Interludio 1º

El pueblo enano ha decidido reclamar su legado, Shanatar, el mayor de sus imperios, compuesto de ocho reinos cayo hace 3000 años, y sus secretos y riquezas aun aguardan en sus salones. Esta es una historia de conquista, una epopeya de gloria y tragedia que culminara con un renacimiento o con la caída de la oscuridad perpetua sobre este antaño resplandeciente imperio.

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Interludio 1º

Mensaje por artemis2 » Jue Mar 22, 2007 8:34 pm

Tras una decana de vacaciones alguien decidió que podíais sacrificar la otra media que os restaba. Un grupo de Mantos Azur, las tropas de Augustus Fern, que se ocupaba de la organización del campamento y el control de la guardia, comúnmente conocida como los azures, vino a buscaros uno a uno tras la comida. Aquellos tipos vestían, al menos según el criterio enano, como petimetres emperifollados con sus brillantes mantos azul brillante, pero los que no conocían su fama pronto la aprendieron por las bravas, puesto que todos los azures eran veteranos del interregno y tropas altamente preparadas.

Dueris, Pyradar, Volhm, Alanthir, Arshin y Xandros, por ese orden os fuisteis reuniendo junto a tres azures, educados, con maneras militares, pero con poca predisposición a decir algo más que “señorita”, “caballero” y “ordenes”. Los saludos fueron más o menos alegres, dependiendo de a quien fueseis a buscar, y en algunos casos el desanimo por afrontar una nueva misión tan pronto. Pyradar era de los contentos, una oportunidad de partir cabezas le vendría bien, aunque fuese con esos listillos de los humanos.

Tranquilizados un tanto no pudisteis evitar notar que a la falta de Hardash se unía la de Adrian. Aun os sorprendíais por esto cuando se unió un nuevo miembro a vuestra comitiva, un tipo fornido y con cara de pocos amigos que olía todo él a miembro de los Templarios de Tempus.

Pero no fue la última sorpresa, ya que pronto el grupo pasó a buscar a Hardash, el cual había decidido permanecer con vosotros por el momento, no podía permitir que os perdieseis por ahí.

Apenas habíais tenido tiempo de unos breves saludos y presentaciones cuando llegabais a la Catedral de las Canciones. Si desde lejos resultaba curiosa de cerca resultaba impresionante, y tras entrar simplemente un milagro. Incluso a Volhm y a Alanthir les maravillo aquella construcción mágica. Formada a partir de cristales facetados de los más variados colores aquella estructura parecía vibrar con el viento, imperceptiblemente a la vista aunque no al oído, dejando una maravillosa melodía de fondo, la decoración parecía lujosa aunque no ostentosa, como si estuvieseis entrando en la mansión de un antiguo y poderoso linaje noble en el que las obras de arte fuesen una afición hereditaria. Fuisteis conducidos por un gran recibidor, en cuyo centro levitaba una gran esfera de cristales de colores cuya aura mágica era perceptible a simple vista, hasta unas escaleras de medio arco que ascendían hasta una serie de puertas, en la tercera de las cuales entrasteis.

Un despacho que bien podría haber pertenecido a un canciller real se abrió ante vosotros, y en él su único ocupante sentado en una silla junto a la ventana con una copa de licor de en la mano. Alto, de casi metro noventa de altura, ojos azules como el cielo y el pelo castaño claro, con un solo mechón de pelo blanco naciendo en la frente, en el que cada uno de sus componentes parecía conocer bien su sitio. Una faz aristocrática y amable os recibió con una franca sonrisa y una mano bronceada, cuidada, pero firme, os invitó a sentaros frente a él.

- Vaya, así que vosotros sois los que armasteis todo ese lió en Grandnor, es un placer conoceros.- Os saludó una voz calidad, amable y con un timbre bien cuidado, de los que desarman a propios y extraños.- Me alegra volver a verle maese Alanthir, para los demás, soy Augustus Fern, y me temo que soy vuestro nuevo jefe.


Pocos conocíais a aquel personaje que sin embargo era bien conocido, y temido a partes iguales, en los Imperios de las Arenas, pero aquellos que sabíais de él pudisteis sumar veracidad a la leyenda que corría de que consiguió rendir una ciudad durante el Interregno con la única fuerza de su voz. Tras unas pocas presentaciones y formulas de cordialidad un asistente trajo bebidas, las preferidas de cada uno. Fern os explicó en que consistía el grupo de Operaciones Especiales, el cual al parecer básicamente eran una serie de grupos aventureros veteranos reunidos para realizar misiones en que encajaban ellos mejor que el ejército. Y realmente parecía más una compañía aventurera que parte de aquel rígido ejercito. Teníais una autonomía casi total una vez elegíais una misión, por que, excepto en casos excepcionales, cada grupo escogía de entre las misiones que habían disponibles, aunque habían una serie de normas de compromiso a respetar. Sobretodo en el caso de bandos neutrales en el conflicto, nadie quería más enemigos contra la Cruzada, y en el caso de los tesoros encontrados, con que los enanos eran más bien inflexibles.

- Supongo que estaremos todos de acuerdo que esto encaja bastante mejor en vuestro estilo que el del ejercito de la Cruzada.- Indicó Augustus terminando su explicación y pasando a responderos vuestras preguntas.


- Caballeros, señoritas- añadió con una cortes inclinación de cabeza hacia las damas de la sala-, temo no disponer de más tiempo así que les dejo en manos de alguien que les enseñara las dependencias de Operaciones Especiales mejor que yo, y les espera entrada. Espero verles a todos en la opera que se celebrara en la torre dentro de dos noches, cuento con todos ustedes.


Al salir de la Catedral os esperaba una menuda semielfa, de apenas un metro sesenta y
poco, con el pelo rojo como el fuego y unos ojos verdes como la hierba fresca en primavera, de rostro simpático y ropas provocativas. La muchacha dijo llamarse Syanna, una nativa de Tethyr y líder de su grupo, uno de los primeros en unirse a Operaciones Especiales. Os acompaño hasta una estructura de madera cercana, sin carteles ni señales y con la puerta custodiada por un azur. La sorpresa vino cuando al entrar os encontrasteis con una posada como la que uno esperaría encontrarse en prácticamente cualquier camino de Faerun.

Al parecer Fern había pensado que con individuos tan atípicos, a la par que valiosos, lo mejor era usar sistemas atípicos, a la vez que cómodos y conocidos para ellos. Tan solo podían entrar allí los pertenecientes a Operaciones Especiales, u OI como solían llamarlo, y las misiones se escogían de entre las colgadas en el tablón

Cinco eran las misiones que estaban en esos momentos en el tablón, las misiones consistían en tarjetas de papel colgadas en un tablón de madera, al más puro estilo posada de aventureros del Norte. Incluían una somera descripción y poco más, así que suponíais que para informaros del resto deberíais esperar a elegir la misión con el posadero, que al parecer era el oficial de intendencia.

La primera tenía nombre propio, Verdron. Al parecer la fuerza expedicionaria enviada a Grandnor había roto con facilidad las murallas driders solo para encontrarse con cientos de zombis saliendo de allí. Por supuesto esos no muertos no suponían un gran problema para el ejército enano, pero la cosa cambio cuando todos los muertos por aquellos zombis se alzaban a su vez como no muertos, y los heridos caían enfermos de fiebres que terminaban culminando en su muerte y posterior alzamiento. Cientos de enanos cayeron antes de poder sofocar aquel brote necromántico, y de los driders y Verdron no había el más mínimo rastro, aunque los exploradores sospechaban que había huido hacia el oeste, hacia territorio de diversas tribus de trolls y kuo-toas, fuera del control enano.

La segunda consistía en localizar, y destruir, o al menos llevar su localización al ejército, al líder de los quaggots, que había conseguido superar a todas las tropas enanas, eliminando a no pocas en su camino. Al parecer el arthane sospechaba que los quaggots que se encontraban eran distracciones y que estos estaban reorganizando sus fuerzas. Se sospechaba que se encontraba hacia el noreste, cerca del límite del antiguo reino de Sondarr.

La tercera consistía en regresar a Grandnor y seguir unos túneles descendentes en los que se había detectado cierta actividad infernal. Una vez en ellos había que evaluar el riesgo de esas criaturas y su origen, neutralizarlos ambos en caso de ser posible y si no volver a informar para el adecuado sellado de esa zona.

La cuarta consistía en localizar y determinar intenciones y tamaño, y neutralizar en lo posible, cierta actividad drow detectada al sur de la región. Poco se sabía sobre ella excepto que se habían reunido con un drow que una patrulla persiguió desde Grandnor. Al parecer el drow había burlado a toda la patrulla excepto al mago, al cual dejo vivo tras romperle las muñecas y la mandíbula sin que él pudiese hacer nada.

La quinta estaba siendo recogida en ese momento por un enano con un parche en su ojo izquierdo y más pinta de mala uva aun que cualquier enano que hubieseis visto hasta el momento. El enano no se molesto en responder siquiera al saludo de la semielfa y se dirigió hacia la única mesa ocupada por otros seis enanos, que parecían estar en una competición sobre quien llevaba la armadura más pesada.

- Bueno, hay cierto espíritu competitivo entre los distintos grupos, en ocasiones malentendido, aunque todos son buena gente, a su manera al menos.- Os indicó Syanna con su risueña voz mientras pedía unas cervezas y se disponía a despejar vuestras dudas.- Por cierto ¿Vais a ir a la opera?
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Iridal
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Mensaje por Iridal » Dom Mar 25, 2007 2:40 am

VOLHM

Cuando los azures aparecieron acompañados de Dueris y de Pyradar, Volhm lanzó un suspiro, no por el prematuro fin del periodo de asueto, sino por la hora. Aunque no se había permitido reacostumbrarse a la rutina halruana de la siesta, aquellas horas las solía pasar recluida en su tienda, estudiando, y definitivamente aquel era el peor momento para una interrupción sin previo aviso. Hizo una seña a su sirviente invisible para que le ayudara a recoger los libros abiertos encima de la mesa y a guardar sus anotaciones, antes de reunirse con sus compañeros.

-Perdonad la demora. Me habéis tomado totalmente por sorpresa. ¿Conocéis la razón de este repentino cambio de planes? –Volhm estiró distraídamente las voluminosas mangas de su túnica, pues en aquellos días había sustituido la relativamente sencilla túnica de viaje por la ricamente bordada de un guardián de la Urdimbre.

Fueron a buscar a los otros. Volhm había de admitir que tenía cierta curiosidad por saber dónde se alojaba el hereje, pero no se demoraron, pasando a recoger a uno tras otro de sus compañeros. Sonrió afectuosa a Arshin, saludó con cierto entusiasmo a Xandros, pensando que al menos sus estómagos estarían bien cuidados durante la próxima misión, y se quedó mirando, sorprendida, al gigantón que por lo visto iba a sustituir a Hardash. Inclinó la cabeza ante él ceremoniosamente y se presentó:

-Soy Volhm Ilmareth, guardiana arcana al servicio de la Dama de los Misterios. ¿Vos sois…? –Tras hacer una pausa para que él se presentara, añadió-: ¿Cómo es que os han asignado a este grupo?

Pero aun le esperaba una sorpresa más… Adrian no estaba, y parecía que Hardash, después de todo, no había sido capaz de abandonarles.

-Me alegro del cambio de planes… -le dijo, suavemente. No obstante, de pronto enmudeció, pues habían llegado a la Catedral de las Canciones, y ésta era inesperadamente bella, vibrante con magia. Volhm se detuvo un momento a escuchar la canción; era extraña, muy queda, como el eco de un sueño, y como los sueños, era eternamente cambiante y brumosa, como algo que ha existido siempre pero lleva largo tiempo olvidado. Le traía a la mente pensamientos y anhelos vagamente recordados. Volhm la apreció en su justa medida, diciéndose que resultaba extraño cómo las mejores melodías no solían ir asociadas a palabras, y a veces ni siquiera a un compositor. Sonrió levemente. Sólo un mago de salón podía idear un edificio así. ¡Aquellos bardos…!

La esfera levitante llamó poderosamente su atención. Una vez más, se detuvo para apreciar su belleza bajo la luz de Mystra, aunque incluso alguien desprovisto del toque de la Dama podría sentir su aura a simple vista.

Vista la Catedral, Fern no supuso una sorpresa. Ropas adecuadamente lujosas y llamativas, modales seguros de sí mismo y corteses. De no ser por la estatura y el aspecto físico casi podría pasar por halruano. Casi.

Volhm le dedicó una pequeña reverencia protocolaria en atención a su rango y a su carácter de anfitrión, y desgranó unas cuantas fórmulas de cortesía antes de hacer alusión a sus palabras. Aun cuando sentía flotar por encima de su cabeza la fuerza intangible que era su invisible sirviente, Volhm se valió de sus propias manos para apartar la silla que le era indicada, cumpliendo con su obligación de huésped.

-El placer es compartido, y sí, fuimos nosotros, los “pequeños retoños indisciplinados” –dijo Volhm, con cierto humor, repitiendo las apreciaciones del nuevo arthane mientras tomaba asiento-. ¿Decís lo de “me temo” con segundas intenciones? Os aseguro que no somos “tan” terribles.

-No, querida, lo temo por vosotros -contestó Fern tranquilamente-. Tengo fama de ser un jefe duro, y mi fama nunca llega a hacer justicia a la verdad.

Volhm sonrió levemente, con cierta ironía. -He de felicitaros por este maravilloso edificio, por cierto. Es un placer para la vista y el oído -reconoció-. ¿Me permitís preguntar si la esfera levitante tiene alguna funcionalidad además de su valor estético?

-¿El orbe? -preguntó Augustus enarcando una ceja-. ¿No os parece precioso?

-Sobremanera -contestó Volhm, pero no insistió al ver que Fern no deseaba contestar a aquello. Al fin y al cabo, ella tampoco lo hubiera hecho en su lugar.

Aun mientras hablaba, Volhm se preguntaba de qué conocería Fern al hereje. Aceptó distraídamente la bebida que le trajo un asistente, y escuchó las explicaciones del bardo. Miró de reojo a sus compañeros, preguntándose si aquel estilo tan flexible era en verdad adecuado para ellos. Sin duda eso les evitaría meterse en más líos cuando –porque tenía muy claro que aquello sería un “cuando” y no un “si”- decidieran emprender un camino dependiendo de su propio criterio y no de unas estrechas órdenes, pero… ¿conseguirían ponerse de acuerdo antes de un par de años?

-Lo de las normas de compromiso lo veo lógico. No obstante, por el campamento se alude a los de Operaciones Especiales como los “chicos suicidas”. ¿Hay algo que compense la alta… mmm... peligrosidad de esta nueva posición? –inquirió, con la cauta desconfianza de todo halruano, y eso a pesar de que la flexibilidad de aquella nueva asignación le venía de perlas, pues tenía muy claro que ella personalmente supeditaría los intereses de Halruaa y de la Dama a los de la Cruzada. Pero, como diría Kadisha, no convenía adquirir a ciegas un compromiso.

-Claro que hay compensaciones, querida, pero me temo que para acceder a ellas primero hay que cumplir misiones -respondió Fern sonriente-. De todas formas no hagáis mucho caso a los rumores, suelen ser poco veraces.

¿Poco veraces? Seguro, pensó Volhm, irónicamente. Pero frunció levemente el ceño ante el tratamiento de "querida"

-Sí, imagino que hay que cumplir misiones primero -contestó, imitando el tono de él-. Sólo buscaba información.

Finalmente se dirigieron al cuartel general de Operaciones Especiales, guiados por una semielfa vestida un tanto impropiamente. Volhm tuvo que recordarse mentalmente varias veces que no se encontraba en Halruaa para evitar prejuzgar a la mujer bajo falsos criterios. Aunque desde luego el atavío –o falta de él- de la joven no ayudaba a disipar la concepción halruana de que todas las semielfas eran poco menos que meretrices.

De modo que mantuvo un cortés silencio hasta que llegaron al cuartel, que sorprendentemente era una posada. Volhm, que no se esperaba aquello, se acercó al tablón a leer los anuncios de las misiones. Posó su mano morena sobre el primero de los anuncios.

Verdron.

Sabía que el renegado sería fuente de problemas…

Frunció el ceño, recordando lo que Kadisha le había dicho aquella misma mañana. Aun no había asimilado totalmente las implicaciones de aquello, pero a su entender sólo podía significar más problemas.

Verdron Akhlaur. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Los halruanos son criados con una fuerte creencia en la herencia y el destino, y no podía negar que su encuentro anterior con el renegado la había impresionado, enojado, inquietado e intrigado a la vez. Se preguntó qué habría pasado si él hubiera sabido que ella era una descendiente lejana de la némesis de su padre. Siete generaciones influían incluso en la rígida concepción que todo halruano tenía de la herencia, pero el sentido de tiempo de él, tan longevo, tal vez le diera otra perspectiva.

Akhlaur había sido una constante en su vida, siempre. Reflejada en las férreas creencias de su madre, en las penalidades –y la postrera catástrofe- que le había acarreado la infructuosa búsqueda de Tzuriel en el Pantano de Akhlaur, e incluso en la forma en que la diadema de Charice Ghalagar, la última de los verdaderos Ghalagar, había llegado a sus manos… Si el Pantano hubiera resultado menos letal, ¿habría recibido ella aquel instante de presciencia, aquel precioso momento de iluminación? ¿Seguiría ahora el camino que la Dama había extendido bajo sus pies, o por el contrario se encontraría en Halarahh, siguiendo los pasos de Kadisha? Sí, Akhlaur, aunque fuera de manera indirecta, había determinado el curso de su vida, y buena parte de lo que ella era.

Pero nunca hubiera imaginado que Akhlaur llegaría a ser para ella más que una sombra distante del pasado. Nunca habría imaginado que se encontraría con un descendiente de él. Aunque, ¿acaso importaba? Akhlaur había sido exiliado del mundo y nunca volvería. Los Ghalagar habían seguido adelante y prosperado, pero no como tales: habían vendido su identidad a su orgullo. Y los Reiptael se habían colapsado, incapaces de sobrevivir como clan después de la vergüenza que les había acarreado los actos del más poderoso de los suyos.

Sabía lo que le diría su madre si estuviera allí en aquel momento. Le diría que recordara su herencia, su deber, su destino. Tres conceptos ineludibles para una Ghalagar adivinadora al servicio del Señor; los pocos Ghalagar que se habían negado a sucumbir a su orgullo y a cambiar de nombre sobrevivían como una terca minoría aferrada a la Iglesia de Azuth, consagrada a no olvidar nunca lo que una de los suyos hizo una vez, manteniendo vivo el recuerdo de lo que significaba una ambición exacerbada, renegando de todo el orgullo del que sus antiguos parientes, los Noor, hacían ostentación.

Pero yo no soy Ghalagar. Soy una Ilmareth, pensó Volhm. La sangre y la magia de los Ghalagar puede correr por mis venas, pero soy una Ilmareth, siempre.

Verdron no era Akhlaur Reiptael. Y ella no era Noor Ghalagar. Y tampoco era una inquisidora, alabada fuera la Dama por ello. La Señora no pedía un inflexible código de conducta arcana, sólo respeto, admiración y sobrecogimiento hacia el Arte.

El renegado era peligroso y estaba resentido. Sin duda debía ser controlado. Pero la injusticia cometida contra él le resultaba inquietante, un tanto vergonzosa. Resultaba difícil reclamarle responsabilidades cuando otros habían negado las suyas propias para satisfacer sus ansias de venganza y calmar sus miedos…

Así que, con un encogimiento de hombros, se desvinculó de aquello y siguió a Syanna hasta una mesa libre. Distraída, hizo un gesto y en respuesta una de las sillas se desplazó como por sí misma, movida para ella por la diligente entidad incorpórea que la acompañaba.

-Sí, iremos a la ópera –respondió a la semielfa mientras tomaba asiento-. Espero la velada con cierta expectación, de hecho. –Se volvió hacia el hereje-. ¿De qué conocíais a Fern, maestro Alanthir? –Y a los otros-: ¿Qué misión os llama más? A mí en principio me da igual. –Al fin y al cabo, si había de ser los ojos de Halruaa ante posibles apariciones de phaerimm, cualquier lugar era bueno para inspeccionar-. La única que llama más mi atención me inspira sentimientos ambivalentes… -Sus ojos se desviaron hacia el tablón de anuncios, sin poderlo evitar.

Sus dedos se deslizaron por su melena, como asegurándose de que el complicado peinado siguiera en su sitio, pero en realidad lo que quería era notar la cálida vida de la diadema de Charice Ghalagar. La diadema que habría sido heredada por Noor Ghalagar si no hubiera muerto a manos de su maestro Akhlaur, tras traicionarle y abrir la puerta a su exilio.

A veces el destino se complacía en extraños caprichos…
Última edición por Iridal el Jue Mar 29, 2007 1:04 am, editado 1 vez en total.
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Zaitsev
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Mensaje por Zaitsev » Lun Mar 26, 2007 5:26 pm

Xandros

Se había emborrachado como hacía mucho tiempo que no lo conseguía. Xandros siempre había intentado seguir el ritmo de los enanos, pero no resultaba nada fácil, y el cuerpo del guerrero terminaba por pedir tregua. Al principio todo eran cánticos, juerga y fiesta que a medida que avanzaba la velada acababa tornándose en melancolía y tristeza desmedida. ¿Por qué estaba él allí? Nada se le había perdido en las tierras de los enanos, nada le interesaba lo que allí pasaba. Su corazón y su alma seguían en Espolon de Zares. Nunca se había movido de allí. Las lagrimas acababan por aflorar a sus ojos cuando nadie le veía y el alcohol abotargaba sus sentidos. Siempre

-¡Maldito destino!.- Se dijo una noche, lamentándose de su suerte.

-¡Maldito idiota!.- Concluyó cuando la resaca hubo concluido a la mañana siguiente. Él había sido quien había decidido internarse en la suboscuridad. Él había dejado a su amada plácidamente dormida en la cama tras una noche de pasión. Él había sido quien tuvo que emborracharse para hacer frente a la despedida. Él era quien había decidido que todo eso pasase. Y él sería quien rectificaría su error. Se había equivocado. Ya era hora de que lo reconociese de una vez. Estúpido terco obstinado. Tus días de guerrero pasaron. Ya no eres la mente brillante en el campo de batalla, ya no eres el mejor blandiendo una espada. Solo eres un mortal. Un mortal con sentimientos. Un maldito mortal que sufre y siente, y peor que eso, que ama sin querer amar, pero esta encantado de hacerlo. De perderse en noches de bailes bajo la luz de la luna, de insultarla y después morderla los labios, de dejarse mecer y aullar en noches de aguardiente y líquidos desconocidos. ¡Que diablos! Odiaba esa maldita oscuridad asfixiante, quería el resplandor de los astros, quería el aliento en la nuca. Ya no estaba hecho para dormir en cualquier lado, de cualquier manera.

Quería el jaleo de la ciudad, quería la guerra de ella, de su cuerpo, quería la oscuridad de sus ojos, no de grutas enanas. Quería amarla, pero no en la distancia, sino sobre una cama y no de fieltro, si no de sueños por cumplir. Quería hierbabuena y almizcle, no fetidez y quagoths. Quería cocinar para ella, y comérsela entera de manera desenfrenada.

Noche sí, noche también se prometía: mañana vuelvo. Y no volvía. En vez de eso se emborrachaba hasta perder el conocimiento, hasta que concluyó la decana que tenían de vacaciones. Entonces recuperó la cordura, y su cuerpo, libre de los efectos del alcohol, decidió abandonar la empresa enana. Abandonar Shanatar. Abandonar esa vida. En Tezhyr había logrado el nombre que la vida le había negado, y más importante que eso: había encontrado, sin quererlo, un motivo por el que vivir, por el que luchar. Había sido un gran guerrero porque tenía una meta, un objetivo por el que combatir. Ahora eso no estaba en su horizonte, sino en la retaguardia. Por eso tenía que volver. Quería volver, y si no lo hacía, acabaría suponiendo un peligro para sus compañeros.

Habló primero con las pertinentes instancias, para después, dirigirse a los que fueron sus compañeros por breve espacio de tiempo. A todos ellos saludo afectuosamente, e invitó a pasar por Espolon de Zares cuando la vida les presentase la oportunidad.

-Aquí tienes tu orbe, te agradezco enormemente el servicio que me ha prestado.- Dijo devolviendo el artefacto mágico a la maga. Ellos lo iban a necesitar más que él. Después, continuo dirigiéndose a todos.-”Tu supervivencia es la mía”. No lo olvidéis cuando volváis a estar allí abajo.-Sonrió, confiaba en verdad que terminasen de limar las asperezas de aquel grupo. Quien sabía, tal vez en un futuro, los dos magos apareciesen en el umbral de su puerta dados de la mano. Tymora es realmente muy caprichosa.

Después de despedirse de sus compañeros, y de cumplir con todos los protocolos y las despedidas de rigor, Xandros se encaminó hacía la superficie. Volvía derrotado, y lo que es peor, reconocería estar enamorado.

Antes de llegar a la capital de Tezhyr, compraría un hermoso anillo. El más bello que encontrase, y le pediría matrimonio. Nunca más serían unos primos. Jamás. En cuanto llegase a su tierra, por fin, ambos serían marido y mujer.

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Larloch
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Mensaje por Larloch » Mar Mar 27, 2007 6:46 pm

ALANTHIR

Golpearon a la puerta. Enarcó al ceja con cierta curiosidad, no esperaba a nadie y desde luego, y ni por asomo esperaba que la Ciudad le hubiese respondido tan pronto. No, aunque de ser así igual había alguna urgencia o necesidad.

Se levantó y con gesto serio abrió la puerta. Miró a los dos guardias que había en la puerta. Suspiró, ¿guardias aquí? Ignoraba que podían querer.

- ¿Puedo ayudarles en algo?.- Preguntó con cierta desgana, odiaba perder el tiempo en una trivialidad cuando podría estar tomando notas en el conjuro que llevaba desarrollando desde que había tenido tiempo libre.

Su respuesta fue seca y concisa. No necesitaba más, les hizo esperar mientras recogía sus cosas y les siguió con cierta desgana inicial. Siempre le costaba separarse de sus estudios, aunque fuese como en este caso algo ya asumido desde un principio. Pero la ciudad contaba con él.

Cuando llegó apenas estaban Dueris, Pyradar y Volhm. Saludó a cada uno como correspondía. No era aquella una reunión de viejos amigos, más bien se toleraban y se aceptaban a regañadientes por el bien de sus respectivas misiones.

Miró con curiosidad al nuevo, así que el grupo había sufrido cambios....

- Saludos, milord, Alanthir de la casa Nthalar, un placer conoceros.

Y tras él una vorágine de cambios, por un lado Adrian no seguía con ellos, por el otro parecía que Hardash si que se mantendría dentro del grupo. Bueno, al menos reiría un rato al ver las pullas entre la maga y él. Halavar hubiese sacado una parodia seguramente.

La partida de Xandros lo cogió por sorpresa, escucho con gesto grave sus palabras y se despidió de él.

- Que el velo de la Dama de la perdida te cubra en tú viaje maese Xandros.- añadió con solemnidad mientras el guerrero se iba.

Una vez reunidos, avanzaron hacia la Catedral de las Canciones. Conforme entraba le fue cautivando. Parecía como una buena pieza de teatro en si misma. Primero, sutil, ligera, pero conforme se adentraba uno en ella los matices aumentaban, las imágenes ganaban fuerza y por último toda ella ganaba en majestuosidad. Impresionante era la única forma de definirla.

En Umbra no había un edificio así, había de más majestuosos, más imponentes, pero todo este parecía transmitir una sensación y una imagen que ningún otro edificio en la Ciudad conseguía.

Siguieron hasta que se encontraron con Fern. Sonrió al reconocerle, parecía que atraía las miradas de gente poderosa.

- Un placer veros de nuevo milord.

Cogió la copa que le tendían y la sostuvo durante un rato mientras Fern desgranaba su explicación. Tenía razón en que pegaban más con este estilo, la flexibilidad en un grupo así era importante y dudaba que los enanos hubiesen visto esa necesidad.

Dejó que el resto hiciesen preguntas, el sistema por el que se iban a guiar le parecía el mejor y discutir sería altamente contraproducente. No le veía sentido. Miró brevemente como la halrueiana parecía negociar, en una forma que casi parecía un insulto a su huésped. Ignoró su comentario.

- ¿Cuál es la situación de la Cruzada después de la lucha contra al horda de quaggoth? Por otro lado, entenderé que no respondáis a la pregunta milord...

¿Opera? Aquello era nuevo, pero no lo dudo ni un instante, intuía que la opera tendría más de acto protocolario que de verdadero entretenimiento.

- Será un honor asistir milord, perdonad la indiscreción, ¿qué obra será representada?
Salieron y se encontraron con la semielfa que les serviría de guía. La saludó con cortesía y la siguió con cierta curiosidad por ver como habría montado todo el grupo de “operaciones especiales” Fern.

Tomó con tranquilidad la jarra de cerveza que le trajeron y bebió un sorbo. No era de su afición, pero lo cierto es que era gustosa. Tenía cuerpo, un sabor un tanto afrutado en e regusto y una punzada de alcohol en el regusto final. Pero era suave. Bebió otro trago, con tranquilidad. Le tenía que durar toda la velada.

- Milord Fern y yo tuvimos un breve encuentro.- Hizo una pausa mientras miraba a la halrueiana.- Breve, pero en su honor, debo de decir que sumamente interesante e ilustrativo.

Miró el tablón de anuncios con tranquilidad, tampoco quería extenderse mucho más en una charla que concernía a la Ciudad.

- Personalmente ninguna de las misiones es de mi interés directo, pero a nivel personal me parecen interesantes tanto la de Verdron como la de la presencia infernal.- Hizo una pausa.- Verdron es un sujeto muy interesante.- Miró brevemente a Dueris y Pyradar, intuyendo sus respuestas.- y personalmente creo que es un problema que se debe de solucionar antes que cualquier otro. A la larga, los pequeños sujetos o problemas son los que rompen los esquemas, no las grandes amenazas.

Hizo otra pausa de nuevo, intuía que desde aquél comentario los enanos lo odiarían. Sonrió, total podía vivir sabiendo que al menos tres personas del grupo lo odiaban.

- La presencia infernal es cuanto menos curiosa. Me imagino que será cualquier cosa, porque nunca he tenido constancia de que los phaerimm usasen infernales, pero como todo, esto puede cambiar. Los phaerimm destacan por sus habilidad e inteligencia, con lo que espero cualquier cosa de ellos.

Bebió otro trago de cerveza.

- Pero como he dicho, no son unas opciones inamovibles, más bien son misiones motivadas por el interés y cierta curiosidad. Puede entender que nos decantemos hacia otra misión de mayor interés para la Cruzada. Al fin y al cabo, los phaerimm dudo que aparezcan de inmediato.
Recopilación en proceso: Mi versión de la ciudad drow de Eryndlyn.

Ultima recopilación de información: La ciudad calishita de Almraiven

"El poder tiene su propia belleza. Quizá la más bella combinación de potencia y gracia entre las criaturas mortales de Toril sea la de un dragon." Sammaster, Tomo del Dragón

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roler
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Mensaje por roler » Mar Mar 27, 2007 11:17 pm

DUERIS GEMACETRO

[Salones de Mithril]


Saboreó con lentitud el pan y la mantequilla mientras miraba los pequeños jardines subterráneos del Beljuril de la Iglesia de Dumathoin.

- Bona, más zumo, por favor. - dijo distraidamente.

El joven acólito se apresuró a servir a Dueris, que aún tenía el brazo en un cabestrillo. Habían pasado diez días en los que el anciano sacerdote y él se habían puesto al corriente de la política, economía, religión y chismorreos de la raza enana de Norte a Sur de Faerûn y puede que de algún otro Plano.
Lo cierto es que lo necesitaba. Su estancia en los Salones de Mithril, como gustaba llamarlos Durothan, le trajo recuerdos profundos de su infancia, cuando su abuelo Lambryn, sangre de Daram, le explicaba los metales apilando monedas de oro, plata, electro y cobre, siendo Dueris poco más que un hirsuto bebé.
Distraído acarició el colgante que el clérigo dumathoino les había entregado a Pyradar Crownshield y a él y que les convertía, de la noche a la mañana, en héroes de la Raza. ¿Dónde estarían sus compañeros? Seguramente malgastando las piezas de oro que el Consejo había suministrado para llenar las arcas de la Cruzada.
Un carraspeo lo sacó de sus pensamientos:

- Hurndorn de Vergadain, mi señor, estos hombres le reclaman.

Dueris los miró de arriba abajo. Eran tres "azures" de los que desconocía sus habilidades pero que sí sabía que eran de las soldadas más caras de la Cruzada. Eso instintivamente le hizo fruncir el ceño.

***

[Barracones de la Cruzada]


Desde luego la simpatía no era una de las habilidades por las que se les pagaba a aquellos guardias de campamento. Lo único que les pudo sonsacar fue que iba a ver a sus amigos, pues él los consideraba así, de la Compañía Arcana. Saludó agradecido a Pyradar, que miró con preocupación su brazo en cabestrillo. Dueris sonrió con la mirada y zanjó la pregunta antes de que saliese de los labios del soldado. A Volhm y Alanthir los saludó cortesmente, y a la primera incluso le hizo una reverencia. Arshin parecía más contenta que de costumbre y por lo visto, más unida a Hardash, que había retornado al redil, quizás por falta de liquidez o por amor, pensó el enano. Dueris dudó en reclamarle el anillo de rubíes, pero meneó la cabeza y en un momento que estaban más separados del resto, abrió su capa para mostrar la tela del turbante que había decidido emplear como fajín. Luego le guiñó el ojo y echó a correr hacia la parte delantera de la comitiva. Se sentía como un crío haciendo travesuras.
Adrian no había aparecido, y Xandros se presentó para despedirse. Dueris no pudo más que ponerle tres monedas de oro en la mano, con la bendición de Vergadain:

- Una para ti, por tu lucha por nuestra causa. Otra para tu amada. Y la tercera guárdala para tu hijo que nacerá pronto y será fuerte como su padre.

Sin embargo adoptó una pose más crítica con el nuevo hombre que se había incorporado al grupo. Era como un enano, ancho de espaldas, trabado, pero con el doble de estatura. De su ser se desprendía una poderosa energía vital caótica que le hizo arrugar la nariz. Tempus era el dios de la sangre y la guerra de los humanos, y por lo que sabía de la Espada Llameante, tan abrasivo en su política como los testarudos clérigos de Clangeddin. Dueris se dijo a si mismo que no debía hacerlo, pero no pudo evitar relacionarlo directamente con los ancianos clangedditas que le habían enviado a la Cruzada argumentando que debía "ver la batalla de cerca".

- Hurndorn Alto Aurak de Vergadain el Príncipe Mercader, Miembro Cuarto Representante del Clan Gemacetro en el Consejo de los Señores de las Profundidades de la Brecha.- le dijo, manteniendo las distancias, aunque cumpliendo con las cortesías. Esperaba que no fuese tan beligerante como los clangedditas que conocía.

***

[Catedral de las Canciones]


Dueris se mantuvo al margen de la conversación con Augustus. Toqueteó la estructura de la Catedral y admiró el buen gusto de Fern. Las comodidades con que se cuidaba aquel hombre impoluto, carismático y poderoso eran parecidas a las que él disfrutaba en su despacho de Aefindar Ultokhurnden en Terracor. Realmente le importaba poco su pertenencia al grupo de Operaciones Especiales, pues el enano se sentía al margen de toda aquella parafernalia marcial. Sólo prestó atención a lo alusivo a los tesoros encontrados, subrayando con asentimientos las palabras del humano. Cuando Augustus nombró la Ópera, Dueris se alegró de haber traído sus ropas de gala, pues había escuchado que no sólo era un evento musical de consideración sino un lugar en el que era importante ver y ser visto. Además hacía mucho tiempo que no disfrutaba de buenas voces. Dueris sabía cantar y tenía una poderosa voz de heldentenor, ejercitada durante años en los salmos a Vergadain, acompañada por el agudo tintinear de las monedas y los instrumentos de metal.

***


[Centro de Operaciones Especiales]


Cuando Syanna les enseñó el local, Dueris, por tercera vez aquella mañana frunció el entrecejo. Desde luego aquel no era su lugar. El ruido y el olor a alcohol rancio se cebaron en sus oídos, provocándole un instantáneo dolor de cabeza. A pesar de sus viajes, el clérigo siempre había evitado aquel tipo de establecimientos en los que había que gritar para pedir una cerveza, y en los que en muchos casos el posadero limpiaba las jarras con sus propios fluidos. Un poco confuso, a punto estuvo de perder la compostura ante aquel enano de torva mirada con un parche en el ojo, al que golpeó con la vista pidiéndole educación e intentando hacer valer su edad.
Incapaz de concentrarse, ignoró las puyas de Alanthir, pues había comprendido que su veneno era como el de las ortigas: escocía mucho pero no había de que preocuparse.
Independiente de la decisión del grupo, para él, la decisión estaba clara. Verdron se había transformado en una amenaza aún mayor... y aunque le repelían las extrañas maneras de aquel ser, su refugió estaba situado demasiado cerca del Ojo de la Montaña que habían descubierto como para dejar que merodease a sus anchas por Sondarr.
Ante la pregunta de Volhm, se estiró al tablón, cogió el papel y lo tiró sobre la mesa, añadiendo rotundo y sinceramente ofendido:

- Esta debería ser nuestra elección. En cierta medida somos responsables de su actitud, y creo que preparados podríamos demostrarle modales a ese tal Verdron, esta vez sin ser presa de sus artimañas.

Y recordó como aún tras sus largos periodos de meditación en casa de Durothan no había sido capaz de olvidar aquellos rostros enanos preparados para morir liberados luego por el caprichoso muerto viviente.
El dolor de cabeza, el ruido y la excitación tras la calma embriagaron a Dueris con un nuevo licor del que no debería abusar: la venganza.

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Iridal
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Mensaje por Iridal » Mié Mar 28, 2007 2:02 am

VOLHM

Volhm contempló incrédula el papel sobre la mesa, y luego el rostro barbado de Dueris. ¿Era ansias de venganza aquello que animaba su rostro? Parecía tan incongruente en el conciliador Dueris… pero ya había aprendido, el día en que conocieran a Verdron, que bajo las maneras amigables y en cierto modo excéntricas de aquel anciano residía la fortaleza de carácter y la tozudez de un auténtico enano.

Alargó la mano para coger el papel y lo retorció entre sus dedos.

-¿Debería, Dueris? No sé si debería ser nuestra elección. Realmente no lo sé –dijo Volhm, en voz baja y con lentitud. Se tomó unos segundos para reflexionar. En cierto modo debía confesar que había considerado aquel asunto como “suyo” No creía que ninguno de los otros pudiera interesarse por el renegado, salvo tal vez Alanthir, y en su caso sería por las razones equivocadas.

-Realmente, no lo sé –repitió. Alzó la vista para mirar a sus compañeros-. He aprovechado estos días de descanso para acercarme a Halruaa e investigar un poco sobre él. Y… mi señor Dueris, no creo que estemos en condiciones de “enseñarle modales” Es peligroso. Muy peligroso –repitió, con énfasis-. Lo que nos vino a contar, en su forma un tanto críptica, parece ser cierto….

Hizo una pausa.

-Aunque si dudo en ir a por él no es por su peligrosidad ni por su poder, sino porque, en cierta manera, me parece que ha sido víctima de una injusticia… una injusticia relativa –apuntilló-. Si realmente sus intenciones son apartarse del mundo y vivir en paz, sería una crueldad, y una necedad, ir a enfrentarse con él. Eso sólo puede hacer que haya más muertos… de los que ya ha habido. –Miró el papel. Centenares de enanos muertos. Entendía a Dueris, aquellos muertos eran de su raza. Pero habían sido ellos quienes habían retado al nigromante…

Volhm siguió hablando, pausadamente.

-Por otro lado, todo mi ser me dice que no me fíe de la afirmación de Verdron. Tal vez ahora solo quiera tranquilidad, pero los muertos vivientes tienden a cambiar mucho su forma de pensar, con el tiempo, conforme pierden todo vestigio de humanidad. Y, en todo caso, es imposible permanecer en la Suboscuridad eternamente libre de amenazas. Ese renegado ha usado otras veces mal su poder, sin cortapisas ni ética alguna. –Sacudió el papelito como prueba de su última actuación-. Y no me cabe duda de que lo volverá a hacer. Está amargado, está lleno de resentimiento, lo ha perdido todo. Sé que eso no justifica por sí mismo la necesidad de controlar a Verdron, pero… -Alzó las manos, un gesto lo suficientemente explícito por sí solo. Verdron era como un conjuro de explosión retardada; si no ahora, sería más tarde, pero crearía problemas. Pondría su mano en el fuego por ello.

E intentó mantener fuera de su mente el pensamiento de su madre. En nombre de la Dama, ella no era una inquisidora para obsesionarse con la idea de control. Con todo, que aquel renegado, con todo su conocimiento prohibido además de todo el saber de Halruaa, anduviera campando a sus anchas entre los bárbaros la intranquilizaba en grado sumo. No sería halruana si pensara de otra forma.

Suspiró y probó un sorbo de la cerveza. Prefería el vino, pero no estaba mal.

-Así que ya veis, me debato entre sentimientos encontrados. Por un lado, desearía poder dejar en paz a Verdron, dejar que encuentre un poco de tranquilidad en su atormentada existencia… Por otro lado, siento que lo más sensato sería controlarle de algún modo… -Suspiró-. Ay, y es una pena, se portó bien con nosotros en nuestro último encuentro. Lo reconozco a pesar de que me enojó tanto que hubiera querido matarlo, de no estar ya muerto. Pero liberó a los cautivos…

Dejó la jarra sobre la mesa, aunque continuó jugueteando con ella, distraída. Teniendo en cuenta lo que le había dicho Kadisha aquel mismo día… ¿no sería lo más sensato ir en busca de Verdron, de todas formas? Tal vez podamos contener los daños, pensó.

-Por cierto, mi señor Alanthir, traje vino de Haerlu de mi viaje a Halruaa. E incluso un par de botellas de brandy para una celebración especial. Mi idea es convidar a todo el grupo, naturalmente. Ya encontraremos una situación propicia para degustarlo.
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Mensaje por roler » Mié Mar 28, 2007 2:50 am

DUERIS

Un fuego abrasador subió del estómago al rostro de Dueris. El humo, la música, el ruido... Todo jugaba a favor del peor enemigo de un enano con maneras: la cólera.
Escuchó la suave voz de la maga hablando de Verdron y sintió un poco de paz interior; no había sido el único que no había podido dejar de pensar en el incidente al menos alguna vez en aquella decana. Lo que le decía era bastante obvio. Era evidente que el hombre era un enemigo peligroso, pero cada vez que pensaba en ello recordaba la potencia de los guardianes pétreos enanos. Si los Moradinsamman los amparaban podrían con Verdron y con un millar de duergars engrandecidos.
A medida que Volhm titubeaba sus ánimos se iban encendiendo. Contaba una y otra vez hasta cien. ¿Acaso no entendían que la arrogancia de aquel no humano había sido mayor humillación que cualquier otra cosa? Que sabían aquellos humanos de las reliquias que su Pueblo se esforzaba en proteger.... ¿qué significaba para ellos los Ocho Reinos? ¿Los Ojos de la Montaña? ¿La Profecía? ¡Nada! Y lo que era peor, habían muerto más enanos valientes peleando contra los zombies de aquel nigromante. Desde luego, Sondarr, debía liberarse de tal infamia.
Dueris meneó la cabeza ante los comentarios de Volhm, sin dejar de apretarse las sienes.

- [...] Ay, y es una pena, se portó bien con nosotros en nuestro último encuentro [...]

Y esa fue la gota que colmó el vaso. Las palabras hirieron la sensibilidad del clérigo. Sabía que la maga y Alanthir habían estado a su lado, pero él había sufrido el descaro de Verdron y el posterior juego con la vida de sus congéneres.
Dueris se incorporó, apoyando los nudillos sobre la mesa, y gritando para hacerse oir entre el ruido. Su rostro enrojecido de rabia y su ceño fruncido, mirando fijamente a la joven con sus ojos azules:

- ¿Bien? ¿Bien? ¿Cómo puedes decir eso de un asesino... un cobarde que se esconde tras una muralla de monstruos sin mente y nos despreció a todos? - el clérigo señalaba con una mano acusadora a Volhm. Le habían dolido sus palabras más que las de cualquier otro, excepto Pyradar, y su espíritu más enano se apropió de él.

- ¡Incluso tú fuiste víctima de sus burlas, Volhm! - y dirigiéndose al resto - ¿No tenéis sangre en las venas? ¿No os dolió lo que sucedió? Tal vez no. Quizás si hubieran sido halruaanos o norteños, vuestros primos o hermanos, sangre de vuestra sangre, lo entenderiaís mejor.- con la voz más alta de lo normal, se incorporó con la jarra en la mano - Pero no es sólo eso... Verdron hace lo mismo con las esperanzas en la Cruzada del pueblo enano, mi pueblo, que yo hago con esta jarra...

Y acto seguido lanzó la jarra al suelo, desparramándose todo el contenido por el suelo de madera, como sueños rotos que se evaporan al despertar.

- Damas, caballeros... si me disculpan.

Y sin esperar la respuesta, el clérigo huyó de aquel ruidoso local, de sus amigos, de las decisiones, del bochornoso espectáculo... de su propia cólera...

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Larloch
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Mensaje por Larloch » Mié Mar 28, 2007 10:55 am

ALANTHIR

No pensaba que el enano estallaría de esa forma. Le sorprendió que el sereno y conciliador Dueris estallase de esa forma.

- Milord, nadie puede entender lo que significa perder un hogar, ver como el hogar e tú pueblo ha sido mancillado, destruido, ocupado por seres viles, humillado. Nada se puede equiparar a esa sensación, ni al dolor de ver cada día el destino que tuvo Shanatar. Es algo duro, muy duro, más allá de lo que se puede tolerar.

Hizo una pausa.

- Lo creáis o no, entiendo vuestra situación en mayor o menor medida. A Veldron le dijisteis “Shanatar no se puede compartir, vuestra señoría, las piedras lloran cuando otros las pisan”... lo creáis o no es una frase que define mucho de vos y de todos los enanos. Por supuesto que nunca podremos entender lo que significa Shanatar, pero creedme si os digo que mi pueblo esta pasando su propio Shanatar.

La reacción a las palabras de Volhm le cogió por sorpresa, no esperaba una cosa así, una reacción tan airada y sobre todo tan acusadora con la maga. Justamente la que había sufrido más después de él en el encuentro con Verdron.

- Maese Dueris, reconsiderad vuestras palabras, ambos sabemos que Volhm sufrió en el encuentro que tuvimos con Verdron. Ambo sabemos que por el bien de la misión se contuvo y ambos sabemos que esas palabras que le dirigís son injustas.

Suspiró levemente, ironías del destino, parecía que ahora él, el paria, era el que más sentido y unión parecía en estos momentos intentar inculcar en el grupo. Incluso había salida en defensa de la halrueiana. ¡Shar líbrame de la locura de los bárbaros! Pensó brevemente.

- Os diré que si, que la escena de vos despidiéndoos de los enanos fue una de las escenas más duras que he visto en mucho tiempo.- Desde las guerras contra los phaerimm pensó con un deje de sombra en su mirada.- Pero también debéis entender que todos nos supeditamos a intereses mayores. Nuestras acciones son pequeños golpes, mal empleados, solo provocarán un desastre, bien empleados afianzaran la causa de la Cruzada. Escuchad a Volhm, ella conoce más sobre Verdron que todos nosotros, ella nos puede ayudar a ver si realmente es lo mejor para la Cruzada.

Se paró de nuevo.

- Enfocadlo de este modo, si Verdron es capaz de hacer solo la mitad de lo que pareció mostrar, posiblemente nuestra acción no sea más que provocarlo, enfurecerlo y crear un enemigo más para la Cruzada.- Miró a todo el grupo.- No es una cuestión de menosprecio, pero ahora mismo, dudo que seamos capaces de actuar de forma coordinada y efectiva como para poder actuar con acierto contra Verdron. Como mucho seríamos como la picadura de un mosquito, le escocería y solo serviría para enfurecerlo.

Vio como Dueris salía. Vio que varios hacían el amago de ir tras él, o eso le pareció.

- Dejadlo, las sombras no son malas, son una mera faceta de la existencia, el verdadero problema es cuando no se puede convivir con ellas. Todos cargamos sombras con nosotros, algunos las niegan hasta que explotan, otros se dejan llevar por ellas demasiado.- Bebió un poco de cerveza.- La gente ve sombras y creen que es maldad, es simplista pero a mucha gente le consuela y le hace la vida más fácil hasta que tienen que asomarse a su propia sombra....- Hizo una nueva pausa.- Dejadle, necesita tiempo y tranquilidad para reflexionar, aclarar sus ideas. Además todos nosotros, Dueris es el más sensato con diferencia...

Escuchó el comentario de la maga, así que le había traído el vino, no se lo esperaba, aunque igual lo había envenenado especialmente para el “hereje” pensó con una buena dosis de humor negro.

- Será un placer milady degustar el vino de Haerlu.- Hizo un gesto de agradecimiento y después añadió brevemente.- Siento lo que habéis tenido que soportar.- añadió de forma sincera.- Estoy seguro que las palabras de Dueris eran más producto de la ira y de la tensión que su verdadera opinión.

Tu supervivencia es la mía” Había dicho Xandros antes de irse y él lo sabía muy bien, por eso había actuado como lo había hecho ahora. No era una cuestión de simpatía, era una cuestión de realismo. Un grupo desunido en este tipo de operaciones era poco menos que carnaza para monstruos...
Recopilación en proceso: Mi versión de la ciudad drow de Eryndlyn.

Ultima recopilación de información: La ciudad calishita de Almraiven

"El poder tiene su propia belleza. Quizá la más bella combinación de potencia y gracia entre las criaturas mortales de Toril sea la de un dragon." Sammaster, Tomo del Dragón

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Iridal
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Mensaje por Iridal » Mié Mar 28, 2007 12:56 pm

VOLHM

-¿Bien? ¿Bien? ¿Cómo puedes decir eso de un asesino... un cobarde que se esconde tras una muralla de monstruos sin mente y nos despreció a todos? –Dueris la señalaba con una mano acusadora-. ¡Incluso tú fuiste víctima de sus burlas, Volhm!

-Sí, lo fui. Aunque ahora entiendo por qué –explicó Volhm, con paciencia-. Si bien me duele reconocerlo, Halruaa le ha inflingido mucho daño, y no del todo con justicia. Es un renegado, y por ello fue castigado, como debe de ser, pero… me temo que ha pagado tanto por sus propias faltas, como por las de su padre, que fueron imperdonables más allá de toda duda. Su castigo fue… desproporcionado a la falta cometida, por más que ésta fuera muy grave. Es por eso que ahora entiendo su actitud hacia mí. Verdron no podrá acoger imparcialmente a nadie que venga de Halruaa. Aunque, a decir verdad, tiene razón en temer. Somos un pueblo con larga memoria –añadió, en voz baja.

Pero como Alanthir estaba apaciguando al enano, con palabras suaves, no insistió en el asunto. Dejó que el hereje hablase, pues realmente no estaba acostumbrada a que se dirigieran a ella en ese tono, y se había ofendido bastante. Callar era más prudente que desafiar a aquel insolente; no deseaba crear más tensiones en el grupo. Aun así, tuvo que morderse la lengua cuando Alanthir habló de que su gente estaba pasando “su Shanatar” Cada vez tenía más claro que aquellos umbinos no querían compartir el Anauroch… ¡lo querían para ellos solos! Volhm bebió un sorbo más, diciéndose que aquello no era asunto suyo y sería mejor que no añadiera más leña al fuego.

No obstante, ante la defensa que el umbrino hizo de ella, se vio obligada a inclinar la cabeza ante él, con sincero reconocimiento y algo de asombro. A pesar de la tregua pactada entre ambos, ninguno de los dos tenía razones para apreciar al otro, y mucho menos para defenderle.

-Enfocadlo de este modo, si Verdron es capaz de hacer solo la mitad de lo que pareció mostrar, posiblemente nuestra acción no haga más que provocarlo, enfurecerlo y crear un enemigo más para la Cruzada. No es una cuestión de menosprecio, pero ahora mismo, dudo que seamos capaces de actuar de forma coordinada y efectiva como para poder actuar con acierto contra Verdron. Como mucho seríamos como la picadura de un mosquito, le escocería y solo serviría para enfurecerlo –decía Alanthir en ese mismo momento.

-Sí, eso temo. Por eso dudo en la sensatez de ir tras él. Temo que causemos más mal que bien con nuestra intervención. Le creo muy capaz de devolvernos “tantos muertos como no se han visto desde la muerte de su padre”, como él mismo nos amenazó en Sondarr. –Se encogió de hombros-. Y, si os lo estáis preguntando, su padre es responsable de tantas muertes que casi resultan incontables –añadió, con sequedad-. Por otro lado, aunque temo que nuestra intervención haga mucho daño… también temo nuestra pasividad. Tengo razones para creer que aunque no intervengamos, Verdron va a causar problemas igualmente. Y siendo así, ¿no sería mejor que intentáramos contener los daños, antes de que se produzcan?

Extendió las manos antes sí.

-¿Entendéis ahora mi dilema? Las dos posturas, tanto nuestra intervención como nuestra pasividad, pueden ser igualmente letales, y erróneas. ¿Qué opináis vosotros al respecto? –Les miró, uno a uno.

Dueris siguió acusándoles, clamando que serían más comprensivos si los muertos hubieran sido de su propia raza y nación. Volhm asintió con la cabeza, dándole la razón en eso, al menos en su caso. Las intrigas por el poder formaban parte de lo que Halruaa era, pero una amenaza al orden establecido siempre unía como una piña a todos sus compatriotas. Pero aun así, le molestó que el enano no hubiera escuchado su razonamiento. ¿Entendería que ir a enfrentarse con Verdron supondría arriesgarse a más muertes enanas… muchas más de las ya habidas?

Finalmente Dueris tiró la jarra al suelo y salió de la sala, y ésa fue la gota que colmó el vaso. Se sintió realmente enojada y ofendida. ¿Qué comportamiento era aquél, digno de un niño que aún no hubiera aprendido los más básicos modales? ¡Romper cosas como un crío cualquiera! ¡Abandonar así una reunión, dejando a sus compañeros con la palabra en la boca, tras imprecarles de esa manera! No, ni incluso un niño halruano de cuatro años se comportaría así. ¡Tendría ya más sentido del decoro que aquel enano!

Alanthir les aconsejó en contra de salir tras él, con esa forma de expresarse suya, tan peculiar. Volhm se encogió de hombros, sintiendo que el enfado huía de ella. Los enanos, pensó, eran seres realmente temperamentales. Y poco racionales. Pero Dueris era buena persona, a pesar de no ser tan sabio como ella había creído en las primeras decanas de viaje.

-Maldad, no. Sabemos que no hay maldad en Dueris. Ni tampoco ansias de ofender. Aunque ciertamente ha sido muy poco cortés por su parte.

-Será un placer, milady, degustar el vino de Haerlu. Siento lo que habéis tenido que soportar. –La disculpa de Alanthir hizo que alzara la vista, sorprendida. Le devolvió una pequeña sonrisa de agradecimiento.

-No pasa nada. Ya se me ha pasado el enfado –suspiró. Había habido un momento en el que casi se había sentido tentada a desafiar a Dueris a un duelo de conjuros. Por suerte, aquel impulso no había durado mucho, acallado por la voz de la razón-. Tenemos que aprender a mantenernos unidos, sí, a pesar de nuestras diferencias. No podemos darnos el lujo de que nuestros enemigos exploten nuestras desavenencias. –Sonrió brevemente-. En fin, os he explicado por qué deseo y la vez temo aceptar este encargo.

Empujó el papelito hacia los otros.

-Vosotros, ¿qué opináis?
Última edición por Iridal el Jue Mar 29, 2007 1:09 am, editado 1 vez en total.
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Mensaje por roler » Mié Mar 28, 2007 3:07 pm

DUERIS
Volhm, la que él consideraba la más afín a sus inquietudes, le habló de injusticias cometidas en el pasado con el no muerto, pero Dueris cortó el comentario murmurando uno de los credos de Vergadain:

- Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado, Volhm. Verdron está destruyendo el futuro de mis congéneres.

Las palabras de Alanthir hicieron poco más que avivar la angustia interna de Dueris. Le recordaba sus palabras ante Verdron y eso le hizo ponerse en situación, rememorar la rabia que había sentido y en la que había tenido que contenerse para no usar su espada aunque le hubiese costado la vida. También recordó la actitud servil del norteño con aquel ser. Desde aquel día no lo había podido contemplar igual, pues sabía que su alma se teñía de negro.

Las frases brotaron de su boca con vida propia sin pretender ofender a nadie pero en realidad ofendiendo a todos.

-Maese Dueris, reconsiderad vuestras palabras, ambos sabemos que Volhm sufrió en el encuentro que tuvimos con Verdron. Ambos sabemos que por el bien de la misión se contuvo y ambos sabemos que esas palabras que le dirigís son injustas. - intentó mediar el mago.

- ¡Y cuán me hubiera alegrado que su entereza no se hubiese quebrado como escayola y no se hubiese contenido! Quizás si lo hubiera hecho no estaríamos teniendo esta conversación y el nombre de ese malnacido se enterraría bajo capas de barro, olvidándose para siempre. Pero no... no lo hicimos. Hubiera cambiado mi vida de buen grado por la de aquellos soldados para intentar sesgar la vida de Verdron en algún descuido - le espetó al mago.

- [...] No es una cuestión de menosprecio, pero ahora mismo, dudo que seamos capaces de actuar de forma coordinada y efectiva como para poder actuar con acierto contra Verdron. Como mucho seríamos como la picadura de un mosquito, le escocería y solo serviría para enfurecerlo- continuó Alanthir.

- Menospreciaís un factor más importante que el poder que manejan vuestras manos y sin el que no seriaís nada: la Fe. ¿Que seriaís sin fe? ¿Qué sería de vos sin vuestra Dama Oscura, Alanthir? Tanto que la mentáis estoy seguro que vuestra credo con ella es totalmente devoto y es ella la que os da la magia. Yo tengo fe en que el pueblo enano superará todos los escollos y verá un nuevo renacer dorado, y tengo fe en que Verdron puede sucumbir ante nosotros unidos, pues por muchos abalorios que llevase sus creencias son poco más que una manera de aferrarse a su vida anterior a la muerte.

La maga lo miraba con cierta furia, y Dueris, aunque obcecado, la entendió y se dio cuenta de que su actitud no era correcta. Pero para él aquellos hombres y mujeres eran más que compañeros de viajes. Aunque los enanos seguían una estricta jerarquía, en las discusiones familiares o coloquiales, se expresaban sin tapujos. En ningún caso pretendió ser violento, sólo expresivo... pero no entendía aquella pasividad más típica de un elfo que de un humano, y a la halruaana, a la que consideraba abierta de mente y activa, la había visto dubitativa en varias ocasiones a lo largo del viaje.

-¿Entendéis ahora mi dilema? Las dos posturas, tanto nuestra intervención como nuestra pasividad, pueden ser igualmente letales, y erróneas.- comentó Volhm.

- Como me dijistéis una vez, señora: "lecciones y consecuencias. El destino existe. Pero nosotros lo configuramos con nuestras acciones."- hizo una pausa para contemplar la jarra rota en el suelo, como las esperanzas de conseguir reunir el Imperio de los enanos.- Si ambas posiciones pueden ser igualmente letales prefiero morir peleando acuñando nuestro propio destino - miró a Pyradar - y el de mi raza, que persiguiendo criaturas menos reales que la amenaza que es y que probablemente seguirá increscendo, de Verdron.

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Kharma
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Mensaje por Kharma » Mié Mar 28, 2007 3:57 pm

PYRADAR

Barracones de la Cruzada

Unos pimpollos de punta en blanco le pidieron amablemente que les acompañara. Había oído hablar de esos azures y la verdad es que no le inspiraban mucha confianza. Solo la presencia de Dueris junto a ellos permitió que Pyradar fuera con ellos sin hacer preguntas.

Dueris aun tenia el brazo en cabestrillo, no sabia que le hubiera dado tan fuerte. Pero el clérigo le dio poca importancia así que no dijo nada al respecto. Le devolvió el saludo y acompaño a la comitiva hasta su siguiente destino. La verdad es que Pyradar se alegraba del cambio, empezaba ya ha cansarse de estar inactivo. En realidad solo necesitaba un par de días para recuperarse.

Por el camino fueron reuniéndose sus compañeros de la ultima misión, la llamada tendría que ver sin duda con su nueva condición. Saludo al resto cortesmente pero las únicas respuestas que podían sacar del enano era un simple encogimiento de hombros. No le sorprendía las faltas, ya que algunos humanos no podían aguantar aquellas condiciones. Se despido de Xandros con un fuerte apretón de manos.

- Espero que encuentres tu camino – le dijo escuetamente antes de verlo partir a su patria.

Pero el nuevo miembro si que produjo una mueca en Pyradar. Reconoció enseguida a que grupo pertenecía, y no le caía bien precisamente el dios humano de la guerra. Había tenido varios tratos con los sacerdotes de Tempus, los humanos tenían una manera diferente de hacer la guerra que los enanos. No dijo nada, el resto del grupo ya se lanzaba en busca de respuestas y con la necesidad de presentarse cuanto antes. Lo que si le termino por sorprender era el regreso del explorador humano.

- Vaya, ¿ya has tragado suficiente arena aquí arriba? - le dijo a Hardash cuando se unió al resto – al menos ya estaremos seguros contigo de nuevo al frente.

Catedral de las Canciones

No hubo mucho tiempo para hablar o saludarse, habían llegado a su extraño destino. Nunca había estado tan cerca y la miro con ojo critico de un enano acostumbrado a la piedra. A pesar de estar hecha de cristal y magia le resultaba maravillosa, no tanto como los magníficos trabajos en piedra de los enanos pero reconocía que tenia merito.

Fern no le cayo tan bien, era sin duda el humano mas pomposo que había visto. A pesar de su reputación, su voz y su porte incrementaban la desconfianza hacia su figura. Prefería mil veces a un acalorado Arthane que a ese humano de lengua empalagosa.

Aun le gusto menos su nuevo cometido y su nueva posición. Pyradar esperaba algo distinto del grupo de operaciones especiales pero solo eran grupos de aventureros. Es lo que se podía esperar de una panda de mercenarios que habían sido atraídos como aves de rapiña a la Cruzada. Él había dejado la vida aventurera hace mucho y no quería volver, nunca se repetirían aquellos maravillosos días. Quería servir a su patria y a su raza y no ir por ahí como si fuera un grupo cualquiera. Ahora sabia que era mas un castigo que una recompensa.

Centro de Operaciones especiales

La taberna acabo con la paciencia de Pyradar, el estilo y el ambiente era un insulto para un guerrero como él. Habían sido degradados a unos simples camorristas de taberna que escogían de un tablón lo que querían hacer.

- ¿O-pe-ra? -a Pyradar le costo pronunciar la palabra en el idioma de los humanos, nunca antes la había oído - ¿que es eso de opera? - intuía que no le iba a gustar, alguna extraña costumbre humana sin duda.

El resto tomo asiento para discutir su siguiente paso pero a Pyradar no le apetecía sentarse ni beber. No estaba de humor, así que se quedo pensativo mirando de pie los carteles con los brazos cruzados. Ni si quiera reacciono cuando Dueris cogió uno de los carteles y lo puso en la mesa. La conversación le era ajena, no tenia ganas de discutir y se quedo mirando el resto de carteles.

Tampoco hizo nada cuando aumento el tono de la conversación, Dueris estaba cabreado y estampo su jarra contra el suelo. Pyradar miro de reojo la jarra rota pero no hizo ningún gesto para impedir la marcha del clérigo. Ante la pregunta del resto se obligo a darse la vuelta y acercarse a la mesa.

- Si tenéis miedo no busquéis otras razones – su tono era duro pero sereno – si no vais a por ese ser otros lo harán. Quizás estén mejor preparados o quizás no, pero seguro que no alcanzan vuestro conocimiento y el daño quizás sea mayor si lo que dices es cierto.

- Yo solo busco un rival a mi altura. Aunque mi honor exige que sea limpiado con la sangre del líder de esas bestias peludas – ¿los humanos comprenderían lo que era el honor? Lo dudaba pero no esperaba comprensión alguna, ya estaba acostumbrado.
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Larloch
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Mensaje por Larloch » Jue Mar 29, 2007 1:36 am

ALANTHIR

- Vuestras palabras son palabras nacidas de esperanzas e ilusiones, no son producto de un análisis meditado de la realidad y de la situación.- Hizo una pausa.- Simplemente las tomaré como lo que son, nada más.

El enano siguió, ahora hablando de la fe. Dueris era sabio, pero no entendía lo que significa Shar y lo había detrás de su veneración hacia ella. La Fe tal como la expresaba él no era nada que tuviese lugar dentro de la adoración a Shar. La fe de Shar se basaba en la realidad y en el dolor que uno extraía de esas verdades.

- Mi diosa, en su infinita sabiduría, nos dice que no hemos de albergar esperanzas ni rendirnos a las promesas de éxito. La realidad es lo único que cuenta. Las esperanzas o las falsas promesas de éxito son alejarse de la realidad, huir de ella y caer en errores.

Y a pesar de que esta máxima tenía tanta razón y tantas veces había probado su certeza, en ocasiones seguía dejándose guiar por breves momentos de esperanza y de falsas promesas de éxito. Al menos lo solía hacer cuando pensaba en el destino de la Ciudad...

- Mi fe en la Señora de la Pérdida es fuerte, muy fuerte, son sus enseñanzas las que han hecho de mí el hombre que soy. Pero al igual que tengo una fe inquebrantable en ella no vivo de esperanzas.- Bebió de nuevo cerveza, de repente le empezaba a saber aguada.- Vos os dejáis llevar por ellas.

La alusión a su magia no le hizo gracia, pero tampoco era el mejor momento.

- Habláis del Pueblo y de vuestra fe en él.- Se paró levemente.- Puedo entenderos, pero no es el súbito empuje hacia una meta el que marca la grandeza de un pueblo. Es su capacidad para ir empujando de forma constante sin importar lo que sufre o lo que tenga que soportar.- Miró al resto del grupo.- Y dos son las pruebas más duras para un pueblo: la paciencia y el domeñar su propio orgullo. Sin superar esas pruebas ningún pueblo es fuerte.

Por eso Umbra era digna de ser considerada como heredera de Netheril, ellos habían resistido más que ningún pueblo, habían soportado un exilio de miles de años en un plano hostil y habían conseguido regresar y reclamar lo que quedaba de Netheril. Él no tenía fe ciega o albergaba falsas esperanzas sobre Umbra. No, sus ideas eran producto de un pueblo que se había mantenido firme sin importar las calamidades ni la dificultad. Los enanos, de momento, se lo tenían que probar.

- Habláis del futuro que esperáis conseguir, os entiendo, pero como consejo os digo que desechéis esa fe llena de esperanzas, es peor consejera de lo que parece en primera instancia.

Miró brevemente a la semielfa, estaban dando un espectáculo lamentable, carente de todo protocolo. Suspiró con fuerza.

- Antes me habéis hablado de que sería sin mi magia.- Tragó saliva durante un instante.- Lo mismo que soy ahora milord, no es mi magia lo que me da fuerza, Shar nos guía, si, pero es la propia Ciudad la que ha demostrado su fuerza y su capacidad de supervivencia, es la Ciudad la que sobrevivió sus pruebas. La Cruzada es la prueba de vuestro pueblo, una vez la paséis gustosamente reconoceré que vuestra fe se sustenta en poderosos cimientos, mientras, no son más que vanas esperanzas.

Todo lo reducía a la esperanzan Dueris, lo entendía, en un principio era algo agradable, reconfortante, pero a la larga no era más que un mero engaño, una trampa tendida por los dioses débiles que no podían ayudar a sus fieles y simplemente les daban quimeras para sustentar su poder.
Se giró brevemente hacía la semielfa.

- Debéis disculparnos milady, por poneros en una situación tan poco protocolaria. No ha sido nuestra intención. Confío en que no nos lo tengáis en cuenta.
Recopilación en proceso: Mi versión de la ciudad drow de Eryndlyn.

Ultima recopilación de información: La ciudad calishita de Almraiven

"El poder tiene su propia belleza. Quizá la más bella combinación de potencia y gracia entre las criaturas mortales de Toril sea la de un dragon." Sammaster, Tomo del Dragón

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roler
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Mensaje por roler » Jue Mar 29, 2007 2:01 am

DUERIS

Alanthir intentó herir a Dueris devolviéndole sentencias sobre la fe.

- Y dos son las pruebas más duras para un pueblo: la paciencia y el domeñar su propio orgullo. Sin superar esas pruebas ningún pueblo es fuerte.

El clérigo movió la cabeza negativamente. Le hablaba de paciencia un hombre que viviría menos años que los que él tenía en aquel momento. De nuevo las palabras del extraño norteño se diluyeron por la cólera que le sofocaba. Así todo le respondió con fingido sosiego:

- Arcano, si no os parecen suficientes pruebas tres mil años esperando para recuperar nuestro Imperio perdido, nuestro pasado, nuestros tesoros... no se qué más hemos de pasar para que nos juzguéis válidos los humanos cuya huella en la historia es más grande pero menos profunda, menos prolongada en el tiempo que la de los Hijos de Moradin.

- Y si tanto os aferráis a la Perdición que prodiga Shar ¿qué os impide entonces enfrentaros a Verdron, al que véis tan poderoso? ¿No sería un modo de honrar vuestra fe, a vos mismo, descubrir que podéis entablar combate de igual a igual con alguien cuya magia arcana es muy superior a la vuestra y a la de esa Ciudad de la que habláis con melancolía? Vayamos y enfrentémosnos con nuestros miedos. Vos no tenéis nada que perder y mi pueblo mucho que ganar. ¿O preferís enfrentaros a un simple elfo oscuro que a un adversario de vuestra talla?

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Shisei
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Mensaje por Shisei » Jue Mar 29, 2007 7:25 pm

ARSHIN

En el momento en el que la patrulla encontró a Arshin esta estaba en la habitación del hotel, se había tomado la libertad de estar ese día totalmente a solas para intentar ordenar sus propios pensamientos, no sabía que era lo que estaba sucediendo últimamente en su cabeza, así que tomarse un día para si misma no le pareció mala idea.

Cuando escuchó la llamada de la patrulla no se hizo esperar, recogió sus pocas pertenencias y marchó con ellos a ver que es lo que pasaba, no podía evitar sentir la marcha de Hardash sin embargo no iba a mostrar emoción alguna ya que desde hacía tiempo le costaba hacer lazos con la gente, tan sólo Hardash había conseguido sobrepasar las defensas de la silenciosa muchacha. En el momento en el que vio a sus compañeros una reverencia con la cabeza fue todo el saludo que recibieron la mayoría de ellos, tan sólo Volhm recibió una sonrisa de respuesta.

Enseguida se dio cuenta que ella no era la última en ser recogida, el siguiente era Xandros, en el momento en el que llamaron a su puerta ella estaba apoyada en la pared esperando a que este recogiera su equipo, sin embargo en el momento en el que sus miradas le hizo un leve gesto con la cabeza como saludo.

La ausencia de otro compañero no parecía afectar a Arshin sin embargo la incorporación de un nuevo miembro consiguió un leve levantamiento de cejas por parte de la muchacha, sin embargo cuando se enteró de que Hardash había decidido acompañarles una leve sonrisa se dibujó en el rostro de la muchacha, sabía que no tenían demasiado tiempo para los saludos, siempre pasaba lo mismo, nuevas obligaciones, nuevas exigencias y nuevas personas que les venía a decir lo que tenían que hacer, sin embargo era algo a lo que ya se estaba acostumbrando.

En el momento en el que pasaron por la catedral una sonrisa se dibujó en el rostro de Arshin, estaba segura que varios de sus compañeros hubieran disfrutado de su estancia más de lo que ella jamás podría hacer, Thomas hubiera admirado tanto a la creación como al creador, había sido uno de los magos de su grupo sin embargo Taxer se hubiera dedicado a observar todos los aspectos de la creación, materiales, ángulos olvidándose por completo de su creador, tal vez fuera la parte de la sangre drow que corría en sus venas lo que hacía que siempre se fijara más en los objetos mágicos que en las personas y ante todo en los hombres.

La reunión con su nuevo jefe apenas atrajo el interés de la joven, lo cual hizo que en ningún momento interviniera en la conversación salvo para tomar con suavidad la copa que amablemente le ofrecían. Sin embargo en el momento en el que vio la posada casi no pudo reprimir una carcajada, realmente en mitad de donde estaban llamaba bastante la atención, sin embargo en el instante en el que entraron y vio el tablón con las misiones inscritas, todo parecía desaparecer a su alrededor y se puso a leer una tras otra, hasta que sus ojos se quedaron fijos en uno de ellos, la decisión y un cierto toque de malicia brillaban por igual en su mirada.

La despedida de Xandros le había sorprendido bastante, no entendía porque se marchaba sin embargo no era quien para juzgar sus decisiones, si sus propias circunstancias fueran diferentes, si no tuviera una deuda pendiente, tal vez ella misma hubiera seguido los mismos pasos de Xandros, sin embargo su situación era muy diferente, por lo que continuó hacia delante, esperando tener algún momento para poder hablar con Hardash.
- Si fuerais tan amable de demostrar que estoy equivocada, sin embargo vuestra decisión parece que es tomaros el derecho de decidir por todos- fue la seca respuesta de Arshin- Espero que no sea así pues entonces me temo que mis espadas y mi silencio no os serán de gran de ayuda en vuestra empresa. Y si me estáis preguntando si prefiero ir detrás del elfo oscuro, mi respuesta es SI.

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Raelana
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Mensaje por Raelana » Jue Mar 29, 2007 10:44 pm

HARDASH



...Arena. Al principio se deslizaba entre sus dedos, arañaba su rostro, la olía y la respiraba, áspera y dura; después pareció dejar de sentirla. Intentó mover los brazos, pero le costaba atravesar aquellos granos en los que se había enterrado. ¿Y por qué estaba allí? La arena lo arrastraba como un torrente ¿o era él quien se movía? Todo estaba oscuro y caliente. No podía ver. Intentó escuchar.

No había nada a su alrededor, sólo arena, pero ahora resbalaba. No se adhería a su caftán, ni intentaba deshacer su turbante. Hardash se asustó de pronto. No llevaba turbante. Era una suave presión que sentía siempre en la frente, tan suave que sólo le molestaba cuando no lo llevaba, entonces se sentía desnudo, desprotegido, como si su alma se mostrara tan claramente como sus cabellos negros, pero ahora no era así. Ahora su cabeza estaba cubierta por una recia coraza. Los granos de arena no podían llegar hasta la blanda carne que había en su interior. También sus brazos estaban cubiertos y de su espalda salía un largo y agudo aguijón. Ahora Hardash era un escorpión.

Buscó a Laab a su alrededor, pero no había nada. No podía verlo en la oscuridad, pero sí hubiera podido escucharlo, o simplemente sentir su presencia cercana, como le pasaba siempre. Lo echaba de menos. Había sentido su aguijón en el cuerpo más de una vez, aunque Laab siempre intentaba tener cuidado. Hardash había hecho una mueca de dolor al recibirlos, pero nunca se lo había recriminado. Sabía que no le haría daño. Ahora era como él, ahora comprendía lo mucho que le costaba dejar el aguijón en reposo y no lanzarlo sobre cualquier cosa que se moviera. Ahora tenía uno, enroscado en la espalda, sus oídos estaban pendientes de cualquier movimiento, sus brazos tan tensos como piedras. Sólo el aguijón parecía capaz de moverse si le hubiera acechado algún peligro. Pero nada lo acechaba. No había nada en la arena. Estaba solo.

Su naturaleza de hombre pareció revolverse dentro del caparazón, sus manos querían abrir y cerrar los dedos, pero no obedecían sus órdenes. Era una sensación extraña. Pero era él, no era otro. Ese escorpión que lo recubría y él eran la misma persona. No dudaba de eso, no tenía ninguna duda. Sólo certezas. Arena, calor, piedras en el desierto. ¿Dónde estaba Laab?

Había desaparecido. Estaba lejos. Eran compañeros de viaje y eran amigos también. Extraños amigos hacen buenos compañeros de viaje. Esa es la vida, un eterno viaje, eternos desiertos donde poder esconderse en la arena, dejarse llevar por ella o quedarse quieto, esperando, debajo de una piedra.

¿Qué esperaba? Si se esforzaba en subir vería de nuevo la luz del sol. Deslumbraría sus nuevos ojos, o quizás el sol lo volviera de nuevo humano. De pronto deseó verla, era importante verla. No sabía por qué era importante. También era importante quedarse allí. En realidad había algo allí abajo, en la oscuridad. Algo que no podía ver, ni sentir, pero que estaba allí. La certeza se desvaneció como si nunca hubiera existido. ¿Qué debía hacer? Lo que hacía siempre, tirar una moneda al aire.

Los escorpiones no llevan monedas en los bolsillos.

Hardash suspiró. ¿Pueden suspirar los escorpiones? No recordaba haber visto nunca a Laab hacerlo. Laab ya no estaba. Estaba solo. Tenía que tomar una decisión sin ayuda. También podía quedarse quieto. Era fácil. Quieto enterrado en la arena. En silencio.

No estaba solo. Fue una sensación que llegó de golpe, como una oleada de agua salada. Humedad. Humedad por todas partes aunque en la boca tenía el sabor de la arena. Movió las manos. Las tenía entumecidas. Los dedos ahora se extendían y se encogían, dedos humanos. No tenía monedas pero tenía un rubí. Despedía reflejos irisados en la oscuridad....

Despertó sudando, al amanecer. Los rayos del sol empezaban a entrar por la ventana. Se sentía inquieto, aunque no podía recordar con qué había soñado. Se levantó de un salto y miró por la ventana, Laab estaba en las afueras del campamento, donde podía pasar desapercibido. Decidió ir a buscarlo. Necesitaba ir a buscarlo. También necesitaba un buen baño, y un buen desayuno así que decidió que había tiempo a lo largo del día para encontrar a su amigo escorpión.

Todavía no había terminado el desayuno cuando pasaron a buscarlos. Faltaba gente. ¿Quién ea el que faltaba? Los miró uno a uno, hasta que se dio cuenta, era Adrian el que había dejado el grupo. Hardash se preguntó donde se habría metido pero no hizo preguntas. Había un tipo nuevo al que saludó con un apretón de manos, igual que a sus antiguos compañeros. Se fijó en que Dueris no llevaba puesto el turbante. ¿Acaso no le había gustado? ¿Se había ofendido? ¿Debía preguntarle? El enano no le dio oportunidad para pensarlo dos veces, cuando se acercó a él y le mostró lo que llevaba bajo la capa ¡se había puesto el turbante de fajín! La tela debía darle al menos tres vueltas, pero Hardash le guió el ojo a su vez y no dijo nada. Enseñar a vestir bien a un enano le costaría trabajo, pero lo conseguiría al final. Así optimista, se pusieron en camino. Ya estaban todos juntos de nuevo, dispuestos a aceptar peligrosos retos y salvar el honor enano aunque luego les echaran una bronca por ello.

De repente, Xandros anunció que se iba. Hardash se quedó sin palabras, muy sorprendido. En aquel grupo de magos y enanos, Xandros era el único con el que tenía algún tipo de conexión aunque sólo fuera una guerra común de la que ninguno de los dos quería hablar. Hardash se había preguntado alguna vez si habían estado luchando en el mismo bando o si habían sido enemigos. Daba igual, porque él no había creído en esa guerra y la victoria o la derrota de su bando no era algo que le hubiera quitado el sueño. Pero posiblemente a Xandros sí. La gente de Tethyr era rara. Dejaban gobernar a las mujeres y ahora Xandros se marchaba en pos de una como un perrito faldero. Así el país nunca saldría adelante, pensó con tristeza. Había pasado muchos años en Tethyr y apreciaba mucho a sus primos, pero no siempre conseguía entenderlos. Además, se le ocurrió de pronto, ¿quién iba a cocinar a partir de ahora? Xandros era un guerrero competente y un excelente cocinero, que hacía maravillas con las resecas raciones de viaje.

-Te echaremos mucho de menos, maese Xandros. Desde luego que iré a visitaros en cuanto pueda –le dijo afectuosamente, sin poder evitar tironearse el bigote, inquieto. Esperaba que esa despedida no fuera un mal presagio. Hardash llevaba toda la mañana inquieto ¿era porque presentía eso? ¿Había cambiado su suerte? No pudo evitar dar vueltas al anillo que le había regalado Dueris, le quedaba un poco grande y lo llevaba en el dedo pulgar. Hasta ahora le había traído suerte.

Comenzaban una nueva etapa en sus vidas de aventureros. Y ese iba a ser un trabajo mejor que el anterior. Se acabó obedecer la estrictas órdenes del arthane, ahora iban a trabajar para el famoso Augustus Fern. Hardash comenzó a imaginar su futuro, lleno de esperanzas y bendiciones. Se labraría un futuro allí, llegaría a ser su hombre de confianza, sus nuevos contactos recuperarían la fortuna de su familia y las sedas de Calimsham adornarían la Catedral de las Canciones. ¿Estaba sonriendo estúpidamente? Era mejor atusarse el bigote, da aspecto de estar interesado en la conversación. Le sorprendió bastante que Alanthir conociera al famoso Augustus Fern, y la confianza que parecían tener. Se mantuvo en un segundo plano, mientras los magos lo acosaban a preguntas que él famoso bardo contestó con elegancia y autoridad. Desde luego iba a ser mucho mejor trabajar para él que para los enanos. ¿Cómo serían las broncas de Fern? Esperaba no llegar a saberlo nunca. Lo de “operaciones especiales” sonaba realmente bien.

La reunión duró poco tiempo, tardarían poco en ponerse de nuevo en marcha. Todo iba a salir bien. La oscuridad de la noche había quedado atrás y sólo les quedaban las cavernas donde el tiempo parecía transcurrir a un ritmo distinto. Estaba a punto de excusarse para ir a visitar a Laab cuando una atractiva semielfa les pidió amablemente que la acompañaran. Hardash decidió que la visita a su amigo podía esperar unas horas más, y no estaba mal conocer la posada a la que sólo los miembros de las unidades de “operaciones especiales” podían entrar. Había gente interesante allí dentro. Hardash sonrió a la semielfa, mientras sus compañeros se afanaban en mirar el tablón.

-¿La ópera? Por supuesto que iremos. Espero que nos veamos allí –le respondió, dejándola pasar delante de él al interior de la posada. Sutilmente, Hardash consiguió sentarse entre Arshin y la atractiva semielfa. Sus amigos parecían tranquilos frente a sus jarras de cerveza. La halruana empezó diciendo que cualquier misión le venía bien. Hardash se atusó el bigote antes de dar su opinión.

-La misión de los infernales parece interesante –comenzó a decir, mirando de reojo a Arshin. Posiblemente ella preferiría buscar a los drows. Hardash quería ayudarla, verla feliz, pero realmente no le atraía la idea de encontrar a aquel tipo al que la chica buscaba. En el mejor de los casos estaría muerto, y eso le supondría un gran alivio. En el peor lo encontrarían con vida y Hardash no sabía qué podía pasar entonces. Y también podían no encontrarle, eso sería malo también. No, lo mejor era no buscarle. Si aquella búsqueda pasaba a un segundo plano en los intereses de la joven él se sentiría muy feliz, intensamente feliz. Echó un trago al vino que había traído Volhm de Halruaa, no era tan bueno como los vinos de Calimsham pero se podía beber. Intentó dar conversación a la atractiva semielfa mientras sus compañeros comenzaban a discutir. No era nada nuevo. En realidad era algo normal. Le pareció una buena señal. Una señal de que las cosas iban como siempre. Hardash sonrió a Arshin. Si ella quería buscar drows, él la apoyaría.

-¿Y hace mucho que trabajáis para Augustus Fern? –le preguntó, cortésmente, mientras la discusión se desarrollaba a su alrededor, pero a la vez muy lejos de él.

-Hará ya casi 10 años, después de que dejase a su grupo -respondió Syanna.

El sonido de la jarra al romperse hizo que Hardash mirara a Dueris, sorprendido. La discusión había subido de tono, y mucho. Estaba acostumbrado a ello, habían sido muchas las semanas las que había pasado con ese grupo, pero no había esperado aquel enfrentamiento entre Volhm y Dueris. Siempre se habían llevado bien, eran los diplomáticos del grupo. Sería mejor que ese detalle no se lo comentara a la semielfa. Las palabras de Alanthir, dando a entender que no eran capaces de enfrentarse a Verdron, tampoco estaban dando muy buena impresión de ellos. Probó otro sorbo de vino. La verdad era que entraba bien.

-No os preocupéis, señora –le dijo a la semielfa en voz baja-. En realidad siempre terminamos poniéndonos de acuerdo, pero nos gusta discutir. Miró al nuevo compañero. ¿Cómo se llamaba? Se había mantenido en un discreto segundo plano, dejando a aquellos que se conocían discutir agriamente por un muerto. Claro que era posible que no supiera que Verdron estaba muerto. Hardash echó una mirada de reojo al papel que le tendía Volhm, a ver qué ponía exactamente.

Dueris se levantó para salir de la sala, Volhm se volvió hacia los que aún no habían intervenido en la conversación para preguntarles que pensaba de Verdrom. Hardash se atusó el bigote, aquella discusión no había terminado todavía. ¿Dueris volvió? ¿O es que no se había marchado? Desde luego lo había visto levantarse de la silla y caminar hacia la salida. La copa de vino debía haber tapado su regreso, o los preciosos ojos de la semielfa. Hardash le sonrió, dándole a entender que aquellas discusiones no eran tan importantes como parecían.

Se decidió a intervenir. Bueno. Tuvo que esperar porque de nuevo comenzó una extraña discusión religiosa que no parecía tener nada que ver con la misión. ¿O sí? Los enanos hablaban de valor, los magos de prudencia. Pero también hablaban de dioses y de ciudades, de imperios perdidos y encontrados. Echó un nuevo vistazo al papel, dudando. Verdron. Hardash no lo había visto, no entendía ni el temor que provocaba en sus amigos ni la antipatía que le profesaban. Había tenido prisioneros a los enanos, sí, pero los quaggots también habían hecho una escabechina entre ellos y parecían igualmente peligrosos, o quizás más. Por otro lado, a Hardash lo que le apetecía era perderse por intrincados pasadizos desconocidos. Donde nadie había podido llegar. No era el destino lo que importaba sino el camino. Escogieran lo que escogieran sería largo, y peligroso. Se dio cuenta de pronto de que se había perdido en sus pensamientos. ¿De qué estaban hablando? Alanthir decía que había perdido algo. El problema de Alanthir era que comía demasiado poco, claro que, ahora que lo recordaba, nunca lo había visto comer. Dueris sí comía bien, y era clérigo así que era normal que metiera su fe por todas partes.

¿Se habían callado ya? Hardash miró a Volhm, la maga estaba a punto de abrir la boca pero sus miradas se cruzaron y pareció contenerse y dejarle la palabra. Hardash cogió aire. Pyradar había sido seco y conciso, como siempre. Arshin había sido clara y sincera. El nuevo compañero permanecía en silencio, y Hardash prefería no imaginar qué estaría pensando. Quizás era lo más prudente callarse. Dejar que discutieran ellos hasta que decidieran algo. Pero se habían perdido ya, habían dejado atrás la discusión y se habían adentrado por los intrincados corredores de la fe y el patriotismo.

-Bueno –comenzó, ¿nadie lo interrumpía? Miró a la semielfa, confiado en impresionarla con sus dotes oratorias-. Todas estas misiones son importantes para la cruzada, por eso están en el tablón. Seremos capaces de enfrentarnos con Verdron, si es necesario –eso tenía que quedar claro, la semielfa podía contarle muchas cosas a Augustus Fern y si había suerte recordaría eso en vez de las dudas anteriores-. Pero no creo que debamos hacerlo en estas circunstancias. Hace poco que nos hemos cruzado con él, tenemos fresco su recuerdo y no es precisamente bueno. Es decir, es un... -¿debía decir hombre?-...ejem... enemigo que nos desagrada profundamente. No debemos dejar que nuestros sentimientos enturbien nuestra visión. No tengo ningún problema en enfrentarme a Verdron, si es lo que queréis todos, pero creo que es mejor dejar que la furia se enfríe e ir a buscarlo con la cabeza bien clara. Propongo realizar primero cualquier otra de las misiones, que no nos afectan tan personalmente, y después, si este papel sigue colgado del tablón, buscar a nuestro viejo enemigo. El tiene tiempo de sobra para esperarnos.

Hardash se atusó el bigote, miró el vaso, todavía le quedaba vino.

-Señores, lo importante es que nos pongamos de nuevo en marcha –Hardash levantó el vaso-. Mientras discutimos Shanatar tiene cuatro frentes abiertos de los que hay que ocuparse y los cuatro son malos para la cruzada.

Hardash se llevó el vaso a los labios. Desde luego, no estaba tan malo aquel vino de Halruaa.
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Mensaje por Iridal » Jue Mar 29, 2007 11:21 pm

VOLHM

Dueris estaba hablando: -Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado, Volhm. Verdron está destruyendo el futuro de mis congéneres.

-El futuro se construye con los ladrillos del pasado, Dueris -contestó la maga con amabilidad, repitiendo el viejo dicho de adivinadores-. Y lo cierto es que Verdron no acudió a desafiar a los enanos; antes al contrario, se defendió cuando acudieron. –Alzó una mano-. No, no te enfades. No estoy defendiendo a Verdron. Es un renegado, un traidor a mi patria, y nada me gustaría más que verle juzgado bajo la ley de Halruaa. Pero hay que reconocer que más daños ha hecho al pueblo enano el caudillo de los quaggoth. Él sí buscó activamente la ruina de vuestro pueblo.

Sonrió cuando él dijo que ojalá no se hubiera contenido ante Verdron.

-Entonces, mi buen amigo, me contuve por el bien de la misión. Pero, sabiendo lo que hoy sé, puedo afirmar que si no lo hubiera hecho probablemente no habríamos salido vivos de allí. Ni nosotros ni los enanos que rescatamos. ¡Calma, Dueris! Para triunfar en una empresa es necesario actuar con sensatez y con la mente clara.

Y entonces Dueris, clérigo al fin y al cabo, empezó a hablar de Fe. Volhm apoyó los codos sobre la mesa y hundió la barbilla entre sus manos para disimular una sonrisa. ¡Por Mystra que el enano acababa de abrir una puerta peligrosa! Sentados ante aquella mesa había muchos creyentes fervientes… ¡pero cuán diferentes eran los dogmas que seguían todos ellos!

Alanthir se lanzó al ataque rebatiendo al enano y explicando su filosofía. Volhm escuchó con atención, porque aquellas palabras le abrían una puerta al alma del hereje como ni siquiera lo había hecho la extensa conversación sostenida en el templo enano, cuando se habían tanteado el uno al otro, buscando cada migaja de información, e indicios de las intenciones del otro.

-Yo tengo fe –dijo Volhm cuando Dueris y Alanthir hicieron una pausa en su acalorado intercambio de argumentos-. Pero no por eso camino con los ojos cerrados. Aunque en realidad lo que me refrena de ir tras Verdron es el hecho de que nuestra pasividad podría dejar las cosas tal cual están, y nuestra acción podría ser el desencadenante de muchas más muertes. ¿Qué aun así algo me impulsa hacia delante? Quizá. Hay un vínculo histórico entre mi familia y la de Verdron. –Sonrió-. Casualidad o destino… ¡Qué difícil es distinguirlos a veces!

Y entonces Dueris le habló del korvikoum, con las mismas palabras que ella había usado, hacía ya tantos días, para hacerle cambiar de opinión. Volhm volvió a sonreír. Parecía que Dueris se recuperaba de su arrebato enano y volvía esgrimir las armas sutiles de un experto diplomático.

-Me gustaría poder decir que la amenaza de Verdron no está tan próxima, pero me temo no poder afirmarlo con rotundidad. Sin embargo, no es la única amenaza a vuestra raza, mi señor Dueris, y aunque quizá sea la más peligrosa –en realidad Volhm no tenía ninguna duda de que un mago renegado de su país sería más peligroso que cualquier quaggoth, por muy extraño que éste fuera-, no creo que sea la que primero estalle.

Retorció el papelito entre las manos.

-Lo que el korvikoum viene a decir, mi buen Dueris, es que elijamos con sabiduría, porque nuestras elecciones nos guían hasta nuestro auténtico destino. En nuestro caso no se trata de si nosotros vamos a morir enfrentándonos a Verdron; la muerte puede estar esperándonos tras cada elección que hagamos. Se trata de si vamos a tomar nosotros la responsabilidad desencadenar más muertes de las que ya ha habido entre los seguidores de la Cruzada. Podemos suponer que esta vez Verdron no se privará de llevar a cabo su amenaza.

Y a las palabras de Pyradar: -Pyradar, no es miedo. Es sentido de la responsabilidad. Si fracasamos con una de las otras misiones, nadie más perecerá que nosotros. Si fracasamos con Verdron, muchos morirán. Eso es lo que os he estado dando a entender hasta ahora. Sería inexcusable ir a molestar a Verdron si no estuvieramos capacitados para enfrentarnos a él.

Posó su mano sobre la de Dueris.

-¡Paz, amigo! Si se decide ir tras Verdron os acompañaré gustosa, sabes que ese no-muerto me intriga. No peleemos entre nosotros, y menos tú y yo. Te respeto, Dueris, y fíjate que te estoy hablando como a un hermano, sin la barrera de la cortesía. Pero quería estar segura de que comprendíais lo que significa escoger esta misión. Escoger a Verdron es optar por el camino difícil, enfrentarnos a un hombre que nos supera en poder, rodeado por un número de driders muy superior a nuestro menguado grupo. Y significa tomar en nuestras manos la responsabilidad de muchas vidas inocentes, que serían segadas por Verdron si fracasamos. Si votáis por esta opción, hacedlo con los ojos abiertos, sabiendo lo que significa.

Puso el papel sobre la mesa y miró a Pyradar.

-Quizá vayan a buscar a Verdron aquellos que tienen más conocimiento que yo. –“Pero no más sensatez”, pensó Volhm, pese a todo-. Pero entiendo lo que dices del honor, sí. Es cierto que los quaggoths han desafiado abiertamente a la Cruzada. Y… -Se encogió de hombros-. Más pronto o más tarde también ellos volverán. –Suspiró-. ¿Y bien? ¿Qué elegimos?

Y mirando a la semielfa:

-Ciertamente, nuestros modales son pésimos. Toma, Dueris, acaba mi cerveza, ya que has derramado la tuya. Yo ya tengo suficiente. –Hizo un gesto para que el sirviente invisible limpiara el estropicio, no fuera que al levantarse se ensuciara la túnica-. Ópera... uff, Pyradar, no creo que te guste. Es un espectáculo musical. Muy bello, pero… poco cercano a los gustos enanos, al menos hasta donde yo los conozco.

Entonces Hardash intervino. Volhm le escuchó en silencio, pero finalmente se encogió de hombros.

-Las decisiones siempre nos han costado. Somos demasiado diferentes. Pero esta vez aceptaré cualquier decisión que toméis.
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roler
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Mensaje por roler » Vie Mar 30, 2007 2:09 am

DUERIS

El enano se había apaciguado un poco. Aunque el enfado permanecía dentro, el velo de la cortesía comenzó a taparlo como si fuese un titiritero.
Las palabras de Alanthir ante la fe le sonaron vacías, huecas. El mago lo consideraba a él un tonto seguidor de esperanzas... pero Dueris había podido percibir los atisbos de condenación que perseguían el alma de Alanthir y sólo podía sentir compasión por él.
Decidido que aquello no podía continuar, pues no era su costumbre ponerse de aquel modo ni presentar aquella actitud ante compañeros, se incorporó dispuesto a ausentarse. Sabía que en un enano el enfado podía ir erosionándose con el tiempo pero que se labraba en la roca con el cincel de punta más dura.

Volhm comenzó a hablar del destino, el korvikoum. Dueris se frotó de nuevo la sien e hizo ademán de irse. La mujer se incorporó y con voz más amable se acercó al clérigo. Dueris pensó que parecía una gata melosa que zalamera se acercaba para convencer al ratón. Sin embargo su tono de voz denotaba sinceridad. El enano podía percibir esas cosas. Ella posó su mano sobre él y habló de forma hermosa... hermosa para otro momento. Dueris no podía pensar con claridad, pues una simpe mirada al resto de sus compañeros le hizo saber que se había comportado como un crío. Incluso la semielfa lo miraba con extrañeza. El rubor subió a sus mejillas y el enfado aumentó. El enfado consigo mismo.

Retiró con un ademán firme, pero sin resultar ofensivo, la mano de la maga:

- Mis ojos están abiertos. Verdron se merece morir antes de que cause más daño. Los quaggoths son también una amenaza visible... pero es mejor cortar las plantas fuertes cuando son pequeños matojos.

Desde luego, la opinión de un enano no sería fácil de modificar. Sentía un odio quizás exagerado por aquel no muerto... tanto como por los derro.

Volhm le ofreció cerveza... pero Dueris la rechazó con un gesto, que bien pudo ser malinterpretado. Demasiada tensión que había estallado de repente.
Ya conocería la decisión del resto en otro momento. Ahora necesitaba calmarse un poco, respirar aire fresco, sentir la piedra y la arcilla en sus manos, y orar a Vergadain pidiendo disculpas por comportarse así.

Se despidió y salió de aquel estruendoso local que no estaba hecho para él. Respiró una gran bocanada de aire fresco y se ajustó el cabestrillo. La tensión había acentuado las molestias en su brazo.
No sabía muy bien porque había sido tan vehemente. Quizás no estaba preparado para esto. Nunca le había costado tomar decisiones, pero claro... nunca había apreciado demasiado a la gente por quien las tomaba.
Con paso decidido se encaminó a la Catedral de las Canciones. Tenía que hablar con Augustus Fern.

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Larloch
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Mensaje por Larloch » Mar Abr 03, 2007 12:11 am

ALANTHIR

- La paciencia se demuestra, más que nunca, cuando el objetivo de uno esta al alcance de su mano. No es una cuestión de años, es una cuestión de no precipitarse. Vos, en estos momentos sois la mejor prueba de lo que digo.- hizo un gesto de que era un comentario sin malicia, una evidencia en esencia.- El tiempo que un pueblo espera es relativo.- Se paró en seco.- Pero este es un tema en el que no pienso seguir, basta con decir, puedo entender el sufrimiento del pueblo enano, pero éste, no es nada comparado con lo que han sufrido otros.

De nuevo la esperanza y las promesas, abstractas, quimeras que nublaban el juicio. Empezaba a considerar que después de convencer a un enano de sus errores era más difícil que conseguir que Shar iluminase el Plano de la Sombra...

- Shar no aprecia a los que actúan llevados por la esperanza o las falsas ilusiones. Yo me baso en hechos, Veldron tal como esta el grupo nos destrozará. No es una cuestión de superación, la superación se lleva a cabo cuando es requerida y necesaria, si la Ciudad lo requiere, moriré por ella, pero la Ciudad no requiere eso de mí.- Se paró de nuevo mientas se atusaba la barba.- La prueba del orgullo hacedla con otro, conmigo no funciona....

Demasiadas diferencias, un abismo entre ambos era lo que había en concepciones. Si su forma de actuar era extraña para los humanos, como no lo iba a ser para un enano.

- Mi fe la honro sirviendo a Umbra, mi miedo o mis deseos no cuentan si la Ciudad exige otra cosa. Mi deber es descubrir si es verdadera la presencia de phaerimm, más allá de eso, no hay nada.

Después habló Hardash, ¿estaba borracho? Pensó brevemente mientras le veía con su ataque de elocuencia. El punto final le hizo soltar un suspiro. Rezó para si mismo una breve plegaría, solo podía concebir que esta discusión tuviese como objetivo el mostrarle la debilidad y la incapacidad que reinaba en Faerun sin Umbra.

Miró la jarra que el enano había lanzado, Hardash con sus palabras altisonantes, Pyradar con sus frases sobre honor, la maga... sonrió, desde luego que el mundo había degenerado.

- No añadiré nada más maese Dueris, solo tened presente que vuestra elección puede condenar a la Cruzada más allá de toda salvación. Elegid con cuidado, pues la decisión que hoy parece acertada mañana puede ser el principio del fin. Un hombre, puede hacer caer imperio al igual que puede alzarlos...

Con desgana dejó de mirar al enano y se dedicó a beber la cerveza a base de pequeños sorbos mientras miraba el techo de la posada y al resto de la gente que había en ella. Más no podía hacer y albergar esperanzas de que el enano razonase era una blasfemia demasiado grande hacia Shar....
Recopilación en proceso: Mi versión de la ciudad drow de Eryndlyn.

Ultima recopilación de información: La ciudad calishita de Almraiven

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Mensaje por Bonaduce80 » Mar Abr 03, 2007 3:48 am

ALBERIC DE TEMPUS


Tres dias. Hacia tres jo...dos dias que estaba en el campamento de la Cruzada. Habia presentado sus respetos a los superiores de la Orden en el lugar, y las nuevas que habia recibido eran, cuando menos, inquietantes. Eso explicaria al menos el celo con el que sus correligionarios habian tomado las armas en estas tierras. Seguro que para el resto de la gente solo eran berserkers que cargaban ciegamente sin importarles a quien se llevasen por delante. Bueno, ellos no sabian aquello de lo que estaban siendo protegidos. Mejor asi, en cualquier caso. No todos los hombros pueden soportar el peso de la verdad, y los de los fieles de Tempus estaban preparados para ese rigor.

Con todo, el era un extranjero en tierras extranhas. Era de aqui de donde su maestro y senhor, Eldan Ambrose, procedia (bueno, reconocio, de la tierra de Amn, pero estos lugares calidos e inhospitos son todas iguales.) El le habia hablado de las tierras adonde marchaba; el que aun se sentia algo incomodo viendo el ancho mundo, despues de haber vivido casi toda su vida en el Valle de la Batalla. Cuantas cabalgadas habian pasado desde que dejara a su familia en Essembra? Desde que rezara en la capilla de la Abadia de la Espada? Toco su guantelete con gesto distraido. Muchas esperanzas se habian puesto en el, en su experiencia y en su brazo. Esperaba no decepcionarlas.

Su mente volvio a sus hermanos del Sur. Ciertamente se comportaban de una manera que parecia digna de un celote de Helm en la lejana Maztica. Aunque tuviesen sus motivos, eso hacia poco por hermanarles con el resto de respetables fuerzas del lugar. Hacia tiempo que habia aprendido a respetar el poder de un ejercito bien organizado. Hacer la guerra por tu cuenta esta bien cuando formas parte de una de esas infantiles companhias aventureras, pero en el campo de batalla uno no puede confiar solo en su brazo. Se necesita organizacion y trabajo en equipo, tacticas y saber acatar ordenes. Y por fuertes que fueran sus hermanos, el sentia que el mas sutil toque del Caballero Rojo podria hacer mucho bien entre estos tempuritas surenhos.

Antes de dejarse intoxicar por una reconfortante pero tal vez peligrosa dosis de fanatismo, Alberic pidio permiso para residir entre los habitantes comunes de esta Nueva Esperanza. "Me pregunto para quien lo sera", se dijo. Asi, se hizo un sitio en la posada de El Corazon del Leon, ya que se negaba a sufrir la indignidad de entrar a cuatro patas en un agujero para enanos. En cualquier caso, dificilmente hubiese podido caber includo de rodillas en el sitio.

Despues del primer dia, e ir catalogando a las distintas gentes del lugar, Alberic se dio cuenta de que esta fuerza enana habia reclutado los mas variopintos aliados. Solo pensar en las fuerzas que podian requerir semejante despliegue le hacian sentir mariposas en su estomago, y frio en las viejas cicatrices de la espalda. La Suboscuridad otra vez: deseaba y temia a la vez su lobrego abrazo.

El hablar con otros parroquianos en la posada y las tabernas del campamento le hizo estar al dia de lo ocurrido en los ultimos tiempos. Ya habia sido informado grosso modo de quien era quien en Nueva Esperanza, pero oir las palabras de la gente de a pie le hace a uno tener mejor impresion de que se cuece entre los altos y poderosos. Le habia sido relatada la ultima batalla del recien caido arthane (un rango para algun tipo de general, supuso), y sintio pena de haberse perdido ese servicio a Tempus tan bien preparado. Si hubiese podido estar alli...

Miro a un lado de esa taberna llena de cojines y sedas. Lo mas apropiado para el sur, supuso, pero no dejaba de sentirse incomodo. Mucho mejor parecia estar una pareja de tortolitos sentados a unos metros, echandose miradas acarameladas. Le parecio curioso encontrar algo asi en medio de un campamento militar. En fin, mejor llevarse un buen recuerdo a la tumba, penso, encogiendose de hombros.


* * *

Llamaron a su puerta en la posada. Sorprendido de que alguien lo hiciera, dejo el escudo que estaba brunhendo en un lado y abrio la puerta con la mano del guantelete. Vio a uno de esos tipos que hacia de guardia de corps de Augustus Fern, uno de los caudillos de la Cruzada.El Manto Azur le dijo que se requeria su presencia inmediatamente. Le gustaban estos bastardos de pocas palabras, un poco de sentido militar era lo que andaba echando en falta. Dejo la armadura en la posada, ya que no habia tiempo para equiparse apropiadamente, pero vistio su mejor tunica con la espada llameante colgando de su cuello.

Se encontro frente a un variopinto grupo de enanos y humanos de distinto color y pelaje, acompanhados por otro par de azures. Una chica surenha (la que vio en la taberna haciendo carantonhas con el hombre del bigote, recordo, con aspecto mucho mas marcial ahora), un par de enanos, uno con aspecto maduro y brillantes ojos y otro con cara de comerte los higados sin pan para acompanhar si le provocabas; dos magos (nadie con un minimo sentido del ridiculo llevaria tunicas como esas a la luz del dia si no conociese el Arte, penso), y un hombre tan alto como el, aunque no tan fornido, que parecia tener un perfecto control de sus movimientos: un guerrero nato, sin duda. De algun modo sentia que esta gente se conocia entre si. Un sensacion de desconfianza se aposento en el: odiaba ser el "chico nuevo". Respondio a sus miradas inquisitivas alzando la ceja izquierda. Habia algo que rebullia en su cabeza, algo que habia oido en las tabernas, pero no podia recordar...

Algunos de ellos procedieron a presentarse, todos ellos con una etiqueta impecable, si bien algo seca en el caso del presunto mago. Bueno, es mas de lo que esperaba en una reunion con perfectos desconocidos. El en esa situacion probablemente se hubiese comportado de forma parecida. Se mostraban algo tensos frente a el los enanos? A el personalmente le parecian una raza decente y laboriosa, dignos guerreros y esforzados en todos los aspectos de su vida. Tal vez descubriese que buriles estaban hurgando en sus pieles de roca.

- Alberic Raventree, sacerdote guerrero de Tempus y Abad de la Espada, a vuestro servicio, damas, caballeros y enanos-, dijo, con un tono de voz que no tenia maldad alguna: sabia que mas de un enano bufaria por ser tildado de "caballero", y esperaba que no lo apreciasen como un gesto ofensivo, aunque en cualquier caso era su problema.

Tras recoger al hombre de piel cetrina que habia visto con la joven unos dias antes y despedir al guerrero (antiguo companhero de fatigas, segun se veia: una lastima, esos brazos hubiesen encontrado el favor de Tempus en combate), fueron enviados a la llamada Catedral de las Canciones. Al llegar al lugar penso en que muchos Arpistas en el Norte darian su voz por poder ver esta maravilla. El juego de colores le recordo al templo con forma de fenix que habia en el Valle de la Sombra, pero esta estructura resultaba aun mas magnificente. Las obras del hombre seguian siendo impresionantes incluso en una tierra tan exotica.

Al llegar al despacho, sintio una sensacion ambivalente. El hombre frente a el resultaba de apariencia atractiva e inspiraba confianza, pero sentia en el una voluntad implacable. El que estuviese en su bando era sin duda una buena noticia. El que fuese su empleador, ya se veria. Tendria que hablar con sus superiores respecto a este asunto cuando tuviese tiempo. No dudaba de que asi habia sido encargado, pero esperaba que al menos las ordenes llegaran por un cauce mas directo de su iglesia. "Aunque claro", pero ironicamente, "tu fuiste el que quiso residir fuera del campamento de tus hermanos... tal vez sea la forma de mostrarte su "afecto"."

- Vaya, así que vosotros sois los que armasteis todo ese lió en Grandnor, es un placer conoceros.

Esa frase del que a continuacion se presento como Augustus Fern (no le sorprendio esto tanto, dada la escolta ofrecida, ademas de su porte) le hizo sentirse tenso de repente. Los Locos de Grandnor! Habia oido hablar de ellos en alguna de sus expediciones. Este grupo de indisciplinados habia sido mandado como vanguardia con alguna mision poco conocida a la Suboscuridad, y se rumoreaba que habian provocado un buen revuelo entre las filas. Asi que eso era lo que le habia molestado antes... Por favor, que esto no siga como yo creo...

Decididamente tenia que haberse quedado en el templo. Esperaba que no fuese una novatada, o una venganza por venir del Norte a fastidiar sus planes, pero el hecho es que se encontraba desplazado fuera de filas con un grupo de indisciplinados para cubrirle las espaldas en medio de la Suboscuridad salvaje. Operaciones Especiales? Obcecados Empedernidos mas bien. No le gustaban los aventureros, grupetos de amateurs que creian que una espada y un conjuro podian arreglar el dia. Cierto, habia algunas bandas que podian cumplir bien, como los Caballeros de Myth Drannor, pero la mayoria solo buscaban matar al dragon y quedarse con el oro. Y ahora iba a formar parte de una. Montado en Deiros de espaldas a los arqueros enemigos, vaya.

No presto mucha mas atencion a lo que decian en el resto de la entrevista antes de ser despedidos. Ya tuvo bastante trabajo para mantener una mascara petrea en sus facciones. A continuacion fueron guiados por una joven semielfa (joven significaba que podia ser mas vieja que el, claro) que haria las delicias de los burdeles calishitas, si uno tenia que hacer caso a los dichos populares, hasta el cuartel de las OE, una especie de replica de las posadas a las que el estaba acostumbrado. Esto le hizo sentirse mucho mas relajado, en un ambiente que le recordo a la posada del Elfo del Ciervo Volador, donde trabajo su madre antes de que el naciera. Pidio una espumosa mientras esperaba a ver que hacia el resto de esos "aventureros", no sin confirmar antes su presencia en la opera de Fern... Seria interesante ver como se movian los circulos de poder del campamento en un campo de batalla tan sutil...

Y de repente, estallo el caos. Por un momento penso que algun mago invisible habia lanzado un conjuro enajenador en el grupo, hasta que se dio cuenta de que era un comportamiento habitual. Parece que el apodo se lo habian ganado a pulso. La mujer que se habia presentado como Volhm se defendia de las acaloradas palabras del sacerdote enano, y el mago, si es que lo era, hacia de pacificador. Curioso, hubiese esperado que el otro enano fuese la fuente de problemas en este "grupo", y sin embargo estaba mirando los carteles como si con el no fuera la cosa. Alberic se acerco alli tambien. A fin de cuentas, queria ver en que consistian las misiones... aunque sin perder frase alguna de la conversacion. "En fin, al menos aburrido no estare con esta gente", penso. "Nada como un poco de orden en las filas", mascullo entre dientes; no sabia si el silencioso enano le habia oido.

Por como iba la conversacion, esta gente gustaba de exhibir sus egos a los demas en los mas variados temas. No sabia si eso seria muy util contra los quaggoths o cosas peores que les esperaban ahi abajo, pero si querian sobrevivir (y el al menos lo deseaba asi), esperaba que pudiesen funcionar mejor frente al enemigo. El seguidor de Vergandain parecia obcecado con perseguir la amenaza de un tal Verdrin, y la mujer y el hombre intentaban mostrarle otras posibilidades. La conversacion era cuando menos una fuente de conocimiento sobre sus companheros. Ambos se mostraban como gente de pueblos sacados de suenhos, o tal vez pesadillas, para los ninhos. La magica Halruaa, donde los hombres volaban a voluntad gracias al poder de la magia, y la tenebrosa ciudad de Umbra, que flotara sobre el lejano desierto del Anauroch. Seguidor de Shar, nada menos. Esto se iba poniendo cada vez mas interesante...

La otra pareja de humanos, ambos surenhos, supuso, manifesto sus opiniones tambien. Alberic no pudo evitar fijarse por el rabillo del ojo en que el hombre, algo mas joven que el, parecia hacer denodados esfuerzos por parecer tranquilo mientras estaba a sus anchas entre las dos feminas. "Juega con las mujeres, muchacho, y estas invitando a Beshaba a tu casa", penso.

Al cabo de unos minutos, el enano mas mayor se marcho de la "taberna", y parecia que las cosas se habian calmado... por ahora. El habia estado pensando sobre unas cuantas cosas mientras tanto, sobre todo en el tercer cartel puesto en el poste de anuncios. Decidio que habia llegado el momento de hablar.

- Muy bien. Despues de esta encomiable muestra de civismo y dialectica, creo que es el momento de intentar llegar a un acuerdo. No dudo que cada uno de nosotros tiene nuestros motivos para estar aqui, y que nuestros deseos sin duda seran diferentes. Entre otras cosas, porque llevo viendolo desde hace unos cuantos minutos. Pero aqui estamos unidos por una responsabilidad comun. Sabed que si voy a formar parte de esta excursion dare el maximo para que salgamos con vida de ahi abajo. No dudo de que si deseais lo mismo tratareis de proteger las espaldas de los demas. A fin de cuentas, no es vuestra primera expedicion.

Dejando las obviedades aparte, el caso es que tenemos que escoger nuestra mision. Por lo que he escuchado, este Verdrin es poco mas que una pesadilla andante, dedicada a la necromancia y Tempus sabe que otras cosas. -Lanzo una mirada significativa a la mujer de Halruaa, ya que ella parecia la mas entendida en este individuo.

- Tambien parece una amenaza potencial enorme, pero al menos no ha atacado sin provocacion. Tal vez sea nuestro enemigo manhana, pero por ahora, los unicos que han atacado a la Cruzada han sido los quaggoths. Con bajas dolorosas para algunos.- Pensaba en el arthane, y los relatos de su lucha con su valientes frente a las bestias.

- Si de mi depende, prefiero investigar esos informes sobre actividades infernales. Pero estoy dispuesto a transigir en mis deseos en mor del bien comun. Espero de los demas que actueis de forma parecida. Si no somos capaces de ello, al fin y al cabo, no vamos a durar mucho en esos tuneles plagados de alimanhas.

"Haciendo amigos, eh, Alberic?" , penso. Bien, ya es hora de que esta pandilla de indisciplinados empiece a pensar como un grupo, aunque me tengan que devorar en el proceso. Miro a los ojos a los Locos uno a uno y espero las respuestas que sin duda le impedirian disfrutar de la espumosa que le aguardaba en la barra. "Tempus, se habra evaporado para cuando terminen de hablar".
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