.
Recopilación en proceso: Mi versión de la ciudad drow de Eryndlyn.

Ultima recopilación de información: La ciudad calishita de Almraiven

"El poder tiene su propia belleza. Quizá la más bella combinación de potencia y gracia entre las criaturas mortales de Toril sea la de un dragon." Sammaster, Tomo del Dragón

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Kharma
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Mensaje por Kharma » Dom Sep 24, 2006 1:33 pm

Pyradar

Al menos la mayor parte del grupo poseía sentido común, no era buena idea separarse. Pero aquella situación le hacia estar pensativo, le inquietaba desconocer los motivos de las desapariciones. A su mente acudía la conversación que tuvieron antes del viaje en la fortaleza sobre los peligros de la zona, recordaba con exactitud las palabras...


"- Por otro lado, me imagino que vos habéis luchado contra los seres que ha dicho el arthane, ¿qué nos podéis contar de ellos?, debo de reconocer que los enemigos contra los que me he enfrentado son más mundanos, y agradecería saber que tácticas habéis visto que usan. Cómo se suele decir entre mi gente, Un enemigo conocido, es un enemigo débil.

- Alguna vez me he enfrentado a ellos aunque no en muchas ocasiones – metió un buen trago a su jarra antes de continuar.

- Los quaggoths son unos enormes bichos peludos con mal temperamento y peor aliento. Les gusta cazar y se comen cualquier cosa que consiguen, incluso a sus propios muertos como vi una vez. Se basan mas en la fuerza bruta y no les he visto usar mas armas que sus garras o un garrote ocasional. Aunque no son muy inteligentes luchan con una gran fiereza y he visto despedazar enanos con sus manos cuando se vuelven furiosos.

- Los Kuo-toa son unos repugnantes hombres pez que viven cerca del agua. Solo su fealdad es superada por su maldad y sus maneras traicioneras. Son bastante listos y mentiran cuando sea necesario, hasta algunos que lanzan conjuros bastante dañinos..."


No, no se imaginaba que alguna de aquellas dos razas pudiera hacer algo asi. No entendía muy bien de que hablaban sus compañeros pero podrían ser que aquellos Faryn estuvieran implicados junto con los asquerosos cabeza-pulpo.

Pyradar agarro con fuerza su arma a la espera de problemas.
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artemis2
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Mensaje por artemis2 » Lun Sep 25, 2006 11:27 pm

Revisasteis la torre de arriba abajo. Y nada, no había nada oculto, ni señales de magia, ni de puertas forzadas, lucha o cualquier cosa que pudiese habérsele pasado por alto o no durante una semana al asustado Ambert. Aunque si visteis algunos desperfectos de los que el huryn se declaró, vergonzosamente, culpable. Al parecer en su desesperación había destruido algunas de las mesas para construir barricadas con que vender cara su vida. El enano se sentía ahora que estaba mas tranquilo culpable por los desperfectos, aunque en su defensa había que argüir que casi no había dormido, al parecer el miedo y cierto brebaje del clero de Clangeddin, el cual le había enseñado su padre le mantuvieron despierto hasta hace apenas unas horas en que cayo en el sueño.

- Lo raro es que me despertaron vuestros golpes a la puerta y juraría que me desperté de pie en esta sala, cuando recuerdo perfectamente que me dormí en la cocina, que resulta un lugar más resguardadazo. Aunque supongo que debí venir por instinto al oír la llamada y no me termine de despertar hasta llegar aquí.- Dijo el enano azorado de forma inocente, aunque las repentinas expresiones de Volhm, Alantir y Adrian no os pasaron desapercibidas.

- Detecto cierto influencia extraña en Ambert.- Dijo Volhm mirando al enano como si estuviese interpretando extrañas runas superpuestas al enano.- Pero parece que esta por ahora inactiva, por lo que ha dicho posiblemente solo le afecte durante el sueño y el no haber dormido le ha salvado la vida.- Añadió dejando aun más pálido al pobre enano y tranquilizando a los demás, algunos de los cuales ya habían echado mano de sus armas.

- ¿Qué tipo de magia has usado para ver eso?- Pregunto Alanthir curioso.- No te he visto invocar ningún tipo de magia.

Tras la respuesta de Volhm decidisteis encerrar en la alacena, por su bien, al asustado Ambert y os preparasteis para discutir vuestro próximo paso. Ninguno de vuestros usuarios mágicos sabía que podían haber usado para influir a Ambert, y presumiblemente al resto de los enanos, y la halruaana aseguraba que la influencia que habían usado era extraña, decididamente no de origen arcano. Finalmente decidisteis liberar al pobre Ambert del efecto, pero para entonces este ya se había disipado. Lo cual solo podía querer decir una cosa, fuere lo que fuese que le había afectado estaba cerca. Os organizasteis y tras volver a batir la torre y sus alrededores preferisteis dejarlo, iniciar la caza de un fantasma no era lo más adecuado por el momento, y al parecer aquel ser o cosa no había dejado el más mínimo rastro de si, ya fuere físico o mágico.

Decidisteis descansar un día entero en la fortaleza. No tanto por que lo necesitaseis como por dar tiempo a Ambert a descansar, ya que habíais decidido llevarlo con vosotros, parecía demasiado cruel dejar al enano atrás, y además un sin sentido, era imposible que él pudiese proteger el puesto si ocurría algo además del misterio de las desapariciones. Además así teníais un día para tratar de localizar la fuente de la extraña influencia mágica que habíais detectado en Ambert mientras este dormía, pero nada, fue inútil, fuese lo que fuese lo que había provocado aquello ya no volvía a actuar, posiblemente por que sabia que estabais allí.

Tras la frustración del infructuoso día anterior iniciasteis la marcha, aunque no antes de que el Huryn sellase el puesto con un mecanismo enano. Ya nadie podría volver a entrar en él sin las llaves que solo tenían los comandantes de cada zona. Algunos parecíais asustados, la posibilidad de que algo tan esquivo estuviese en la zona resultaba cuanto menos intranquilizadora. Aunque algunos simplemente creían que lo que fuese que intentase atraer al enano simplemente huyo al ver un grupo como el vuestro. Ambert simplemente estaba feliz de poder relacionarse con otros seres vivos y poder descansar, claro que eso en un enano solo significaba que era algo menos cortante.

Entrasteis en Garndor tras solo medio día de camino. La zona olía constantemente al salitre marino y en abundantes ocasiones encontrabais chorros de agua salada que caían del poco cuidado techo o caminos cortados por lo que parecían auténticos mares. Pero la habilidad de Hardash y el conocimiento de Pyradar sobre la suboscuridad os permitieron ir encontrando caminos estables. Y finalmente los encontrasteis, diez enanos muertos, el grupo del mano de batalla Harunth. O al menos lo que quedaba de ellos que era poco más que armaduras, insignias equipo y huesos destrozados. También había restos de otros huesos más gruesos y robustos con señales de hachas, y de algo de pelaje. El grupo había caído ante una manada quaggoth que les había devorado junto con sus propios muertos.

Tras superar el impacto por esa horrible escena, y cuando Dueris ya se disponía a organizar algo digno para los restos de esos guerreros llego Hardash, que había decidido adelantarse a explorar con Laab.

- Algo más adelante hay un pequeño puente semiderruido donde se refugian unos bichos enormes y bien feos, los famosos quaggoths supongo.- Dijo el calishita bien serio viendo lo que habían hecho con los enanos y los suyos.

- ¿Cuántos?- Preguntó Pyradar haciendo que sus nudillos se quedasen blancos de tanto apretar el mango de su arma.

- Una veintena, puede que algunos más pero no muchos más.- Dijo Hardash suspirando al ver que evitar la confrontación iba a ser imposible.- Posiblemente si nos adelantamos algunos de los sigilosos podamos cogerles por sorpresa, no parece que tengan guardias. En realidad ni siquiera parece que tengan ropa.

MJ: Del puesto de guardia podéis coger un buen numero de raciones y algunos proyectiles o armas normales (preguntar antes sobre existencias) si queréis.
Las opiniones de este usuario, por increible que parezca, son opiniones, y como tales deben ser consideradas.

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roler
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Mensaje por roler » Mar Sep 26, 2006 12:24 am

Los comentarios de los practicantes arcanos sobre Ambert no hacen sino reforzar el carácter protector de Dueris. Conoce ese tipo de artimañas, conjuros que nublan la mente y hacen de un enemigo un amigo...
Lo mejor sería no separarse del joven huryn, no tanto por la amenaza que podría suponer, sino por prestarle apoyo. Las miradas perturbadoras de los demás hacían fruncir el ceño al viejo clérigo, y si Ambert no estaba loco después de sobrevivir a su solitario encierro, quizás lo estuviese pronto.
Por eso, se metió con él en la alacena, saliendo de tanto en cuanto para buscar bebida y comida. Se alegró con la decisión unánime: el enano debería acompañar al grupo.
Las conversaciones, al principio superficiales y relajadas sirvieron a Dueris para conocer un poco más al soldado, indagando con la lengua viperina de los mercaderes en los secretos que su subconsciente pudiese delatar en los diálogos privados. No había malicia en los actos del Aurak, más bien curiosidad innata.

****

Salitre. Ese olor a grandes cantidades de agua sólo lo había experimentado unas pocas veces, durante sus viajes a Durpar y por el Ramal Vilhon. La mera idea de pensar que sobre sus cabezas se encontraba una gran masa de agua hizo que Dueris comprobase maniáticamente una y otra vez su cinturón, buscando sus pociones de respirar bajo el agua. La posibilidad de que todo se abriese sobre sus cabezas no dejaba de rondarle la mente... Sin embargo, el resto parecían tan decididos que no había razón para amedrentarse.
El "Zorro oscuro" estaba aprendiendo mucho de si mismo en esta nueva experiencia. Nuevos temores, nuevas sensaciones... casi se alegraba de que el Consejo de los Ancianos le hubiese "apartado" de la escena política de la Brecha.

****

No era la primera vez que veía muertos. No le asustaba la sangre. Para él era como tinta roja... la misma que empleaba para marcar los errores de los libros de cuentas de los comerciantes que intentaban estafar la ley establecida. Tinta roja. Error... Algo malo...
Pero ver aquellos cuerpos destrozados con tanta saña hizo que se le erizasen los pelos del cogote. Unas criaturas capaces de comerse a los suyos no tenían hueco en el mundo creado por Moradin.
No habló. Símplemente se adelantó y sacó un par de monedas de oro de su faltriquera. Las lanzó sobre los cadáveres para indicar a Vergadain que le diese protección al entrar en los caminos de los muertos, mientras con la mirada indicaba al resto que él se encargaría de allanar el paso para que Dumathoin les abriese la puerta de la Montaña.
Uno por uno se agachó recogiendo lo que fuera de valor de los enanos, desdeñando los restos quaggoths, y depositando una moneda sobre sus cadáveres.
Después entregó uno de los objetos al enano que había sido su compañero... pues así lo quería el Padre Corto y así era tradición en su pueblo. Casi había olvidado la ceremonia, pero las palabras brotaron en Dethek con la facilidad que el carbón se desprende al caer el pico sobre él.
Cuando estaba pronunciando el salmo, las palabras de Hardash lo interrumpieron.
Cuando escuchó el número, sus ojos se entrecerraron midiendo las fuerzas de sus compañeros. Al ver a Pyradar agarrando su arma (¡juraría que antes era un hacha...pero no estaba seguro!) supo que sí, que aquellos bichos peludos no obtendrían misericordia.

Sus palabras salieron incómodas por su garganta:

- ¿Está usted seguro, Hardash, de que las cuentas son buenas? Los túneles transmiten rápido el sonido y no sería conveniente que nos atacasen por los flancos o la trasera. En mi modesta opinión, caballeros, opino lo mismo: si la forja no suena, nadie sabe donde está el herrero. Aprovechemos el silencio...

Y mientras, con un movimiento pausado de su mano enguantada, la espada recorrida con salmos a Vergadain aparece por arte de magia en su derecha. Miró a sus compañeros y asintió diciendo que estaba listo, mientras su mente repasaba una y otra vez las cuentas que quedarían sin saldar en su hogar si le pasaba algo...Pero si había que dar la cara, él no se iba a quedar atrás.

MJ: Dueris intenta Diplomacia, Reunir Información y Averiguar intenciones sobre el enano durante el viaje. Aparte de tranquilizarlo quiere pillar cualquier detalle que se desprenda de la conversación y que pueda ser sospechoso.
En la fortaleza, repone las raciones, volviendo a estar como al principio del viaje.

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Raelana
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Mensaje por Raelana » Mié Sep 27, 2006 4:38 pm

HARDASH

-¡Vaya con la halruana! Voy a inspeccionar la torre para que Pyradar pueda dormir con uno de los dos ojos cerrados, me enfrento valientemente a los peligros que podamos encontrar por aquí y a la vuelta tendremos que preparar la comida porque la Gran Dama no puede levantar la cabeza del libro -Hardash se lamentaba mientras recorría la torre con Xandros. La búsqueda no parecía servir de mucho, allí no había nada... si lo hubiera habido habría dado buena cuenta del enano hacía ya tiempo.

El enano resultaba todo un misterio, sus compañeros lo miraban con desconfianza e incluso llegaron a encerrarlo en la alacena mientras los magos discutían y, al final, tuvo que inspeccionarlo todo por segunda vez ante las protestas de la halruana de que había una especie de fantasma en la zona. El resultado de la segunda exploración fue el mismo: nada.

Al día siguiente volvieron a revisar la zona. Los magos parecían algo paranoicos, el enano parecía estar bien y fuera lo que fuera posiblemente se habría alejado al verles pero de todas formas colaboró en la búsqueda infructuosa del misterioso fantasma.

Se alegró de ponerse de nuevo en camino, las aventuras les esperarían a la vuelta de la esquina, o quizás las llevaban ya consigo, pensaba mirando de reojo a Ambert. La primera parte del camino resultó bastante desagradable. Agua por todas partes, caía del techo y la encontraban a cada paso. Hardash odiaba el agua salada, la había encontrado pocas veces en su vida y se le pegaba a la piel y el bigote se le apelmazaba. De todas formas lo peor vino después, cuando encontraron los restos de la patrulla. El espectáculo era verdaderamente horrible y Hardash decidió que mirarlo no merecía mucho la pena así que se adelantó con Laab a explorar un poco. Lo que hubiera atacado a aquellos enanos podía estar mucho más cerca de lo que deseaba.

No se equivocaba, un poco más adelante se ocultaban las horribles bestias, se tironeó del bigote, aquello era mejor que buscar fantasmas en un puesto de guardia abandonado, aunque había que reconocer que los bichos no olian demasiado bien. Volvió con sus amigos y les informó de lo que había visto. La mirada de Pyradar lo decía todo, vengarían a sus camaradas muertos costara lo que costara. Hardash no intentó convencerle de lo contrario, posiblemente era tarea imposible así que propuso acercarse sigilosamente y atacar.

Miró a sus compañeros, cuando sus ojos se detuvieron en Dueris, el enano le preguntó si había contado bien. Hardash enarcó una ceja.

-Quizás no tenga vuestra habilidad con los números, señor -le respondió-. Pero a contar me enseñaron; admito que he podido equivocarme y siempre nos queda la posibilidad de evitar la confrontación si pensáis que son demasiados para nosotros.

Hardash contestó a esto muy serio. La idea de pelearse con bichos peludos y mugrientos no le apetecía nada, pero haría lo que sus compañeros le indicaran.

-¿Qué pensáis? -preguntó, mirando a sus compañeros aunque creía saber la respuesta-. ¿Atacamos?
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Deberíamos dar gracias por los pequeños favores de la vida, como dijo el gnomo cuando se voló una mano cuando podría haberse volado la cabeza.


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Mensaje por Iridal » Mié Sep 27, 2006 7:13 pm

VOLHM ILMARETH
6º día de la 3ª decana de Khytorn, Puesto de guardia

El registro de la torre había sido infructuoso. De modo que volvieron a interrogar al enano. O, mejor dicho, Dueris interrogó mientras el resto escuchaba. Volhm no pudo evitar tensarse al oír la explicación de Ambert. La pérdida de memoria y la confusión eran consecuencias esperables de muchos efectos enajenadores...

Efectos que no pasaban desapercibidos a una adecuada inspección. Volhm se concentró de forma que las auras mágicas se volviesen visibles para ella. Al instante, un débil resplandor azul tiñó toda su visión; la Urdimbre era ubicua y el mundo entero latía con magia, un manto tenue por doquier, con intensos puntos refulgentes emanando de las personas de sus compañeros. Y de Ambert. Volhm se sobresaltó, porque el aura que manifestaba el enano era... extraña.

Definitivamente extraña.

No era arcana. No era magia. La magia no era desconocida para ella, ni le era extraña; Volhm era ante todo una estudiosa de la magia. La había buscado allá donde la había llevado la mano de Mystra, y aunque aceptaba que aún no la había conocido en todas sus formas, en todas sus manifestaciones, había presenciado un muestrario lo suficientemente amplio.

-Detecto cierta influencia extraña en Ambert –explicó al fin a sus compañeros. Extraño... bonito eufemismo-. Aunque parece que está por ahora inactiva... –Dejó que su concentración escapara, y cuando se volvió hacia Alanthir y hacia Adrian, los miró sin el auxilio de la luz de Mystra-. No es arcana –recalcó, enfáticamente, dejando que se hicieran su propia idea de las alternativas.

Alanthir no apartaba sus propios ojos de ella.

-¿Qué tipo de magia has usado para ver eso? No te he visto invocar ningún tipo de magia.

Volhm dudó un segundo antes de contestar. Nunca antes había sentido la necesidad de ocultar sus dones, pero por alguna razón Alanthir la movía a ser reservada. Había algo en él que la inquietaba, aunque no sabía decir qué. Era un hombre tan cortés como hermético; parecía poseer una curiosidad insaciable, pero su intimidad la guardaba con extraño celo: nada contaba de sus orígenes; nada revelaba de su arte. Algo que en sí mismo no es que fuera demasiado insólito, pero aún así...

La intranquilizaba.

-Sin embargo, es lo que he hecho –dijo Volhm con una débil sonrisa en respuesta a la pregunta del mago norteño-, aunque no la haya invocado de modo ordinario. Nosotros, los guardianes de la Dama, somos algo más que estudiosos de la teoría de la magia y custodios del conocimiento arcano. Desarrollamos un vínculo especial con la Urdimbre y con nuestra señora. Y Mystra nos favorece con una sensibilidad especial hacia los efectos mágicos.

Mientras hablaba, examinaba atentamente al otro mago. Cuanto más trataban, más sentía que había algo elusivo en él, algo tan indefinible e inquietante como una sombra de Chalzaster. Por un segundo, luchó contra la tentación de observarle bajo la luz de Mystra, de aquilatar así su poder y la magia que portase consigo. Hasta ahora, había respetado la intimidad de sus compañeros. Los conjuros de adivinación eran tan comunes en Halruaa como la lluvia durante el monzón, y aunque en teoría la cortesía más elemental proscribía un uso demasiado liberal de aquel tipo de magia, en la práctica las indiscreciones suponían el pan de cada día. Pero ella siempre había procurado respetar la intimidad ajena; rehuir el tópico con que ciertos especialistas, en su patria, se burlaban de los adivinadores –burda envidia hacia los practicantes de la escuela más respetada- considerándoles metomentodos y fisgones.

Pero resistió aquel impulso descortés. No necesitaba recurrir a aquello. La convivencia en aquel grupo era demasiado estrecha; tarde o temprano su curiosidad se vería satisfecha.

Las deliberaciones de sus compañeros la arrancaron de sus reflexiones. Por lo visto, Dueris había recluido al asustado Ambert en una alacena por su propia seguridad, pero Volhm asintió ante la opinión común que se inclinaba por liberar a Ambert de aquello que se había apoderado de él. Pyradar fue a buscar a sus dos congéneres, y al rato volvió acompañado del todavía impresionado huryn y del clérigo.

-Si no tenéis conjuros de disipación puedo encargarme yo de ello –les dijo a sus dos compañeros en el Arte, pues para ella disipar efectos mágicos, aunque no le fuera tan sencillo como detectarlos, era solamente la otra cara de la moneda. Antes de invocar el conjuro, decidió analizar un poco mejor aquel extraño efecto, pensando que eso podría ayudarla a deshacerlo con más facilidad-. Interesante. El aura ha desaparecido –explicó a sus compañeros.

Se imponía una nueva búsqueda...

Una búsqueda infructuosa. Fuera quien fuese el que había afectado a Ambert o se había marchado, o se ocultaba muy bien. Volhm se reprochó a sí misma su ceguera; estaba claro que debía haber andado antes por allá, ¿cómo es que ella no le había detectado? Aquellos que portasen magia en sus mentes debían de ser aún más deslumbrantes ante su visión de mago que cualquier efecto mágico... pero recordó lo extraño de aquella aura, y se sintió todavía más intranquila. Tal vez por eso había escapado a su detección. O tal vez había sabido ocultarse; aquello no era muy difícil. Ella misma tenía algún conjuro en su libro susceptible de confundir a su visión especial.

Al final se quedaron un día entero en la fortaleza. Volhm se dedicó a registrar la fortaleza de cabo a rabo varias veces, empleó alguna adivinación, pero nada, el ser misterioso escapaba a su detección, si es que aún andaba por allí. Finalmente, frustrada, se recluyó en la sala de comandancia, revisó los papeles que allí había movida por la fuerza de la costumbre, y acabó sacando sus propios libros. Ya que iban a descansar un día entero en aquel lugar, aprovecharía el tiempo. Sus expediciones de búsqueda siempre habían sido otra forma de investigación, investigación empírica, como le decía burlonamente a Kadisha cuando ésta se quejaba de la forma en que había desaprovechado la oportunidad de asentarse en Halarahh, pero lo cierto era que sí retrasaban sus estudios, y mucho. Volhm pensó melancólicamente en las tranquilas bibliotecas y salas de lectura del Templo, y en sus enormes cavernas repletas de valioso conocimiento arcano, accesibles sólo para unos pocos, y suspiró. Sabía que si estuviera allí, disfrutaría del paréntesis dedicado a la investigación, pero al mismo tiempo estaría ansiosa de que el Templo le encomendase otra búsqueda...

-Veleta –se regañó a sí misma, antes de sumergirse en la lectura.

Al día siguiente emprendieron la marcha. Volhm se unió a Dueris y le ayudó en su tarea de infundir ánimos a Ambert y mantener su mente ocupada. Al menos, hasta que un chorro de agua helada cayó sobre ella. Volhm rió, sin hacer mucho por esquivar aquella inesperada ducha –estaba acostumbrada a los intensos chaparrones monzónicos que descargaban mares de agua en pocos minutos-, y miró hacia arriba.

-La mera idea es impresionante, ¿verdad? –le dijo a Dueris, sonriendo, al ver que el enano se llevaba la mano al cinturón donde guardaba sus pociones, en un gesto que revelaba su nerviosismo-. Me pregunto qué grosor tendrá el lecho marino... –especuló, perezosamente, y salió de debajo de aquella filtración.

El resto de la caminata Volhm la pasó en silencio. A veces creía oírlo: el rumor profundo y bronco de una gran masa de agua sacudiéndose sobre sus cabezas. Aunque en realidad sabía que la impresión era ridícula, mucha era la roca que se interponía entre ellos y el susurrante mar; y tan pronto como encontraron lo que quedaba de la expedición enana olvidó aquellos pensamientos. Sintió una punzada de tristeza y cierta rabia ante aquella matanza, pero esperó a que Hardash volviera de su misión de inspección y les informara de lo que les esperaba.

Escuchó con calma las nuevas. Quaggoths. Al contrario que los enanos, ella permaneció tranquila. Aquél no era el enemigo que esperaba.

-¿Sin vigilantes? ¿Sin armas? –Volhm se encogió de hombros-. No parecen organizados, pues. No creo que nos supongan gran problema. Nos superan en número, pero un par de conjuros que les afecten en grupo pueden limitarles en gran manera. –Mientras hablaba, miraba de reojo a Pyradar, sabiendo que su sugerencia no le gustaría.

La mujer se cruzó de brazos mientras esperaba a que sus compañeros terminasen sus deliberaciones.

MJ: Volhm también coge comida, e insiste a Dueris en que guarde raciones extra en su bolsa de contención. Durante el camino, apoya la Diplomacia del clérigo.
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Mensaje por roler » Jue Sep 28, 2006 2:07 am

Cuando Volhm Ilmareth se acercó a darle más raciones, Dueris no dudó en apuntarlas antes de introducirlas en el saco del fondo común. Le sonrió educadamente por el detalle. Notaba que quizás el camino hacia sus secretos, que ansiaba por su naturaleza curiosa, se allanaba cada día. Dueris se empeñaba en conocer a cada miembro de la expedición todo lo que podía, procurando no cruzar la delgada línea que separaba la educación de la descortersía. Lo necesitaba para sentirse más seguro. Nunca se presentaba ante una reunión comercial sin haberse pasado horas estudiando todos los detalles pertinentes. Una y otra vez se repetía que no era tan fácil. Los humanos no eran como los enanos... tan cuadriculados. Era complejo leerlos como un libro de cuentas. En realidad, pensó, se parecía más a ellos que al resto de enanos. Pero también sabía que no había minero enano que consiguiese una pepita de oro sin haber dejado algo de si mismo en el empeño, así que se decidió a mejorar la relación en la medida de lo posible con la menuda humana.
Por eso se alegró cuando la mujer le apoyó en la retaguardia durante sus largas charlas (bastante infructuosas) con el joven Ambert. El otro enano la miraba recelosa al principio, pero Dueris enlazaba las palabras con maestría para que dejar que Volhm mostrase sus buenas intenciones ante el huryn.
A Dueris Gemacetro le gustaba tenerlo todo controlado... por desgracia eso era complicado en la Suboscuridad. Cuando el chorro de agua cayó sobre su acompañante, no pudo más que sorprenderse. En realidad le excitaba la idea de sumergirse en el mar, le podía la curiosidad, pero un recelo racial, interno le impedía divertirse como veía que estaba haciendo Volhm.

[Volhm]-La mera idea es impresionante, ¿verdad? –le dijo a Dueris, sonriendo, al ver que el enano se llevaba la mano al cinturón donde guardaba sus pociones, en un gesto que revelaba su nerviosismo-. Me pregunto qué grosor tendrá el lecho marino...

- Espero que el suficiente para que no obligarme a asearme de nuevo esta mañana - dijo Dueris con una sonrisa de oreja a oreja mientras se mesaba las barbas que todas las mañanas se arreglaba - Me resulta ciertamente asombroso que haya gente capaz de inspeccionar esas masas de agua protegidas simplemente por una madera... pero es una cosa que me gustaría probar. En un acuerdo comercial que cerramos en las fronteras de Dambrath vi algo mucho más llamativo, pero que a mi modo de ver es menos peligroso. Un carro de madera flotando por el aire, cual ave gruesa. Sus velas se henchían con un viento inexistente, y cuando le pregunté al Martillo de Moradin que me acompañaba, un experto jinete de hipogrifo, me comentó que aunque no eran comunes, a veces se veían transportes como aquellos sobrevolando las lindes de la Brecha. ¿Existe magia conocida por el hombre que permita esas maravillas... o es un artilugio mecánico?

Con sincero interés, Dueris escucha la respuesta de la hechicera mientras le tiende un pañuelo de seda para que se seque. Luego continúa:
- Fue en aquel viaje donde cayó un curioso escrito en mis manos. Lo investigué durante dekhanas, y al final la roca se derrumbó, desvelando sus secretos. Hablaba de propiedades físicas y de otras más místicas, pero me hice con dichos diagramas y anotaciones, hasta que aprendí a emplearlas en mi favor. No suelo hablar de esto con mucha gente, pero siempre lo llevo aquí en mi libro de cuentas...- dicho eso rebusca entre sus pertenencias y saca un pequeño tomo con dos llaves y una piedra redonda que Dueris saca con delicadeza para enseñarle las hojas a Volhm.- Mirad, aquí están los diagramas y runas.

Sonriente y orgulloso, Dueris le muestra su libro a la halruaana.


MJ: El libro contiene las formulaciones del conjuro de Caida de Pluma y otro de Hechizar Persona.

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Dueris se dio cuenta al instante de su torpeza. Por eso las palabras serias del calishita le dolieron aún más.

[Hardash]-Quizás no tenga vuestra habilidad con los números, señor -le respondió-. Pero a contar me enseñaron; admito que he podido equivocarme y siempre nos queda la posibilidad de evitar la confrontación si pensáis que son demasiados para nosotros.


¿Qué era lo que tenía aquel maldito lugar que le hacía perder la compostura? El delicado arte de cerrar compleos tratos mercantiles y la rigurosa etiqueta sureña enana iban reñidas con el principio que recientemente regía su vida... decir siempre lo que pensaba, aunque de la manera menos hiriente para su interlocutor. ¡Por el canto afilado de la moneda de Vergadain! No quería ofender a sus compañeros de viaje... y sin embargo lo hacía. Quizás por eso estaba aquí y no sentado en un enjoyado sillón del Consejo al lado de la Reina. Como respuesta, sólo agachó la mirada unos instantes admitiendo ante Hardash su falta de tacto.

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