Introduccion: Las Hachas de Pueblo Recio

El pueblo enano ha decidido reclamar su legado, Shanatar, el mayor de sus imperios, compuesto de ocho reinos cayo hace 3000 años, y sus secretos y riquezas aun aguardan en sus salones. Esta es una historia de conquista, una epopeya de gloria y tragedia que culminara con un renacimiento o con la caída de la oscuridad perpetua sobre este antaño resplandeciente imperio.

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artemis2
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Mensaje por artemis2 » Sab Mar 03, 2007 10:31 pm

Vuestra entrada en la Aray Burakinae fue desoladora e instructiva. Desoladora tanto por la destrucción provocada por la horda al nivel más inferior de la Fortaleza como por la enorme cantidad de cadáveres. El que fuesen en su mayoría quaggots no convertía la escena en menos horrible para la mayoría, eran literalmente miles. E instructiva por que era el más claro ejemplo que muchos habíais podido ver del carácter enano. No se veía a ninguno de los soldados, o incluso de los civiles que acababan de perder a su rey y sus soldados, llorando o lamentándose. Todos trabajaban con el ahínco y la constancia que les había ganado el sobrenombre de Pueblo Recio entre el resto de razas. Los enanos eran una raza acostumbrada a los desastres y se habían aclimatado a ellos con férrea testarudez.

Se os asigno un pequeño barracón en el que deberías permanecer hasta dar el informe al arthane al día siguiente. Y si bien no era precisamente amplio ni cómodo los gritos que provenían de varias zonas os indicaban que los demás habían sido ocupados con tareas más perentorias.

- ¿Hay muchos heridos?- Preguntó Pyradar a Korlum.

- Bastantes, las bestias no daban cuartel, pero sus garras no atravesaban bien las armaduras, así que era difícil que te matasen si no te derribaban o atrapaban-.- Respondió el enano como rememorando vivencias recientes.- Pero lo más preocupante es la cantidad de desaparecidos, sobretodo de los puesto periféricos. Desaparecieron sin dejar rastro ¡Por la cólera de Claggedin que cuesta desechar fácilmente los rumores al respecto!

Poco más se pudo quedar el amigo de Pyradar pues debía volver con su compañía para limpiar las zonas cercanas de las últimas bolsas de quaggots, aunque la palabra que uso fue más bien “exterminar”. Descansasteis todo el día, y os atiborrasteis de comida y agua, tras una inspección médica para descartar que tuvieseis heridos graves. Al día siguiente una agradecida patrulla de enanos rescatados os abandonaba para dirigirse a los barracones de su secciones, dejándoos la lista que tomo Dueris de sus nombres y rangos como muestra de su deuda de honor para con vosotros.

Unas horas después un mano de batalla llegó para redactar un informe sobre vuestra misión. Y aunque se mostró educado y respetuoso se mostró inquisitivo y se negó a responder pregunta alguna. Al terminar os informó de que el arthane os recibiría al día siguiente cuando tuviese un hueco, mientras tanto deberíais permanecer allí.

Un hacha engalanado con una armadura decorada con ribetes dorados vino a buscaros durante la tarde del día siguiente. El enano fue correcto en todo momento, pero su rostro parecía esculpido en piedra, y sus respuestas un animal legendario. Os condujo hasta las dependencias exteriores al despacho del arthane de donde, esos momentos, salían varios enanos y humanos cargados de planos seguidos por fuertes improperios en dethek provenientes de una puerta abierta.

Cuando se fueron el hacha se encargó de cerrar la puerta y esperar en posición marcial junto a esta, en el lado contrario de donde permanecía otro enano, engastado en una armadura igual a la del primero, que parecía ni saber que era pestañear. A parte de ellos y vosotros en la sala había un joven mago, inquisidor susurraría Volhm antes de saludarles cortésmente, que parecían mirar, aun peor que Pyradar, a Alanthir. También había un viejo enano sentado, un clérigo de Dumathoin como indicaba su vestimenta y su símbolo sagrado.

- ¡Hacha que pasen los herozuelos de Grandnor!- Gritó una voz, cuyo tono no pareció mas que un poco atenuado por el hecho de que la gruesa puerta estuviese cerrada, antes de que pudieseis decir más.

Al entrar os encontrasteis con una típica sala de planificación militar obviando el desorden que solía imperar en estas. Cada cosa estaba en su sitio, cada plano perfectamente plegado, cada libro en su sitio. Y frente a un mapa de la zona extendido en una mesa un enano que posiblemente podría haber sido el abuelo de Dueris con toda facilidad.

El ahora arthane Dengwald era toda una vieja gloria de la Gran Hendidura, un héroe retirado hace décadas con el rango de Primer Hacha. Dengwald era un autentico maestro constructor enano, un experto en fortificaciones, asedios y reconstrucciones que había aceptado reintegrarse al servicio con un rango menor por lealtad hacia su pueblo. Ahora se encontraba allí abroncándoos por desobedecer órdenes, que eran investigar e informar, poniendo en peligro la misión y haciéndoos los héroes.

- En fin pequeños retoños indisciplinados…- comenzó a decir tomando aire cuando más de uno empezaba a sentir verdaderos deseos de salir corriendo.- habéis hecho lo correcto. Pero si creéis que el ejercito esta para hacer lo correcto es que además sois estúpidos. He recomendado que se os libere de la cadena de mando y se os destine a operaciones especiales, estoy seguro de que encajareis mejor.

No sería hasta bastante más tarde que descubriríais que el Mano de Batalla al mando del grupo que rescatasteis era bisnieto del arthane, y que el traslado era tanto un favor como un castigo. Salisteis del despacho del arthane con una sensación agridulce y quince días de permiso antes de presentaros en operaciones personales, y ya antes de que pudieseis despedirlos el joven inquisidor se acercó a Volhm pidiéndole amable, aunque inflexiblemente, que le acompañase. Por su parte el anciano clérigo se limito a hacer una señal a los dos enanos pidiéndoles un momento de su tiempo cuando lo tuviesen disponible. Y así, sin poder siquiera despediros, os separasteis, algunos de forma permanente, otros por solo unos días, pero en cualquier caso esperabais disfrutar de un bien merecido descanso.
Las opiniones de este usuario, por increible que parezca, son opiniones, y como tales deben ser consideradas.

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Mensaje por Iridal » Lun Mar 05, 2007 11:42 pm

VOLHM ILMARETH
7 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr


Había algo desalentador en atravesar un campo de batalla. Podía luchar con todo fervor por su bando, pero cuando todo terminaba ver tantos cadáveres la hacía sentir que todo había sido un increíble derroche de vidas. Volhm procuró aislarse en lo posible de aquella escena y, tan pronto como llegaron al barrancón que les había sido asignado, cogió un odre de agua con el que engañar al estómago y se retiró a estudiar un rato, aislándose de las conversaciones de sus compañeros, aunque no sin antes agradecer de nuevo a Pyradar el haberle salvado la vida.

A pesar de todo, cuando Xandros se puso a cocinar las privaciones de los últimos días ganaron a su fuerza de voluntad, de modo que se acercó a comprobar si pronto podrían comer, y a contemplar su habilidad con cierta curiosidad. Volhm nunca había tenido la necesidad de realizar aquellas tareas, pese al tiempo que llevaba recorriendo la senda del aventurero, de modo que apenas sabía valerse en aquel terreno más allá de lo más básico para la supervivencia, lo que estaba muy lejos de convertir una comida en un arte, como parecía capaz de hacer Xandros. Mientras contemplaba al tethyriano trabajar con la precisión de un destilador de pociones, se dirigió al grupo.

-Así que hay muchos desaparecidos. ¿A qué nos sonará eso a nosotros? –Y con ironía-: Parece que están poniendo de moda las desapariciones. -Miró significativamente al hereje, presintiendo que si habría alguien más interesado en investigar aquello sería él.


9 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

Dos días después, ya con nuevas fuerzas, les condujeron a la audiencia con el arthane. Volhm procuró que Dueris le informara de las personalidades con las que se iban a encontrar, pero cuando llegaron y divisó al hombre ataviado con la inconfundible túnica ambarina de los inquisidores de Azuth, no se asombró, aunque no se encontraba en la lista proporcionada por Dueris. Esperaba a algún compatriota, aunque quizá no directamente a un inquisidor. Volhm inclinó la cabeza ante él, con sobria formalidad, si bien apenas murmuró unas frases corteses de salutación, para no poner nerviosos a los extranjeros con el interminable protocolo halruano. La forma en que el inquisidor miró a Alanthir, sin embargo, indicaba que las noticias ya habían llegado a oídos de los suyos.

El arthane Dengwald resultó ser un tanto curioso a ojos de Volhm, aunque pareciera más tratable que Dagnit. La forma desenfadada y en cierto modo condescendiente con que se dirigió a ellos la confundió un tanto, pues no estaba acostumbrada a recibir aquella informalidad por parte de un superior. Las críticas al comportamiento del grupo, sin embargo, las aceptó con calma, pese al tratamiento de “estúpidos” y “retoños indisciplinados”, pues formaba parte de sus valores no discutidos el que las órdenes debían de ser obedecidas para mantener el orden. Que ella siempre hubiera tenido una capacidad discutible para seguirlas cuando creía que debía hacerse otra cosa, era ya otra historia. Como le había dicho a Verdron, uno debía aceptar las consecuencias de las propias acciones, aunque no se arrepintiera de haberlas realizado.

-Suerte con las investigaciones sobre la reliquia –le dijo Volhm a Dueris, cuando salieron del despacho del arthane y un intendente les dio algo de dinero en moneda bárbara, informándoles también de cuándo debían volver a reincorporarse a sus obligaciones-. Operaciones especiales… sospecho que el arthane tiene razón, no servimos para operaciones regulares. Pero me alegro que hayan decidido mantenernos juntos. Creo que os echaría de menos si no nos volviéramos a ver. –Y eso sin pensar en el dolor de cabeza que supondría acostumbrarse a las manías de otros extranjeros; al menos a estos ya los conocía. Además, quería vigilar de cerca al hereje. Un mago no halruano probablemente se dejara confundir por la cortesía de él.

Iba a dedicar una despedida formal a Hardarsh cuando el inquisidor se acercó. Era joven, probablemente de su edad, y una simple mirada al símbolo sagrado que colgaba de su cuello le bastó para hacerse cargo de que no era más que un aprendiz en su oficio; en Halruaa, los símbolos religiosos poseían imbuidos pequeños hechizos ilusorios que conferían vivacidad al grabado, y por el tipo de ilusión uno podía saber fácilmente la posición en la jerarquía, y el tipo de habilidades –clericales, arcanas o marciales- puestas al servicio de la Iglesia por el portador del símbolo. La interrupción evitó que pudiera concluir la despedida como Mystra mandaba. Dirigió una sonrisa de disculpa a sus compañeros, y aceptó con cortesía seguir al joven inquisidor.

Entrar en el perímetro del campamento halruano fue un alivio; casi como volver a casa. Volhm se relajó, sintiendo que había entrado en un mundo que sí comprendía. El joven la dejó ante la tienda del alto inquisidor Zarast, y ella alzó la voz, identificándose y asegurando que no obraría magia alguna, antes de acceder al interior. Miró con cierta curiosidad al alto inquisidor, pues su fama le precedía. Como el propio Spellmacher, era un hombre de trato informal, en cierta manera muy poco halruano, aunque también se decía que era implacable, cualidad que al fin y al cabo convenía a su oficio. Involuntariamente, buscó con la mirada el cetro plateado distintivo del cargo de inquisidor –permitía drenar mágicamente la memoria de un acusado-, y esperó a que se le indicara qué debía hacer.

Zarast la invitó a sentarse, y comenzó el interrogatorio, aparentemente amistoso, pero formulando una pregunta tras otra, sin darle un momento para pensar las respuestas. Lo hace mejor que Dueris, se dijo ella, mientras iba desgranando todo lo que había averiguado. El inquisidor se aseguró de que le contara cada detalle adquirido sobre Alanthir, pero por la forma en que luego se centró en Verdron, Volhm comprendió que éste le interesaba más. O, al menos, a ella le pareció significativo que hubiera tantas preguntas sobre el exiliado, más que sobre Alanthir. Aquello incrementó su curiosidad sobre el renegado.

-No subestiméis al pueblo de Umbra –advirtió sin embargo, sintiéndose en la obligación de recalcar aquel punto-. Creo que hay más en él de lo que el arcanista Alanthir Nthalar ha querido mostrarme. –Los labios de Volhm se tensaron por un instante, y es que a pesar de la precaria alianza que habían pactado y la incipiente simpatía que sentía hacia él, seguía sin fiarse del hereje.

-Tranquila, la intervencion de Thultanthar había sido predicha tiempo atrás, no hay sorpresa -respondió el inquisidor con una sonrisa paternal.

Aguantó su curiosidad hasta que hubo satisfecho todas las demandas de Zarast, y sólo entonces se animó a preguntar ella sobre Verdron, diciéndose que seguramente él ya se habría informado sobre el renegado. El inquisidor fue escueto en sus respuestas, indicando que Verdron había sido un nigromante especialista en plagas mágicas, y que estaba considerado como muy peligroso. Correcto, se dijo ella, si no fuera así no hubiera recibido semejante castigo. Pero como la inquisición gustaba de reservarse el resultado de sus procesos, se dio por vencida, agradeció a Zarast sus atenciones –al fin y al cabo, al interrogarla el inquisidor cumplía con algo más que con su obligación, sino con la propia ley-, y salió de la tienda sin saber muy bien qué hacer el resto del día.

Pero, ¿para qué negar que la curiosidad la carcomía? Sacudió la cabeza, sonrió para sí misma, y, tras informar que estaría ausente un par de días, formuló el conjuro que la llevaría de vuelta a su patria, y a la ciudad de Halarahh.


9 de Flamerule, torre de Kadisha Venless, Halarahh, Halruaa

Apareció cerca de la torre de su antigua maestra, aunque no tanto que corriera el riesgo de activar sus defensas, bajo un sol ya declinante y en medio de una calle moderadamente concurrida. Cerró los ojos un momento, disfrutando del intenso calor, pero en breve se acercó a las puertas de entrada y esperó a que el portero saliera a recibirla y la condujera a través del extenso jardín hasta la sala de recepción de invitados, un anexo a lo que era la verdadera torre. Ésta estaba erigida en un raro mármol azulado y era singularmente alta, pues se había salvado del tajante decreto del Netyarch Zalathorm en cuanto a la altura de las torres gracias a su antigüedad.

Una suave y fresca brisa procedente del conjuro de aclimatación que afectaba a toda la torre la hizo sonreír tan pronto como entró en la sala de recepción. Paciente, esperó junto a la fuente de hielo, destinada a mantener frías unas botellas de licor y un cuenco con fruta fresca, a que Kadisha pudiera acudir, cosa que no tardó mucho. Su antigua maestra la recibió con una sonrisa, y extendió las manos ante sí, palmas hacia arriba, en el tradicional gesto con que un mago hospeda a otro bajo su techo. Volhm le correspondió con la no menos ritual inclinación de respeto del aprendiz hacia el maestro; aunque hacía ya años que se había ganado su independencia, seguía siendo un gesto de cortesía apropiado. Murmuró la consabida fórmula del huésped, pero al instante fue liberada de la obligación de no realizar magia entre aquellas paredes con un gesto de Kadisha. Al fin y al cabo, ella era casi de la casa.

Finalmente Kadisha la condujo hacia su hogar, mandó llamar a su actual aprendiz, un muchacho de la familia Belajoon, para que la saludara, y no le preguntó qué le había traído hasta allí hasta que estuvieron en su estudio, ante dos copas de brandy de Haerlu. Volhm no se impacientó por las demoras; las había echado de menos en aquellas dekhanas de convivencia con sus bárbaros compañeros.

-Me temo que mis nuevos compañeros y yo misma nos hemos ganado la enemistad de cierto exiliado. Creo sensato informarme sobre él, por si nuestros pasos vuelven a cruzarse –expuso llanamente cuando al fin dejaron de lado las cortesías, y explicó brevemente cuanto sabía de Verdron y las circunstancias en las que le había conocido-. Por ello, recurro a vos.

Kadisha asintió pensativa.

-Dame un día. Es posible que lo que busques no se encuentre en los archivos del Ilysium, sino en los del Templo de Azuth –dijo ella, y Volhm asintió-. ¿Te hospedarás bajo mi techo, o el de tu hermana?

-Aquí, si os place así. Tengo trabajo que hacer, y si me hospedo con Efteran temo que no lo haré. Hace mucho que no veo a mis sobrinos –repuso Volhm, con un suspiro. Kadisha asintió comprensiva, y la dejó marchar, no sin antes dejar de recordarle cuál era la hora de la cena. Volhm sonrió para sí misma, y se dirigió a la biblioteca en busca del consejero de su maestra, que la recibió también con las cortesías apropiadas.

-Jinkor, voy a hacer uso de algunos recursos de la torre. Tintas, pergaminos en blanco, y unas cuantas botellas de vino de Haerlu, que he prometido a un compañero. –Puso sobre la mesa una pequeña bolsa con algunas monedas extranjeras; ya se ocuparía el jordain de cambiarlas por moneda legal-. Esto debería bastar para cubrir los gastos. Me ofrezco también si se necesita realizar algún conjuro de mantenimiento en la torre. –Una forma mejor que el dinero de pagar la hospitalidad de Kadisha, ya que dudaba que su antigua maestra aceptara dinero por ello. Y la magia rutinaria de mantenimiento no era algo que se necesitara todos los días, ni que fuera complicada de obrar… tareas de aprendiz, en realidad.

Tras aquello, subió a las habitaciones que le habían asignado –no las mismas que disponía cuando era aprendiz en aquella torre, sino otras reservadas para cuando familiares o colaboradores cercanos de Kadisha acudían de visita-, para dejar allí su equipaje y cambiarse de ropa antes de acudir a adorar al templo de Mystra y posteriormente hacer una corta visita a su hermana. Los criados aún estaban haciendo la cama cuando ella llegó. Sobresaltados, pues los sirvientes procuraban mantenerse en lo posible fuera de la vista de los magos, tiraron de la gasa mosquitera para dejarla caer hasta el suelo, se inclinaron ante ella con los ojos bajos y salieron de la habitación silenciosos como fantasmas.


10 de Flamerule, Torre de Kadisha Venless, Halarahh, Halruaa

Volhm escuchó la entrada de alguien –Kadisha a juzgar por el sonido de sus pasos- en la biblioteca, pero no se volvió a comprobarlo, abstraída en su tarea. En otros tiempos, Kadisha no se hubiera privado de espiar por encima de su hombro, para asegurarse de que estuviera haciendo bien el trabajo. Pero ahora se limitó a rodear la mesa respetando su intimidad y a sentarse en el lado opuesto, desde donde no podía leer el pergamino. Volhm sonrió y, sin dejar de escribir, dijo: -Podéis mirar, no estoy haciendo nada que no me hayáis visto hacer mil veces.

-Ya no es apropiado. Y dudo que a estas alturas necesites supervisión –contestó Kadisha-. Tengo la información que buscabas. –Pero esperó a que ella terminara y dejara a un lado el pergamino recién inscrito antes de continuar, sin más preámbulos ni cortesías. Aquello llamó la atención de Volhm, que sabía que Kadisha olvidaba el protocolo únicamente cuando estaba preocupada con un proceso-. Has requerido algo bastante perdido en el tiempo; lo que te voy a relatar sucedió hace mucho. Tu renegado es un mago de la escuela de Nigromancia, e hijo legítimo del archimago Akhlaur.

Volhm hizo una mueca involuntaria. Al fin y al cabo, la herencia tenía mucho peso. Los casamientos se concertaban con la finalidad de mantener e incrementar los dones mágicos de cada familia, pero se legaba mucho más que magia a un hijo. Y siendo así, ¿podía ser el hijo de una madera diferente a la del padre?

-Eso temí cuando dijo que nos devolvería tantos muertos como no se han visto desde la muerte de su padre. Ah, y no es “mi” renegado, alabada sea Mystra por ello –dijo Volhm, disgustada. Pocas cosas había que detestase más que el poder mágico mal empleado. Pero calló, dejando que Kadisha continuara. Al parecer, aunque Verdron había acarreado el estigma social que era de esperar por su infausta ascendencia, había progresado e incluso recibido algún respeto debido a su especialidad extremadamente rara, pero útil, la investigación de soluciones mágicas contra enfermedades y otros males. Volhm cabeceó, y esperó a ver cómo había estropeado el renegado aquella posición que se había labrado, algo más que posible en Halruaa si se tenía el talento necesario, independientemente de linajes y herencias. Probablemente hubiera sido tan ambicioso y falto de escrúpulos como su padre, se dijo ella, desaprobadora.

Pero cuando Kadisha le explicó que el detonante había sido la muerte de su familia, a manos de unos bárbaros invasores que habían irrumpido en el norte del país, Volhm hizo un gesto de compasión, imaginando la terrible carga de haber perdido a esposa e hijos.

-Ese día desapareció y reapareció unos años después, cuando todo el pueblo bárbaro fue exterminado por una terrible plaga mágica, inmune a todo tipo de curación mágica o mundana. La forma en que murieron esos bárbaros descompuso incluso a los magos encargados de investigar aquel suceso –explicó Kadisha, y Volhm torció el gesto, sabiendo por experiencia propia que era difícil impresionar a aquel tipo de profesionales que ya habían visto todo el mal que la magia podía hacer-. La inquisición le persiguió, le capturó, y ante su negativa a compartir los secretos que había averiguado y ante el peligro que suponía, ejerció una sanción terrible sobre él.

Volhm escuchó, un poco asombrada, el castigo, que ya había insinuado Verdron. Era cierto que muy escasos magos compartirían con alegría sus preciadas investigaciones mágicas, pero la ley era inapelable, y negarse a desvelar un trabajo declarado oficialmente como peligroso era un crimen muy grave. Aun así, la sentencia prescrita debería haber sido la muerte. Sin clemencia, sí, pero sin crueldad. La conversión en muerto viviente y el confinamiento para toda la eternidad parecía un castigo demasiado severo para aquella falta. Kadisha interpretó correctamente su expresión.

-Sí, fue desproporcionado –reconoció.

-Supongo que el hijo pagó por algunos crímenes del padre –repuso Volhm, frunciendo el ceño, pues aunque los innombrables actos de Akhlaur estaban más allá de cualquier excusa, no era justo que otro, aunque fuera su propio hijo, fuera castigado por ellos.

-Y al parecer había mucho interés en conseguir el trabajo de Verdron hijo de Akhlaur –añadió Kadisha-. No sólo por lo peligroso que resultaba, sino por las aplicaciones prácticas que podían derivarse de él. No pongas esa cara, Volhm, bien sabes que aunque las leyes de Halruaa son una poderosa salvaguarda contra la corrupción, no siempre son una barrera inviolable para ésta. Pero aun así, compara nuestro gobierno con el de los bárbaros. La ley funciona, casi siempre.

Volhm torció el gesto. -Casi siempre, lo acabáis de decir. Decídselo a Verdron, aunque no niego que en cierta manera lo mereciera. Luego preguntáis por qué no seguí vuestros pasos… ¡política, bah! –desdeñó, pero la mirada que le dirigió Kadisha le recordaba que tarde o temprano probablemente acabaría volviendo al redil.

-Creí que había sido porque habías recibido una visión –dijo Kadisha suavemente y sin enfadarse. Volhm sonrió burlona.

-Una cosa no excluye la otra. Así que la jactancia de Verdron estaba justificada… -Se encogió de hombros-. ¿Está documentado cómo escapó Verdron de su confinamiento? –Kadisha negó con la cabeza, y Volhm suspiró-. Si se hubieran limitado a ejecutarle, y a incinerar el cuerpo con las consabidas precauciones para que su alma no pudiera retornar, no habría podido huir. Dejar a un exiliado tan peligroso fuera de las fronteras de nuestro país es un riesgo intolerable, ¿quién le controlará? ¿Y qué pretendían, doblegar su voluntad con el tiempo, para que al fin comunicara sus investigaciones? –Una pregunta retórica, fruto de su mal humor; Volhm no esperaba que Kadisha la contestara.

-A estas alturas es inútil llorar ante el conjuro malogrado –replicó Kadisha, con calma-. ¿Partirás de nuevo mañana?

Volhm asintió con la cabeza, pues ya no tenía razones para permanecer en el país. Aprovecharía el tiempo libre que le quedaba para conocer a algunos de sus compatriotas –nunca estaría de más tener algunos conocidos en el campamento, ya que todos estaban destinados allá-, y ya de paso tal vez curiosearía un poco entre los restantes mercenarios bárbaros, por ver qué tipo de gente había atraído la Cruzada. Intentaría conseguir de los enanos más detalles de aquellas desapariciones, aunque sospechaba que no estarían muy ansiosos de hablar con un mago. Y el resto del tiempo lo dedicaría al estudio, un lujo del que, al fin y al cabo, tal vez no pudiera disponer más adelante.

MJ: repone el pergamino gastado en Arshin (un Trepar cual arácnido, NL 3, 75 mo) Ya me dirás cuánto le cuesta el vino.
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Mensaje por Kharma » Dom Mar 11, 2007 2:26 pm

PYRADAR

7 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

Su regreso a informar no había resultado como esperaba. Llegaron tarde, tanto para avisar del inminente ataque como para participar en la defensa, al menos consiguieron traer de vuelta a una patrulla enana con vida.

Según avanzaban por la fortaleza iban contemplando el alcance de la batalla, herido y muertos por todos lados. Un momento decisivo sin duda, lastima que no estuviera para acompañar al Arthane cuando cargo contra aquel engendro.

Pero ahora lo principal era descansar después de las duras jornadas y poder informar en mejor estado. Pyradar quería simplemente dormir y descansar pero Volhm no se retiro sin agradecérselo de nuevo. Con una vez bastaba pero parecía que los humanos tenían aquellas necesidades, aunque tampoco quería decirle que fue mas por la inercia en la batalla mas que un deseo real de ayudarla.

Sus preocupaciones se esfumaron en cuando se tumbo y empezó a roncar como un oso en su cueva.

9 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

Los días siguientes fueron los típicos después de una misión. Descansar, informar y aguantar la bronca que vendría después de tu superior, solo que esta vez tenían un nuevo superior al que aguantar.

Estaba acostumbradas a las broncas, cuando estaba en su anterior patrulla eran diarias, no había situación que no pudieran empeorar u ordenes que no tardaban en ignorar. Aquel nuevo Arthane no era una excepción, y a pesar del buen trabajo que hicieron no fue exactamente lo correcto. Pyradar aguanto estoicamente como si su cara estuviera esculpida en piedra, sin reaccionar. Sabia que se merecían aquella charla, sin duda el Arthane hablaba con un venerable enano y había que que conocer en profundidad a esta raza para comprender los matices que en ella se decía.

Operaciones especiales... su nuevo destino le alejaba mas de sus compañeros de batalla, sus intenciones de volver a patrullar y destrozar cráneos poco a poco se esfumaban. Tenia que aguantar aquel grupo de humanos por mas tiempo, una idea que desagrado al enano. Sin nada mas que decir abandonaron la sala.

Afuera el viejo clérigo que habían visto antes les pidió parte del tiempo de Dueris y Pyradar, sin apenas despedirse el grupo se separo. Aquel clérigo resulto ser el máximo exponente de la iglesia de Dumathoin en aquellos lares, y tras las rigurosas presentaciones se centraron en un tema. Parecía que aquel diamante que encontraron en Sondarr realmente era importante.

Pudieron conocer su historia y su futuro de labios de Durothan. Pyradar dejo los temas religiosos a Dueris y solo escuchaba con atención, solo después hizo sus propias preguntas ante la interesante historia. Era un honor contribuir al bienestar de las iglesias enanas aunque le abrumo un poco las ultimas palabras del clérigo... un destino predicho hace mucho tiempo. Acepto el regalo con orgullo y dejo que ambos siguieran hablando de sus cosas, Pyradar tenia otras necesidades y tenia que estar con los suyos.

10 de Flamerule en adelante, Aray Burakinae, Tethyr

La mejor manera para recuperarse era pasar el tiempo con los amigos. Los huecos que tenia Korlum y sus compañeros en sus ocupaciones los pasaba junto a Pyradar bebiendo, riendo y sobre todo contando historias. Las bromas y chistes sobre los humanos no faltaron, sobre todo a costa de Pyradar y su tiempo con ellos.

- Se rumorea Py que ahora te gustan las mujeres humanas – gritaba Korlum mientras derramaba la mitad de su cerveza sobre su barba – ¡aunque te recomiendo que te lleves un taburete para poder besarlas! - las risas inundaron al resto del grupo, Pyradar solo hizo una mueca antes de responder.

- Al menos tengo éxito entre mujeres que andan con dos piernas y no me busco una novia que ande a cuatro patas como otros – Korlum casi se atraganto y las risas ahogaron las palabrotas.

- Aunque no te digo que... - siguió Pyradar con un gesto pensativo – igual si esa maga estirada no se afeitara quizás fuera un buen partido – las voces ya se volvían roncas de tanto reírse y algunos ya acababan por los suelos.

Pero no todo fueron risas, aluna que otra vez visito a Dueris en la mansión del clérigo Durohan donde se había hospedado. Parecía que los dos clérigos se llevaban bien y tenían que decirse muchas cosas. Pyradar solo se acercaba para echar un vistazo por si sabían algo mas sobre la gema aunque también para dar algunas clases a Dueris.

Le había sorprendido su petición, según pudo comprobar durante su misión el enano no se le daba mal el manejo de la espada. Ademas Pyradar no tenia la paciencia suficiente para enseñar, aun así hizo lo que pudo. Lo suyo no era la espada pero no faltaron los consejos para cualquier batalla, no solo con el arma se gana sino con la mente. Sabia sin duda que Dueris aprovecharía todas las enseñanzas, era demasiado listo.

14 de Flamerule, un lugar desconocido de la Suboscuridad

A Pyradar le pareció ver algo en el túnel lateral, solo fue una fugaz visión pero preocupante. Estaba exhausto y se permitió una pequeña parada para poder respirar, fue en ese momento cuando creyó ver algo. No tenia su armadura, incluso había perdido su martillo, tenia una piedra afilada como única defensa. Aun no entendía como se había dejado sorprender de aquella manera, pero ya estaba acostumbrado a sus artimañas.

El enano estaba sobre aviso, los drow solían ser tan sigilosos que dudaba que los hubiera visto por casualidad, tramaban algo. De todas formas se obligo a seguir huyendo, si le rodeaban podía darse por perdido, debía avisar a alguna patrulla antes que fuera demasiado tarde. Mientras avanzaba por los túneles no dejaba de observar su espalda, solo el sonido de su respiración agitada rompía el silencio de la oscuridad. Pero sabia que estaban allí observándole, en cualquier momento esperaba uno de sus virotes impactando en su espalda.

Ese momento no llego... tras un buen rato corriendo Pyradar se volvió a parar, esperaba haberlos despistados, los drow no eran tan resistentes como un enano o quizás le habían dejado escapar por alguna razón. Quizás fuera ese su plan, alguna artimaña que desconocía, aquellos seres era tan retorcidos que escapaban a la mentalidad de un enano.

Fue en ese momento cuando lo oyó, algo se movía hacia él por un túnel lateral. Sin pensárselo dos veces se pego despacio a la pared justo al lado de la entrada a ese túnel y espero con la piedra levantada. No era solo uno, al menos eran tres pero daba igual, si les pillaba por sorpresa quizás Pyradar podría hacer algo. Era su única salida, si escapaba de nuevo no creía que pudiera llegar muy lejos.

Ya estaban casi al final, el movimiento metálico indicaba que seria alguno de los esclavos de los drow, siempre enviaban primero a la basura para despachar a su enemigo sin problemas. Ya había matado una decena en su huida, podría matar algunos mas. Empezó a aparecer la primera figura que no se había percatado del enano escondido con una piedra lista para ser usada. Sin perder mas tiempo la levanto sobre su cabeza y la descargo con furia mientras gritaba como un animal. El impacto contra la cabeza fue duro, saltaron chispas del yelmo que le protegía y cayo con Pyradar encima. Con rapidez el enano volvió a levantar la piedra y siguió descargando fuertes golpes mientras la sangre le salpicaba.

Hasta que se dio cuenta que estaba golpeando, en el suelo veía a un enano con la cabeza abierta y sangrando en abundancia. Vio su cara y era Ambert, le observaba con ojos vidriosos y en sus labios se perdía una palabra. Soltó la piedra y se miro las manos, estaban llenas de sangre, sus ropas empezaron a oscurecerse por la sangre. A su alrededor la sangre la sangre se agolpaba mientras oía risas, unas risas siniestras. Levanto la mirada y los miles de drow que le observaban desde las gradas rieron con mas fuerza mientras la figura en el suelo era arrastrada por la sangre.

Algo le golpeo con fuerza y acabo en el suelo, las risas habían desaparecido y solo podía ver como un enano con armadura metálica le sujetaba con fuerza contra el suelo con una mirada de asombro.

- ¡Por las barbas de Moradin!¿Se puede saber que estas haciendo? - la voz del enano era dura, lo siguiente que noto fue otro golpe y las oscuridad...


Pyradar se despertó en su cama con la respiración agitada, al cabo noto que se había clavado las uñas en las almas hasta que sangraron. Se levanto e intento despejarse con algo de agua fría sobre su rostro. Sus pesadillas volvían a cambiar con rostros mas recientes.
Última edición por Kharma el Lun Mar 12, 2007 4:01 pm, editado 1 vez en total.
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roler
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Mensaje por roler » Dom Mar 11, 2007 7:00 pm

DUERIS GEMACETRO

7 de Flamerule, Aray Burakinae, Barracones


La sensación de júbilo por estar de nuevo en algo parecido al hogar desapareció con rapidez. Dueris notaba una picazón interior cada paso que daba entre el barro, esquivando los restos de la batalla. Había muchas bestias masacradas, pero también enanos, hermanos suyos. Miró a los otros enanos que le acompañaban. Sus rostros no mostraban la desolación que veían sus pupilas sino orgullo. Entendía qué significaba para los soldados el pasear entre enemigos descuartizados... pero no podía compartir aquel sentimiento. Quizá por eso se arrimó más a Alanthir y Volhm, con los que había descubierto en el viaje que compartía más cosas que con sus congéneres. En el camino al barracón que se les había asignado ayudó en todo lo que pudo al resto de enanos que se afanaban en atender a los heridos. La mayoría, clérigos y cruzados del Padre de la Batalla, se sorprendían al ver las enjoyadas manos de un vergadainán ayudando en los momentos posteriores a la batalla.

8 de Flamerule, Aray Burakinae, Sala de Juntas

Poco había tenido que hacer Dueris hasta la tarde del día siguiente. Había paseado entre los barracones, pero eran pocos los que lo reconocían. La mayoría se apartaban de su camino en vez de saludarlo. Incluso escuchó como alguna voz en susurros le denominaba como "Zorro Oscuro". Al clérigo no le desagradaba el apodo, de hecho hubo un tiempo en que le había venido bien para intimidar a ciertos rivales de la escena política y religiosa de la Brecha... de todos modos más que el zorro había sido un gallina durante la expedición a Sondarr. En sus paseos reflexionó sobre el hecho de seguir apoyando la Cruzada o no. Era cierto que bien estaba costando a las arcas de la iglesia, y que como decía su familiar, el Príncipe, "toda moneda que sale más allá de las puertas de una ciudad enana es un puñado de prosperidad que se pierde para siempre"; pero Dueris había constatado que se escondía algo más profundo en aquel asunto. Dudaba que encontrase las respuestas parado en Aray Burakineae... Su curiosidad, aquella malvada dama que a veces tomaba el control de sus actos, comenzaba a mandar sobre él.
El resto del tiempo se ocupó de que los humanos estuviesen a gusto en la zona y que sus demandas fuesen atendidas. Asimismo los educó sobre como tratar al nuevo Arthane, Dengwald, considerado una reliquia para el Pueblo Recio tan bien guardada como la primera forja que usó Moradin. No fue una sorpresa saber que el anciano asumiría el mando, pero Dueris se sorprendió de verlo tan lozano y duro como narraban las crónicas. Si le sorprendió ver a un humano vestido con estridentes colores, tan cercano al debate sobre los asuntos principales de la Cruzada. De todos modos, él no era quién para cuestionar las alianzas en aquellas operaciones militares.
Como muestra de respeto, aceptó las críticas del Arthane con seriedad, aunque sabía que el tono condescendiente era mucho más de lo que se merecían. Otros soldados que hubieran desobedecido las órdenes tan tajantes de Dagnit estarían limpiando las letrinas. Además, el clérigo se sentía en cierto modo culpable de no haber instado al resto de la Compañía a regresar a Aray para informar. Pensó en que debía relatar bien en sus informes lo que había sucedido, el arrojo de sus compañeros, y los extraños sucesos que habían vivido. No debía olvidar los nombres de los fallecidos ni los salvados. Su ensimismamiento lo rompió la melodiosa voz de Volhm.

-Suerte con las investigaciones sobre la reliquia –le dijo Volhm a Dueris, cuando salieron del despacho del arthane - Operaciones especiales… sospecho que el arthane tiene razón, no servimos para operaciones regulares. Pero me alegro que hayan decidido mantenernos juntos. Creo que os echaría de menos si no nos volviéramos a ver.

- Gracias, estimada Volhm. Como le dije a Hardash en cierta ocasión, nuestra amistad ha sido labrada en piedra... y por muy lejos que nos encontremos tendremos un vínculo eterno. Nos veremos pronto, seguro. Y ahora, disculpadme, me reclaman. - dijo con una sonrisa en la boca y al ver como Pyradar le hacía un gesto para indicarle que el sacerdote de Dumathoin les estaba llamando.

Dueris se colocó bien sus ropajes de gala. Era importante causar buena impresión a un sacerdote de otra deidad. A medida que se acercaban, observó que por las runas de su casulla era un Beljuril de Dumathoin, el Guardián de los Secretos Bajo la Montaña. Y su clan Manomartillo, una familia de rancio abolengo entre los dumathoinos. Al contrario que los sacerdotes de Vergadain que empleaban metales para referirse a sus cargos, Copprak, Argentle, Electrol o Aurak, los seguidores de Dumathoin usaban gemas, Zafiro, Diamante, y los de rango más elevado Beljuriles. El enano se presentó:

- Saludos, héroes. Mi nombre es Durothan Manomartillo, Beljuril de Dumathoin. Sed bienhallados

Dueris y Pyradar se inclinaron respetuosamente, tomando la palabra el clérigo:

- Aiho, Delvesson (una palabra que en enano significaba "los del don oculto de Dumathoin") Durothan. Dueris Gemacetro, Alto Aurak de Vergadain, de Terracor. Y Pyradar del clan Escudocorona. Es un placer conoceros.

El de Dumathoin se mostró amable con los dos enanos, y les invitó a charlar de camino hasta su mansión, los Salones del Mithril. Dueris agradeció con una callada plegaria a Vergadain, que bien le advirtiera sobre no devolver el diamante que había encontrado en el templo de Sondarr a Aray Burakinae. Según les contó Durothan, las gemas eran un don del propio Guardian de la Raza, a los ocho reinos del Profundo Shanatar. En su fundación cada uno recibió uno de aquellos artefactos, denominados Ojos de la Montaña. Su existencia es fundamental para el mantenimiento de los Reinos, ya que simbolizan la unión de los Morndinsamman, los dioses enanos, con sus hijos. Si uno de ellos fuese arrancado, destruido o mancillado, el reino al que perteneciese se derrumbaría y perecería. Durothan era descendiente directo del creador de aquellos templos y su guardián, por lo que estaba especialmente agradecido.... y no sólo por eso, sino porque eran los "héroes profetizados".

Las palabras causaron cierto asombro a los dos enanos de la Compañía que se miraron interrogantes.

- Así es, mis buenos amigos - explicó el dumathoino - entre las mil seiscientas tablillas de las Profecías de Shanar figuran vuestras acciones, donde se dice que dos miembros elegidos de nuestra raza, liderarán un grupo de humanos hasta el descubrimiento del Ojo de la Montaña de Sondarr. Vosotros sois esos héroes y habéis devuelto esperanza a nuestro Pueblo.

Después Durothan les brindó como agradecimiento un colgante con una esmeralda, a la que denominó La Bendición del Recio, y que era la muestra de gratitud del Guardián de los Secretos. Ruborizado, Dueris, se obligó a rechazar aquel regalo sin que el sacerdote recibiese algo a cambio de igual o más valor. Con gesto solemne se quitó su propio colgante y se lo ofreció a Durothan.

- Si queréis, podéis quedaros lo que preciséis en mi mansión.

A Pyradar le faltó tiempo para rechazar la oferta, pero Dueris necesitaba de un sitio tranquilo en el que poder escribir sus informes, y la compañía del anciano clérigo sería de agradecer. Además le gustaría estudiar las profecías de ese tal Shanar, que los humanos denominaban Alaundo, con sus propios ojos.

Antes de despedirse del Escudocorona le dijo:

- Pyradar... he pensado que aunque vuestras tareas con los soldados os reclaman, quizás estarías dispuesto a enseñar a este maduro enano alguna treta con la que emplear mejor la espada en los futuros combates que nos esperan. ¿Hace?

El guerrero, un poco sorprendido por la petición, asintió con la cabeza. Para Dueris eso implicaba sentirse un poco más unido al joven, y esperaba que además de aprender alguna nueva maniobra marcial, se reforzase su amistad.... aunque eso implicase que le doliesen los brazos unos cuantos días.

12 de Flamerule, Aray Burikanae, Salón de Mithril

El almuerzo era frugal, pero apetitoso. Dueris disfrutaba de una tranquilidad como la que hacía años no recordaba. La mansión de Durothan era lo suficientemente grande para proporcionar todo el espacio que ambos necesitaban. En aquellos cuatro días intensos, ambos habían pasado tardes enteras hablando sobre la política y la religión relativa a la Cruzada y al Pueblo Enano. El anciano le había puesto al corriente de los movimientos estratégicos de las altas esferas, y Dueris le correspondía con historias sobre sus viajes. Eso no implicaba que en muchas ocasiones sus posturas se enfrentaran para tras un acalorado debate terminar ante un vaso de cerveza negra contando los últimos chismorreos sobre el Arthane entre carcajadas.
Ante el pan de centeno untado en mantequilla de las cabras que se criaban en la superficie, el clérigo escribió sus informes detallados tanto al Arthane, como al Consejo de Terracor de la Brecha. Procuró no ser demasiado entusiasta en estos últimos, pero dejaba entrever que quizás era importante seguir manteniendo la inversión económica en la operación, convencido por la aparición de la profecía (aunque este último dato lo obvió). Su pluma escribía buenas palabras sobre todos los integrantes de la Compañía Arcana, aunque no dejó ningún suceso sin relatar. Mientras escribía aquellas palabras se dio cuenta de que los echaba de menos. Había sido un periodo de tiempo breve pero intenso... y mientras mordisqueaba el pan tostado se dijo a si mismo que los guisos de Xandros no habían estado tan mal.

15 de Flamerule, Aray Burikanae, Patio del Salón de Mithril

Dueris cayó al suelo una vez más. Había intentado sorprender a su enemigo tirándose sobre él, apareciendo por la espalda con su espada en ristre. Por desgracia el hacha había bloqueado el golpe y Pyradar se movía con rapidez. Este le golpeó con dureza en el costado.

- Debe ser más rápido con la mente, Dueris. Había pensado esa maniobra antes de que se le hubiese ocurrido. Procure analizar bien el terreno antes de empezar a combatir - dijo con tono respetuoso el joven.

El clérigo pensó para si mismo que escribir delicados informes cual amanuense tal vez no era compatible con pegar espadazos sobre la coraza de un enano... pero agarrándose con fuerza el costado dolorido por los golpes de Pyradar se lanzó de nuevo a la carga...

17 de Flamerule, Aray Burikanae,Salón de Mithril

- Pasa la página, por favor - le dijo al barbilampiño enano que lo miraba con timidez mientras sujetaba el pesado tomo "Misterios, vida y poder de Aecaurak Splendarsson". El joven Bona del clan Brasatibia pasó con delicadeza la página, que crujió y protestó. Dueris se removió en la cama, incómodo por el cabestrillo en su brazo derecho... Durothan decía que era un loco aprendiendo a pelear a su edad, pero que había tenido suerte y el cúbito se había roto limpiamente. Dueris frunció el ceño disgustado por no poder moverse en unos días como el habría querido y depender de aquel inepto aprendiz de clérigo que lo miraba con demasiada admiración para su gusto. Tenía ganas de volver a coger la espada para enfrentrarse de nuevo a Pyradar y demostrarle lo que había aprendido.

- ¡Para la derecha no, Bona! ¡Las páginas se pasan hacia la izquierda! ¿Cuántas veces he de decírtelo?

...

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Larloch
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Mensaje por Larloch » Mar Mar 13, 2007 1:25 pm

ALANTHIR

7 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

Los cadáveres parecían inundar el camino por el que se movían. Tenía que prestar más atención a esquivar los cadáveres que en seguir a los enanos. Sin embargo, le admiró el coraje que mostraba el pueblo enano, la fuerza. Él podía entender lo que un enano sentía al ver el espectáculo que estaban contemplando. Lo entendía porque Umbra era lo mismo, Umbra había pagado la misma sangre por recuperar una parte de lo que era suyo. Como había dicho Dueris a Verdron “Shanatar no se puede compartir, vuestra señoría, las piedras lloran cuando otros las pisan”. Lo mismo era el caso de Umbra, y por eso mismo, sentía simpatías por los enanos.

Permaneció el resto del viaje en silencio, era la única señal de respeto que podía mostrar a lo que veían ahora y al esfuerzo de los enanos.

9 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

Habían permanecido casi dos días esperando, pero ahora les conducían hacía el nuevo arthane. Tenía cierta curiosidad por verlo y por saber nuevos rumores o misiones, había venido aquí buscando detalles sobre los phaerimm y de momento poco había encontrado. Como mucho, solo podía informar a los Príncipe de Verdron y dudaba que despertase sus intereses. Confiaba en que pudiese ofrecer a la Ciudad detalles más específicos en breve...

El enano parecía más viejo que Dueris, pero en él bullía un fuego continuo, no dudaba que posiblemente incluso ahora siguiese siendo un combatiente respetable. Su firmeza no dejaba lugar a dudas.

Aguantó sus comentarios, a pesar de que el tono condescendiente y paternal en algunos aspectos no le gustó. Pero sabía cual era su puesto y cual su deber...

La reunión con el arthane había sido curiosa, pero tremendamente ilustrativa. No habían cumplido con su deber de forma correcta, quizá debido a sus acciones la horda quaggoth había avanzado más de lo que se esperaba. Incluso en cierta forma ellos habían sido los responsables de las perdidas de los enanos.

No se alegraba, pero tampoco se lamentaba de ello, era la guerra de los enanos y si una horda había sido capaz de pasar y de atacarles era que no habían hecho bien su trabajo. En Umbra una cosa así hubiese sido severamente recriminada. Al igual que las acciones del grupo pensó con amargura.

Con rapidez el grupo se fue dispersando, vio como Volhm se iba con un mago o halrueiano que no le había dejado de mirar todo el rato con odio. Más gente conocía sus orígenes, tenía curiosidad por ver lo que sucedía más adelante, pero podía ser una mala señal, tendría que informar rápidamente a los Príncipes. Pero antes hablaría con Klauthbert, él conocía mucho más el mundo en el que se movían.

Se encaminó hacia al tienda de Klauthbert con paso rápido, pero la escena que vio en ella no era la que se esperaba: dos guardias le cerraban el paso, algo que le hizo ponerse en tensión, más le valía ser prevenido.

Un vistazo rápido al interior le permitió ver como Klauthbert estaba siendo estrangulado y enfrente de él, sentado en una silla, un hombre, vestido con una cantidad, indecente dirían algunos, de lujo.

- Salud maese Alanthir, soy Augustus Fern.- dice el extraño mientras se levanta.

- Milord.- Se inclino haciendo una pequeña reverencia mientras miraba brevemente a Klauthbert.

El pobre desgraciado estaba condenado, ambos los sabían, él no iba a mover un dedo por él, no aquí, que podía atraer demasiadas miradas indiscretas. Solo si el conversación tomaba otro rumbo usaría su magia, pero de momento se mantendría. Lastima de Klauthbert, estaba seguro que podía haber conseguido más información sobre Halruaa de él que de Volhm.

- Disculpad el espectáculo, pero me temo que ciertos grupos de esta Cruzada no estarían contentos con la aparición de su gente por aquí.- Con más seriedad dice.- Ninguno desearíamos que alguno de ustedes acabase como este renegado halruaano.

- Por supuesto entendemos que su posición es como sujeto independiente y no le vemos pegas, pero estamos de acuerdo en que un movimiento de sus príncipes hacia estos territorios podría ser fatal.- Dijo mientras miraba brevemente como Klauthbert caía muerto.

- Realmente nuestra voluntad es mantenernos alejados de Shanatar, nada nos llama aquí, mas entenderéis que de haber phaerimm la situación sería mucho más compleja.- Dijo con comedida diplomacia, a fin de cuentas dudaba que los Príncipes tolerasen que alguien les dijera donde tenían o no que actuar.

- Os aseguro que en Halruaa son bien conscientes del problema y están seguros de poder tratarlo con la seriedad que merece.- Se alejó brevemente- De todas formas vos mismo podréis atestiguarlo de darse el caso sin vernos obligados todos a convertirnos en enemigos.

- Oh, mis respetos a su majestad, por favor, dadle este presente como muestra de buena voluntad, estoy seguro de que le interesara.- Mientras tiene un mapa.

Con un gesto rápido lo examinó, ¿un pergamino dorado? Solo conocía unos pergaminos que tuviesen esas características.... lo miró de nuevo, esta vez con un deje de curiosidad, ¿cómo podía haber conseguido un individuo como él esta información?

- No es algo que este en mi mano decidir, pero le transmitiré este mensaje y vuestros respetos al Alto Príncipe, milord Fern. Pero creedme Milord que la Ciudad no busca la lucha contra Halruaa.

- Mejor para todos, pero sabed que si Shade se acerca la tendrá, la quiera o no.

Bufó brevemente ante la amenaza velada, podía tolerar ciertas cosas, incluso que intentase desviar la mirada de Umbra de Shanatar, pero este último comentario no era algo que pudiese pasar.

- Lo tendré en cuenta milord, más las amenazas no suelen ser bien recibidas....

- No soy mago ni de Halruaa, no poseo ejércitos ni títulos.- Dijo el hombre.- Mal podría yo amenazar a nadie, y mas a la poderosa Shade. Simplemente soy alguien interesado en evitar ese choque inútil e innecesario.

- El gesto será recordado, ahora si no requerís nada más de mi debería de buscar alojamiento y enviar vuestro presente al Alto Príncipe

- A vuestro servicio maese Alanthir, a vuestro servicio.- Mientras dice eso se pone un sombreo de llamativas plumas y sale de la habitación. Mientras se marchaba, lo examinaba brevemente, era un tipo peculiar y peligroso a al vez.

Una vez se hubo ido, salió de la tienda, estaba seguro que ya se encargaría de disponer del cadáver de Klauthbert y de sus posesiones. Fisgonear era simplemente meterse en problemas. Salió con gesto tranquilo de la tienda y se dirigió a buscar una posada.

Sopesó con cuidado el pergamino, si lo que había intuido al verlo brevemente en su “reunión” era cierto, el Alto Príncipe estaría muy impresionado. Sin embargo, no era un regalo a la ligera, ni desde luego venía de forma gratuita. Tenía que informar con rapidez a los Príncipes y ordenar las notas que había ido tomando a lo largo del viaje.

Se dirigió a la primera de las posadas improvisadas en el campamento, más que un campamento como los que había conocido durante su estancia en el ejército esta empezaba a parecer una ciudad.

La posada parecía pensada por un enano, robusta, grande, y sobria. Parecía casi el despacho del arthane pero en lugar de mapas había bandejas con carne y jarras de cerveza. Pagó sin prestar mucha atención a los parroquianos y a la comida. El deber lo llamaba.

La habitación también seguía la pauta de la posada, pero tenía un sitio donde poder escribir. Con gesto rápido empezó a escribir la carta que haría llegar a su hermana. Con el fin de evitar problemas habían acordado usar un sistema de correspondencia por medio de agentes antes que arriesgarse a usar conjuros que podían atraer ojos indeseados.

Taranlaris,
Te adjunto los documentos tal como quedamos, hay uno especialmente importante. Mándaselo a Thierder, junto con el mapa y notifícale que debe de presentarlo ante el Alto Príncipe, la nota explica como he conseguido, más bien como me lo han dado y varios aspectos de mi misión.

Igualmente, querría pedirte un favor, me podrías enviar dos o tres obras de teatro. Ya sabes mis gustos, me vale cualquiera de ellas. Sí, sé lo que estarás pensando mientras lees estas líneas “mi hermano no resiste demasiado tiempo sin sus tragedias” pero no son para mi sí. Si, no reprimas tus risas, alguien ha sobrevivido a mis charlas sobre el teatro. Y te aseguro que no es madre.

Manda las obras sin dilación y la respuesta de los Excelentísimos Príncipes con sus órdenes. Estaré aquí desde el 9 de Flamarule de año del Renacimiento de Netheril hasta el 19 de este mismo mes. Si no que lo dejen aquí, ya pasaré cuando pueda.

Igualmente he marcado con diferentes símbolos diferentes cartas que deberías de repartir, y sí, hay una carta para ti también aparte de esta. Lo sé, odias mis cartas melodramáticas y de divagaciones filosóficas. Confío que esta también sea de tú agrado.

Con afecto, Alanthir.


Después redacto a limpio el resto de las cartas, lo cierto es que tuvo que redactar una buena cantidad de cartas, algunas por meros compromisos otras como costumbre. Sabía que lo que había hablado con la maga de Halruaa le sería de interés para su maestra Amalethra.

La carta a Shardrala fue escueta, breve, pero tampoco tenía que contarle mucho más. Sin embargo, por protocolo debía de hacerlo, al fin y al cabo, era su futura esposa.

Por último escribió una carta que acompañaría el mapa en la que detallaba todo lo que había visto hasta ahora, incluyendo las referencias a la ciudad, las dudas sobre las desapariciones de enanos y sobre Verdron, el cuál le había parecido el elemento más interesante de todos los que habían encontrado hasta ahora.

Confiaba que a los Príncipes les sirviera. Con un gesto rápido marcó la última de las cartas y las empaquetó con cuidado y bajó con ellas a la posada. Se dirigió al posadero con paso firme.

- Perdón, pero necesito enviar estos documentos, estoy seguro que vos me podéis ayudar en esta tarea.- deslizó 2 monedas de oro.- Confío que podréis ayudarme.- Dicho eso, le indico la dirección, una posada que frecuentaba un contacto de su hermana en Myratma. Por lo que había oído la distancia no era mucha, pero poco sabia si era cierto o no. Confiaba no equivocarse. Cuando antes llegasen las cartas, mejor.

Dicho esto subió de nuevo a su habitación, estos días eran una oportunidad para dedicarse a experimentar o a clarificar ideas de diversos conjuros que había estado pensando.

Lo cierto es que escribiendo las cartas había llegado a la conclusión de que a pesar de haber usado un código que tanto él como su hermana conocían y que estaban escritas en loross, era algo que alguien con paciencia y ganas podía descifrar.

La idea le entusiasmó, sintió unos breves instantes de euforia, sus últimos planes o ideas habían demostrado ser demasiado complejas y le falta, aunque se negase a reconocerlo de forma clara, conocimientos, pero en este caso, estaba seguro de que podría conseguirlo.

Con gesto sereno empezó a escribir las primeras notas e ideas y las posibles variables o efectos a tener presentes. Quizá más tarde bajaría a la taberna, pero ahora le llamaba mucho más este conjuro. Además, estaba seguro que un conjuro así podía ser no solo útil a él si no a toda la Ciudad, la información, visto lo que había visto en las posadas de camino al campamento de la Cruzada era algo que podía ser secundario.

10 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

No sabía cuanto tiempo llevaba trabajando en el conjuro, pero lo cierto es que era algo que le había cautivado desde que la idea había acudido a su mente. Pero necesitaba un descanso, no porque su cuerpo se lo pidiese, si no por el mero hecho de que siempre era bueno para aclarar ideas y más con una buena copa de vino.

Bajó a la posada que como siempre parecía estar sumida en un continuo ajetreo. Se fue a un rincón y pidió un vaso de vino, el posadero le dijo diversos tipos de vino, encogiéndose de hombros pidió uno cualquiera, desconocía la mitad de los sitios que le había dicho, y la otra mitad solo le sonaban vagamente.

Bebió el primer sorbo con cierta calma y degustando el vino. No era malo, tenía un buen cuerpo, y tanto el aroma como el regusto final eran algo afrutados. Era agradable. Miró la posada que parecía tener gente de cualquier zona de Faerun, en otro tiempo hubiese intentando ponerse a hablar con alguien, a ver si oía algunos rumores, pero hoy tenía la mente ocupada, demasiadas ideas bullían en ella y este momento le podía ir bien. Bebió otro trago del vaso de vino...

12 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

Dejó atrás la posada, lo cierto es que el campamento, al igual que el campamento umbrino en las campañas era un lugar que rebosaba vida. Cada soldado, unidad le daba vida a su manera. Aún recordaba su campaña, con las Espadas Negras del general Shelkar hacían la tradicional parada el día antes de entablar batalla o las chanzas y pullas que solían haber entre los Batidores Reales y la Primera División Expedicionaria.

Con gesto curioso se fue moviendo por el campamento, observando, lo cierto es que el día acompañaba, inducía a ello. A pesar de que parecía ligeramente encapotado, el sol estaba presente y creaba complejas tramas de colores que le fascinaban. A pesar de que ya llevaba cierto tiempo en Faerun, el contraste que había en el cielo con el plano de la sombra era algo que le seguía fascinando.

Siguió moviéndose por el campamento al cabo de un rato, volvería de nuevo a sus estudios, avanzaba poco a poco, pero cada pequeño paso que daba le sabía a gloria. La paciencia, en los arcanistas era algo imprescindible...
Recopilación en proceso: Mi versión de la ciudad drow de Eryndlyn.

Ultima recopilación de información: La ciudad calishita de Almraiven

"El poder tiene su propia belleza. Quizá la más bella combinación de potencia y gracia entre las criaturas mortales de Toril sea la de un dragon." Sammaster, Tomo del Dragón

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Zaitsev
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Mensaje por Zaitsev » Mar Mar 13, 2007 10:55 pm

Xandros

El mismo puño apretando el corazón. La misma opresión que le atenazaba antes de enrolarse en esta aventura. Idéntico sufrimiento. Nada había cambiado en todo ese tiempo. Todo seguía igual en su alma, y nada de lo sucedido había acallado su necesidad de algo diferente. Solo había encontrado la petulancia de los humanos, el absurdo machismo, el misterioso silencio, y la absurda disputa sobre si mi magia es más bonita. Los enanos, en cambio, habían acabado causando una mejor impresión en el guerrero. Siempre le sucedía lo mismo con los miembros de esa raza. Al principio sentía unas serias ganas de amordazarles y hacer que dejen de hablar por siempre. Al final, acababa enorgullecido de ciertos sentimientos que desprenden de manera natural los de esta raza. Eso pese a que en ocasiones siguiese deseando amordazarles.

La vida seguía siendo un pantano que no hace otra cosa que difiera del hecho de acumular basura y nauseabundos hedores. Lo único que le había aportado internarse en la suboscuridad había sido conocer a monstruosidades de las que ni si quiera había oído hablar. Eso, y que sus ojos se acostumbrasen a la insuficiente luz del orbe que la halruana le había dado al comenzar el periplo. Nada más.

¿Dónde estaban todas las ansias que había depositado en la empresa?. Solamente había recuperado los ligeros temblores de antes de las batallas importantes. El pequeño despliegue de pelos alzados sobre piel de gallina que puede prever la sangre que se ha de derramar. Y nada más.

No se sentía importante, no sentía que lo que hiciese sirviese para nada. Él mismo se sentía vacuo e insustancial. Un palo pegado a un grupo que era cualquier cosa menos un grupo, a lo sumo un cumulo de individualidades que había sobrevivido gracias a que las partes eran más que aptas, pese a que la suma de estas fuese inferior a lo que cada una podía dar por separado.

Habían rescatado a una horda de enanos, pero aquello no contentaba a Xandros. Nada servía. No significaba absolutamente nada, cuando hacía poco había ayudado a marcar el destino de una nación y todos sus habitantes. Para bien o para mal. No lo sabía en realidad. Y nunca llegaría a estar seguro de si actuó correctamente. ¿Y ahora?. Se suponía que luchaban en el bando correcto. El enemigo no tiene un rostro conocido, ni si quiera humano, solo son monstruos. Así lo dicen los enanos. Así lo dictaminaron ellos. Así lo aceptamos nosotros. Ellos son los buenos. Eso se supone. O eso quería suponer Xandros. Lo contrario no valía.

Y con todo, aún creyendo hacer un favor a todos los seres de la suboscuridad, de nada servía. La misma opresión sobre el pecho, la misma. Pero eso no era lo peor, lo más escabroso, lo que más manchaba su alma y la estrujaba.Lo peor era el saber que en la superficie no recuperaría la cordura que da una mente en calma, un corazón henchido y una sonrisa amplia.

No.

Si volviese ahora a la superficie volvería como un fracasado. Se habría rindió. Habría perdido. Y no ya por lo sucedido en la suboscuridad, sino porque nunca más volvería a tener la oportunidad de abandonar el tedio, de medirse, de saber cuanto vale, de que no es solo un estúpido amasijo de músculos. Nada le esperaba en ningún sitio, y nada deseaba en realidad de ningun lugar.

El tiempo pasaba, y nada de lo que iba sucediendo le alegraba. Desde luego la bronca del arthane fue un potente inflamable en su alma, pero esta se encontraba demasiado apagada, y no fue más que una mecha en el agua. Les acusaba de saltarse las normas. Él, Xandros, habría preferido volver a informar, para eso les pagaban. No obstante, las circunstancias cambian, y por ende, las ordenes debían cambiar. Adaptarse, y moldearse. No obstante, no iba a protestar ante el jefe enano. Tenía que adaptarse a la circunstancia en la que se encontraba. Por mucho que eso le pudiese pesar.

Quince días de permiso. ¿Para qué?. Ni si quiera lo sabía. Por lo menos recordaría viejos tiempos, tabernas de mala muerte, y cerveza enana. Sobre todo, cerveza enana. Había que aprovechar, ya el tiempo hablaría cuando fuese menester. Tenía quince días para ahogar voces y para realzar ánimos. El brebaje, desde luego, no iba a ayudarle, pero al menos le daría una preocupación: sobreponerse de la resaca que le sobrevendría al siguiente día.

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Raelana
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Mensaje por Raelana » Mié Mar 14, 2007 12:30 am

HARDASH

7 de Flamerule, Aray Burakinae, Tethyr

Llevaba días deseando salir de alli, alejarse de aquella oscuridad opresora y perder de vista todas aquellas escenas de guerra: los cadaveres apilados, las heridas abiertas, la frustración y el hedor. Laab tampoco parecía sentirse cómodo y se acercaba mucho a él, como si temiera que lo confundieran con un enemigo. Hardash intentó tranquilizarlo, aunque él mismo estaba nervioso e incómodo. Esperaba el momento oportuno para marcharse de allí, pero el Arthane no iba a recibirlos inmediatamente. Así era la vida del soldado, esperar como si uno no tuviera ya sus planes hechos. Al menos en la fortaleza enana habría comida y bebida en abundancia, mucha más de la que habían disfrutado en los últimos días. Eso y la compañía de Arshin, que intentaba convencerle para que no regresara a Calimsham y siguiera luchando por los enanos, le hizo disfrutar la noche. Realmente tenía simpatía a la cruzada, pero también le tenía simpatía al aire fresco y al sol del desierto.


9 de Flamerule, Aray Burakinae/Nueva Esperanza, Tethyr

El Arthane les echó la bronca por no cumplir con su deber. Deberían haber dejado a los enanos prisioneros y volver a informar. Hardash puso cara de circunstancias ante la bronca y no dijo nada, esperando que le pagaran y poder marcharse cuanto antes. Consideraba que había actuado bien, aunque no fuera bajo las directrices que el Arthane les había dado. Era lo malo de la cadena de mando el ejército, los superiores nunca tenían en cuenta que a los imprevistos había que responder con rapidez, y que las órdenes sólo eran una guía para que los soldados no tuvieran que pensar mucho. Ya tuvo problemas con el ejército de Tethyr y los volvía a tener ahora. Desde luego el ejército no era lo suyo. Todo saldría bien en cuanto saliera de allí.

Con dinero en el bolsillo y animado ante la perspectiva de salir a la superficie, Hardash intentó convencer a Arshin para que cenara con él esa noche, antes de su próxima marcha. Se alegró mucho cuando la mujer aceptó y se ocupó de prepararlo todo para una velada perfecta. Incluso le dio tiempo a echar una partidilla de dados antes de la cita. Tal vez debería haberse acercado a rendir honores a Tymora, pero esperaba no necesitar la suerte para pasar una velada agradable.


10 de Flamerule, Nueva Esperanza, Tethyr

Se despertó muy tarde, disfrutando de los rayos del sol. Había bebido demasiado la noche anterior y ahora pagaba las consecuencias. Se levantó, sin embargo, para ir a ver qué tal había pasado Laab su primera noche en la superficie. El escorpión estaba acostumbrado a los campamentos, pero en Nueva Esperanza había mucha gente. El escorpión hubiera deseado marcharse ya, Hardash se tendió a su lado, bajo el sol. Era agradable estar así, aunque el sol de Tethyr le parecía más desvaído que el de Calimsham; comparado con la suboscuridad era un placer sentirse deslumbrado por el sol.

12 de Flamerule, Nueva Esperanza, Tethyr.

Había disfrutado de muchas horas agradables en compañía de Arshin y, el día anterior, también de Volhm, pero ya era el momento de cumplir con su deber. Hardash intentó informarse de las caravanas que salían hacia Calimsham en los próximos días pero aquella mugrienta taberna se cruzó en su camino y perdió allí más tiempo y dinero del que había pensado. Después se dirigió hacia la tienda del sastre enano que estaba realizando el turbante que pretendía regalarle a Dueris, aunque el sello parecía no traerle tanta suerte como había pensando al principio. Tampoco tuvo demasiada suerte en el regateo por el precio del turbante y, cuando lo tuvo en su poder, descubrió que no tenía ni idea de cómo encontrar a Dueris. Al final decidió enviárselo por un mensajero, cualquier enano tendría más posibilidades de encontrarlo que él, o al menos sabría dónde preguntar.

Volvió a reencontrarse con Arshin por la tarde, Hardash había empezado a lamentarse de su mala suerte pero la mujer en cambio estaba de buen humor y le ayudó a ahuyentar las malas nubes que rondaban por su cabeza.

14 de Flamerule, Nueva Esperanza, Tethyr.

Estaba lloviendo. Tymora le había abandonado, a él, que siempre había confiado en ella. Quizás debería haberse acercado a la Casa de las Canciones a rendirle un pequeño tributo, también debería haber escrito a su padre y mandarle el dinero que había conseguido y hablarle de cómo iba la situación por allí. Claro que ya poco dinero le quedaba, después de los gastos de los últimos días y su última visita a los dados. Además, iba a regresar pronto. Tendría que buscar trabajo en una caravana, seguramente partiría alguna en los próximos días, sólo tenía que buscarla. Quizás podría convencer a Arshin para que le acompañara, la joven parecía mucho más animada desde que habían salido de la suboscuridad, hablaba más, se reía más. El aire y el sol hacían maravillas... aunque en la suboscuridad no llueve.

16 de Flamerule, Nueva Esperanza, Tethyr.

Parecía complicado convencer a Arshin. Tenía sus creencias firmemente arraigadas y un sentido del honor que Hardash no podía comprender. En realidad, se sentía un poco celoso de todo aquel antiguo grupo al que ella idolatraba tanto, le había contado algunas cosas, pocas, pero eran sus ojos que brillaban cuando los recuerdos acudían a ellos, sus mejillas se arrebolaban. Esperaba no tener que luchar contra un recuerdo, aunque realmente era mejor un recuerdo que una persona real, si no podía enfrentarse a él no tenía porqué pensar en ello. Decidió hablar con ella otra vez y volver a intentarlo, aunque antes iría a ver a Laab y a tumbarse con él al sol un rato.
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Deberíamos dar gracias por los pequeños favores de la vida, como dijo el gnomo cuando se voló una mano cuando podría haberse volado la cabeza.


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Mensaje por roler » Mié Mar 14, 2007 2:37 am

DUERIS GEMACETRO

17 de Flamerule, Aray Burikanae,Salón de Mithril

- ¿Alto Aurak? ¿Está dormido?... ¿Alto Aurak Dueris?...

Los sueños en los que mandaba una legión de enanos en pos de un reino próspero se vieron interrumpidos por una voz masculina... primero lejana, luego cada vez más tangible. Dueris se removió sobre el mullido colchón y un agudo dolor a la altura del antebrazo le hizo regresar rápidamente a la realidad. Ante él se encontraba el joven Bona, acompañado de una mujer enana con el pelo dorado trenzado en dos coletas.
¿Una mujer? ¿En su habitación? Los espíritus del sueño abandonaron rápidamente al viejo clérigo mientras se incorporaba, un poco torpemente a causa del cabestrillo. Su voz, casi de ultratumba dijo:

- ¿Qué ocurre, por la afilada moneda del Padre Corto? - rápidamente se atusó el pelo despeinado y moderó su lenguaje ante la presencia de la mujer, que ataviada con un polvoriento coleto de cuero lleno de bolsillos, y unos extraños anteojos, le miraba sonriente. Intentó alargar una mano en forma de saludo, pero olvidó que era la derecha la que le dolía. Se acordó de Pyradar - Soy Du...augh..

El ruborizado muchacho intentó explicarse, pero la mujer le tomó con rapidez la palabra, adelantándose y mirando con lascivia el pecho desnudo de Dueris.

- Tranquilo, amigo. No hace falta que te presentes - dijo tras sacarse una pasta pegajosa de la boca. Palmeó su chaleco indicando uno de sus departamentos - Fridja Pasorecio, de Transportes y Paquetería Pasorecio. ¿Dueris, clérigo enano?

Sorprendido por la desfachatez de la barbilampiña moza, Dueris sólo pudo asentir.

- Buuuf... ¡menos mal! Por las bolas de Moradin que me ha costado encontrarte entre tanto barullo de gente. Llevo casi medio tenday buscándote, amigo. ¡Ni que fueras el único sacer de toda la Cruzada!. Pues nada, Du, "Transportes y Paquetería Pasorecio le entrega su pedido con aprecio". - y le puso en las manos un pequeño paquete, envuelto en tela y sujeto con una cinta. Dueris lo cogió sin articular palabra. ¿Serían las profecías que había pedido Durothan? Lo dudaba mucho, pues no pesaba.

- Me las piro - dijo la encoletada mujer, haciendo un saludo militar. - ¡Hasta otra guapetones! - Y abandonó la sala tras lanzarle una última mirada, seguida por un desconcertado Bona que no sabía si pedir disculpas a Dueris o cuidar que la mujer no rompiese ningún elemento decorativo.

Una vez que hubo salido, el clérigo deshizo el nudo como pudo y una sonrisa plena de satisfacción acudió a sus labios. Una carcajada profunda sonó extraña en su boca, mientras contemplaba el retal cosido de telas iridiscentes amarillas y rojas en un patrón de cuadrada geometría.
Divertido comenzó a colocar el regalo con alegría mientras pensaba lo mucho que Hardash había apreciado la entrega de su sello del clan Gemacetro. Ahora ya no dudaba , como había hecho días antes, que Hardash nunca se lo jugaría a los dados o lo entregaría a ninguna dama, porque lo consideraba un regalo de amigo.

Satisfecho, Dueris salió de un salto del catre y corrió a buscar lo único que le faltaba para disfrutar del turbante: un espejo...

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